En el aula 203, donde las ventanas daban a un patio lleno de buganvilias que parecían arder aún en invierno, el profesor A entró con ese aire suyo de quien carga un secreto antiguo. Los alumnos, acostumbrados a su manera de convertir cualquier teoría en un prodigio, guardaron silencio. Sabían que cuando él hablaba de física, algo del mundo se reordenaba.
—Hoy —dijo, dejando los libros sobre el escritorio como quien deposita ofrendas— vamos a mirar la materia con los ojos que no se ven.
Y entonces ocurrió lo de siempre: el aire del salón se volvió más denso, como si una presencia invisible se acomodara entre los pupitres. La luz tembló un instante, no por falla eléctrica, sino porque las palabras del profesor A tenían la costumbre de convocar lo real maravilloso, ese reino donde la ciencia y la magia se reconocen hermanas.
—Si pudiéramos observar la materia a escala atómica —continuó— descubriríamos que nada es como parece. Los átomos no son bolitas duras, no son canicas cósmicas. Son… posibilidades. Un núcleo diminuto rodeado por electrones que no giran como planetas, sino que existen como una nube de probabilidad.
Mientras hablaba, los alumnos vieron —o creyeron ver— pequeñas brumas azules flotando sobre los pupitres, como si los electrones hubieran decidido manifestarse por cortesía. Una muchacha en la primera fila juraría después que escuchó un zumbido leve, como el murmullo de un enjambre microscópico.
—Y entonces —prosiguió el profesor, caminando entre las filas— surge la pregunta inevitable: si todo es vacío y vibración, ¿por qué una mesa se siente dura?
Golpeó suavemente la superficie de madera. El sonido resonó como un tambor ritual.
—La respuesta no está en la solidez —dijo— sino en las reglas profundas del universo. Cuando su mano se acerca a un objeto, los electrones de ambos comienzan a interactuar. Las leyes cuánticas prohíben que dos electrones ocupen el mismo estado. Y además, las cargas iguales se repelen. Esas fuerzas invisibles crean una barrera. No tocamos la mesa: tocamos el límite impuesto por la naturaleza.
En ese instante, la mesa pareció vibrar apenas, como si reconociera su propio misterio. Algunos alumnos se inclinaron hacia adelante, fascinados; otros se recostaron, sintiendo que el mundo se volvía más extraño y más hermoso.
—En los sólidos —añadió— los átomos se organizan en redes estables, como aldeas diminutas donde cada habitante vibra en su sitio. La dureza que sentimos es solo el eco macroscópico de esas fuerzas eléctricas y de los principios cuánticos que sostienen la estructura de la materia.
Una ráfaga de viento entró por la ventana, pero no era viento: era la sensación de que el universo respiraba con ellos. El profesor A se detuvo, miró a sus alumnos y sonrió con esa mezcla de ternura y desafío que lo caracterizaba.
—Así que, mis queridos, cuando toquen una mesa, una pared o incluso la mano de alguien, recuerden esto: no están tocando materia sólida. Están tocando vibraciones, campos, posibilidades. Están tocando el orden secreto del cosmos.
Y en ese momento, aunque nadie lo dijo en voz alta, todos sintieron que algo en su interior había colapsado a un nuevo estado: el de quienes saben que la realidad es más vasta, más delicada y más maravillosa de lo que jamás imaginaron.
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