«Mi abuela tenia una teoría muy interesante, decía que si bien todos nacemos con una caja de cerillas en nuestro interior, no los podemos encender solos, necesitamos, como en el experimento, oxígeno y la ayuda de una vela. Sólo que en este caso el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; la vela puede ser cualquier tipo de alimento, música, caricia, palabra o sonido que haga disparar el detonador y así encender uno de los cerillos. Por un momento nos sentiremos deslumbrados por una intensa emoción. Se producirá en nuestro interior un agradable calor que irá desapareciendo poco a poco conforme pase el tiempo, hasta que venga una nueva explosión a reavivarlo. Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión que se produce al encenderse uno de ellos es lo que nutre de energía el alma. En otras palabras, esta combustión es su alimento. Si uno no descubre a tiempo cuáles son sus propios detonadores, la caja de cerillos se humedece y ya nunca podremos encender un solo fósforo. «

Solía releer fragmentos meticulosamente seleccionados, y aquel era uno de mis favoritos: Laura Esquivel siempre conseguía hacerme suspirar.

Apoyada sobre el brazo del sillón del salón, miraba por la gigantesca ventana mientras sostenía uno de esos fósforos en mi mano. Llevaba casi medio año viviendo sola, enfrascada en una magnética monotonía que incluso disfrutaba. Para entonces, mis padres no tenían inconveniente en pagarme un pequeño piso cerca de la universidad: por las mañanas iba a clase, y luego dedicaba el resto del día a escribir. Tenía un pequeño cargo en un periódico, aunque, principalmente escribía para mí. Mis días eran más o menos iguales: libros, café, más libros, bolígrafos, más café… con fósforos y sueños imposibles intercalados.

Desde el sillón donde estaba, alcanzaba a ver una de las más hermosas plazas de París; su gente, sus puestecillos y sus terrazas. Tenía forma totalmente circular, y estaba amurallada por edificios de no más de cinco plantas construídos un siglo atrás. Eran viejos, pero conservaban su hermosura: el tiempo sólo los había hecho más especiales. Estaban pintados cuidadosamente, las tejas colocadas con esmero y todas las ventanas grandes, llenas de adornos que hacían la plaza de tonos anaranjados y rosados, propios de las fachadas francesas. No obstante, disfrutaba también de las espirales negras de los balcones vecinos y de la noche, cuando la luna bañaba con suavidad todos los ornamentos del lugar…

En aquel momento era pleno invierno, pero no era suficiente como para quitar a mi plaza su hermosura. Estaba igual de transitada que en verano, y algunas manchas blancas la hacían aún más pintoresca. Supongo que cualquier otra persona la habría visto como un lugar completamente normal, y sumado al minúsculo apartamento; un panorama aburrido. No obstante, para mí era más que suficiente.

Me bastaba yo sola y mi fósforo: lo alzaba ante la ventana, con la esperanza de que se encendiera de pronto. Yo bajaría la vista a la plaza y encontraría un joven apuesto y galante cantándome sonatas como un tal Shakespeare narraba. También fantaseaba con ver la cerilla llameante de alguien que viviera en el edificio de delante, y correr a encender la mía para hacerle saber que estaba ahí, como él o ella, esperando el amor verdadero. Simplemente, soñaba con sentir aquella combustión de la que la escritora hablaba y temía quedar apagada e inservible para el resto de mi vida, sin haber sentido el fuego en mi corazón ni una sola vez. Había supeditado toda esa alegoría de los fósforos al amor verdadero.

Mi pasión por dicha alegoría era tal, que me impulsaba a llevar siempre encima un paquete de fósforos, por lo que muchos me confundían con una persona fumadora (aunque elegante). Obviamente, no lo era. Mis ensoñaciones me impulsaban a ser supersticiosa, y por eso siempre llevaba mis queridas cerillas conmigo, esas que se encenderían si me cruzaba con el amor de mi vida un día cualquiera. En cuanto a esos matices tan románticos, admito que para entonces leía constantemente -en mi labor de escritora-, y quizás me parecía a una tal Emma Bovary al esperar de la realidad algo que sólo ocurría en los libros.

La cuestión es que, en una de aquellas noches de invierno en las que releía mis momentos más preciados; tuve un sueño tan vívido como maravilloso. Lo recuerdo porque en un principio pensé que mis fantasías estaban empezando a rozar lo enfermizo. ¿Mis anhelos también me perseguían en sueños?

Estaba sentada en un café, juraría que en mi plaza. Afuera parecía hacer hasta calor, pues en el aire se veían las ondas anaranjadas típicas del sol de verano, pero yo me encontraba dentro del local, más bien abrigada. Esperaba a alguien. Sin previo aviso, un chico se acercaba y se sentaba delante mío, sosteniendo un café y en la otra mano; una cerveza. Yo hablaba con fervor, como si lo conociera de toda la vida, y lo mismo hacía él. No me centraré en la conversación, pues era tan incoherente como cualquier episodio onírico que alguien pueda tener. Pero la sensación fogosa que yo sentía era tan auténtica, que me levanté de madrugada, presa de sudores y un ritmo frenético que amenazaba con detener mi corazón.

¡Había sido tan simple y excepcional a la vez!

El día siguiente traté de recordar su rostro, pero tan sólo el pelo negro apareció en mi mente. La verdad es que el maravilloso sueño terminó por turbarme y dejarme absorta en mis desvaríos durante un par de días. ¿Existiría aquel chico de verdad? ¿Podía sentir emociones en sueños? Siendo yo alguien siempre tan emocionada con el tema del amor, cualquier indicio de este en mi vida era excusa suficiente para abstraerme de mi rutina y de mis tareas.

Finalmente la poca madurez adquirida habló por mí y dejé de abstraerme con aquel sueño.

Sin embargo, un par de días después, cuando mis hormonas parecieron haberse calmado, tuve de nuevo el mismo sueño. Y otra vez, y otra. Durante una semana, solo soñé eso. Pero la poca variación del sueño hizo que mi curiosidad terminara por apagarse. Desde luego, aquel fue el mejor momento para que un joven nuevo apareciera en mi plaza para revolucionar mi creatividad de nuevo.

Horas y horas de observación a través de la ventana del salón, recostada sobre el sofá, o alguna silla, o simplemente sentada en la terraza, con un café en la mano y un bolígrafo en la otra, habían dado mucho de sí: pocas caras me eran nuevas, y conocía ya los destinos más frecuentes de varios peatones completamente ajenos a mi mirada. No es que cogiera unos prismáticos y espiara a todo aquel que recorriese la plaza, pero mentiría si dijese que no estaba atenta a ciertos personajes muy interesantes.

Me despisto: el joven nuevo. Lo percibí de inmediato. Por lo poco que pude ver de él, no era desde luego, menor de edad, pero ni loca hubiese dicho que tenía más de treinta años; de ahí que le llamara joven y no hombre, o chico. El susodicho se había instaurado en el centro del plano radial a partir del cual estaban estructuradas las baldosas de la plaza: estaba en el epicentro de mi visión. No podía evitar estar atenta a él.

No me costó mucho tiempo clasificar al nuevo personaje como alguien especial. Era un joven pintor, vehemente, soñador e idealista (aunque esos últimos atributos corren a mi cuenta). Desgraciadamente, estaba de espaldas a mí, por lo que solo alcanzaba a verlo por detrás. Realmente, ni siquiera podía verle el pelo, pues llevaba un gorro -o una boina, no lo distinguía muy bien- que cubría la mayor parte de su cabeza. Además, tampoco podía vislumbrar lo que pintaba, pues él mismo lo tapaba con su cuerpo.

Tenía un caballete, una paleta y varios cubos de pintura a ambos lados. También traía consigo un baúl, cuya función descubrí días después. Parecía un joven un tanto desorganizado, incluso bohemio, pero apasionado, pues siempre que pintaba se acercaba con cariño al lienzo y movía sus manos con habilidad heredada y movimientos improvisados, espontáneos.

He de admitir que los primeros días, observar cómo pintaba mi plaza y a su gente, fue entretenido. Pero enseguida me cansé y la emoción del nuevo personaje se quemó con los primeros rayos de sol de marzo.
No obstante, parecía que la vida no había tenido suficiente conmigo, y volvió a cargar contra mi rutinario día a día con otro espléndido sueño.

De nuevo, aparecía sentada, aunque ahora en una terraza, frente al individuo de pelo negro. Esta vez la escena era más clara, más precisa, creí distinguir algo más en su rostro. Volvíamos a hablar, pero no de cualquier forma: las palabras resbalaban por nuestras bocas como el caramelo y notaba mis ojos iluminados como dos candiles. En medio de nuestra conversación, se intercalaban imágenes de nuestras manos, entrelazadas como las de cualquier pareja afectuosa. Era mi plaza, nuestra plaza, con la gente de siempre más nosotros: el resto del mundo y luego, nosotros. Sonreía y mi bolsillo izquierdo quemaba de manera tan dulce…

Volví a soñar con ello durante toda una semana. No entendía porqué. No era capaz de escribir, de beber café, de concentrarme… sólo pensaba en el sueño. ¿Por qué era tan condenadamente infantil? ¿Por qué cedía tanta importancia a aquellos fósforos, a los sueños…? ¡Tenía veinte años, no dieciséis!

Finalmente, si no recuerdo mal, un domingo, en cuanto desperté de mi reiterado sueño, corrí a los fósforos. Como escritora no podía sino ser fantasiosa y creyente de los espejismos, ilusiones y utopías. Por consiguiente, cuando la realidad y la materia tangible se interponían entre mí y mis deseos, el impacto era más doloroso que en cualquier persona corriente. Supongo que por eso mismo, cuando vi mi paquete de cerillas intacto, más apagado que nunca, sentí un desazón jamás antes vivido.

Se me planteó entonces una duda terrible.
¿El amor verdadero no existía más que en sueños? ¿El destino, mi subconsciente, Dios… quien fuera, me lo estaba intentando decir vía onírica? ¿Ese era su mensaje, y por eso sólo soñaba con eso? ¿Era una lección, un castigo a mi ingenuidad y a mis afanes ridículos? ¿O un aviso para que dejara mi búsqueda de una vez por todas?
Aquello me trastocó. A partir de aquel sueño, me convertí en una fugitiva del amor. Los días siguientes me encerré en mi cotidianidad, sin romper mis rituales de observación, pero sin encontrar las maravillas que antes sí en los peatones, en las espirales del decorado, ni siquiera en la nueva atracción que suponía el joven pintor que aparecía todas las mañanas.
Me sorprendí a mí misma caminando por los bordes de la plaza, evitando el centro y a su okupa. Nunca miraba su rostro. La mera idea de que mis fósforos nunca se encendieran me hacía sentir vana e impotente. ¿Para qué esforzarme en descubrir al joven, o cualquier otra persona? La abuela de la que Laura Esquivel había hablado, me había mentido. La novela que estaba escribiendo mudó a un tono más grisáceo y hasta me cuidé de no ponerme perdida de tinta.
Tuve más sueños, pero, al fin y al cabo, eran sueños. Y bastó salpicarme la cara con agua para olvidarlos.

Salí con mis amigos el fin de semana, como era costumbre, pero mi sonrisa era pintada y todos lo notaron. ¿Qué podía hacer al respecto? Haber descubierto que mi paquete de fósforos era un paquete de fósforos y nada, absolutamente nada más, había marchitado mi mente. Lo sé, lo había sido siempre, pero no me había dado cuenta. Lo creáis o no, es difícil describir lo que sentía. ¿Amargura?¿Decepción, tal vez? La realidad había respondido a mis cándidas fantasías con una sobredosis de frialdad.
Igual que las emociones y pasiones típicas de una adolescente siempre me habían descolocado, las decepciones también. ¿Cómo iba a ser madura emocionalmente, si con veinte años no había conocido las emociones de verdad?
Uno de aquellos días plomizos, acudí al sillón del salón con una taza de café en la mano, en busca de algo de inspiración. Tenía cierto artículo encargado, y no podía escribir nada que transmitiera a los lectores mi disgusto. Estaba observando la plaza con el desasosiego arraigado la última semana, cuando advertí que el pintor -no entendía qué le quedaba por pintar del lugar- había cambiado de posición y ahora podía percibir su perfil.

Se me paró el corazón al ver unos mechones aparentemente negros surgir de su capucha.

De pronto, la lucidez se apoderó de mí, cogí el abrigo y mis fósforos, y bajé a la calle. Dando vuelta, me posicioné a unos quince metros del sujeto, y le observé. Era un lugar estratégico: estaba detrás de un puesto ambulante de castañas calientes. Tanto el puestecillo como los niños que lo rodeaban, ansiosos de tener sus castañas, me cubrían como a una auténtica espía.
Distinguí y confirmé que su pelo era negro. Pude ver también la nariz puntiaguda y la barbilla afilada. Sus gestos me eran tan familiares que me dió la sensación de conocerlo de toda la vida.

Quizás fuera una sensación producto de mi observación los días anteriores, pero no podía evitar pensar que era con él con quien yo soñaba. Definitivamente, estaba perdiendo la cabeza.
Aquel atardecer lo pasé de pie, enfrente de la ventana; meditando si merecía la pena seguir viviendo en la cotidianidad, o dejar mi espíritu volar y mis romances imaginarios tomar posesión de nuevo, corriendo el riesgo de decepcionarme como una niña estúpida e ilusa. ¿Madurar o no? ¿Qué habría hecho Laura? ¿Qué le habría dicho su abuela?
Suspiré, y releyendo aquel fragmento, sostuve uno de mis fósforos. Hacía días que no lo sostenía frente a mí, preguntándole interiormente, como si de un oráculo se tratara.
Lo mantuve alzado, a la altura de mis ojos, mientras observaba los pequeños comercios cerrando, la gente entrando en sus respectivos hogares, y al pintor recogiendo sus cachivaches. Y, mientras le contemplaba, sucedió algo extraño.

El pintor -y posible joven de mis sueños- volvió la cabeza hacia mi apartamento.

Fue un gesto rápido, como si alguien le hubiese llamado por su nombre, o hubiera escuchado una voz familiar detrás suyo.
Recuerdo soltar la cerilla del susto, echar el cuerpo al suelo y rodar hasta quedar a salvo de su incierta mirada, lejos de la ventana.
¿Espera, me había mirado a mí acaso?
Tardé unos minutos en atreverme a asomar la cabeza por el contorno de la ventana. Desgraciadamente, el pintor acababa de marcharse, y mi fósforo estaba tan apagado como siempre. Sin embargo, no podía evitar pensar que lo que había sucedido era una especie de conexión.

Bueno, quizás a estas alturas de la historia, os imaginéis ya lo que sucedió a continuación. Exacto, Dios, la vida, el destino, la abuela de Laura Esquivel… quien fuera; me envió otro sueño.

Por primera vez, no estaba sentada. Estaba de pie, enfrente del puestecillo de castañas que aquel día había sido mi cómplice. Entre el puesto y yo estaba él, pintando, a lápiz, un boceto que apoyaba en sus piernas sin demasiada delicadeza. Estaba tan volcado en él, que toda su espalda se veía encogida como un caparazón. Estaba recluido en su tarea. Sin previo aviso, algo, supongo que la parte irracional del sueño, me decía que tenía que hablar con él. Pero estaba tan concentrado que me daba corte y vergüenza frenar su momento de creación. Yo era la primera que odiaba ser interrumpida cuando escribía, así que no quería hacerlo. Pero debía.

Iba a llamarlo por su nombre, pero no lo sabía: ¿Jorge? ¿Marcos? ¿Pierre? ¿Ignacio? Balbuceaba como un bebé intentando decidir qué chillar. Desgraciadamente, para cuando se me ocurría decir ‘Eh, tú’, mi voz mermaba y de pronto no podía hablar, ni llamarlo, ni gritar, ni nada que no fuera sentirme impotente y cada vez más lejos y lejos de él, quedando el puesto de castañas reducido a un punto en la distancia…

Me desperté un tanto frustrada, a mediodía. Detestaba los sueños angustiantes y que no tenían final concreto. La alarma no había sonado y toda la vida de la plaza ya se había reactivado de nuevo. No me miré al espejo, pero sabía que debía tener unas ojeras solemnes. Siempre que dormía más de la cuenta, tenía más modorra que de costumbre, y por lo tanto, necesitaba un buen café.

Me vestí con lo primero que encontré y bajé a mi pequeño mundo. Estaba sorprendida: el pintor no estaba ahí. ¿Se habría marchado ya? Bebí rápidamente el café con azúcar glass y me dispuse a dar media vuelta. En casa, me senté en la silla de la terraza, apoyé los pies en la barandilla, cogí mis fósforos y papel y boli, y pensé.

El ruidillo de la plaza hizo de música de fondo, y terminé el artículo en poco tiempo, quedando este más bien positivo y totalmente de mi agrado. Sonreí satisfecha, y recogí todo. Iba a internarme de nuevo en mi piso, cuando oí una voz proveniente de la calle que llamó mi atención.

Maman, maman! -decía una dulce niña, que era más pelo que niña- ¡Pídele que me pinte!

Mi reacción fue inmediata. Me asomé a la plaza y vi como se acababa de asentar otra vez, de manera que yo veía su perfil. Y por primera vez, pude ver el contenido del baúl: decenas de papeles llenos de dibujos y bocetos. La niña estaba cogiendo uno sin que él se enterara -pues estaba concentrado montando el caballete- y enseñándoselo a su maman.

-Deja eso, cariño, que es del chico.

Entonces el se giró hacia la niña, y por consecuente, hacia mi casa. Tenía el pelo negro como el chico de mis sueños, y una sonrisa maravillosa. Y una risa rejuvenecedora. Y una voz agradable. La niña dejó el boceto y preguntó sobre su contenido, él se encogió de hombros, como si fuera un dibujo automático y ni él lo entendiera. Yo sostuve mi fósforo, temblorosa, esbozó una sonrisa amable, recogió el dibujo, y sí, sí, sí, sí era él, tenía que serlo, tenía que serlo…

Corrí, cerilla en mano, a la calle, a verlo de cerc… osea, a comprame otro café. Tenía que asegurarme de que, bueno, no me entrara el sueño otra vez y eso.

Y eso hice. Me bebí el segundo café en una mañana de un sorbo, y le observé. Me sentía como una stalker pero, ¿y si ese chico era mi amor verdadero? Lo sé, no lo conocía de nada, pero estaba segura en un 50% de que era el de mis sueños. Y el de mis sueños, ese sí era mi amor verdadero. Los fósforos no habían ardido, pero estaba convencida de que nunca había estado más cerca de la pasión. Pasión ridícula e infantil, no lo negaré, pero al fin y al cabo; pasión.

Aquel día tuvo su momento de clímax cuando pasé a menos de diez metros, de vuelta a mi portal. Él no se percató de mi existencia, pues se hallaba ligado al papel que tenía puesto en el caballete. El boceto de mis sueños. Ojalá fuera el mismo. Lo deseé, lo deseé con todas mis fuerzas. Me despisto: pasaba a cerca de él, y de pronto, me vino a la cabeza la idea de acercarme a hablar con él. De pronto, la solución estaba ahí. De pronto, tenía cierta seguridad sobre qué hacer.

Pero al pasar la mano por las cerillas, algo me dijo… no sé como explicarlo. Simplemente bastó el susurro de las convenciones y reglas juveniles para preguntarme ¿y qué le digo? ¿y si no es él? ¿y si cree que soy muy fea? Y, sin ni siquiera darme cuenta, ahí estaba por segunda vez en la mañana: subiendo en ascensor a mi piso, sin nada nuevo que aportar. Pero, cuando subí y le eché un vistazo, lo encontré mirando hacia mi portal. Y no era un alucinación, y seguramente, no era ningún indicio de nada, mas no podía sino emocionarme.

Pasé el día agazapada en el sillón con un boli y un papel en mano. No entendía por qué me era tan sumamente fácil ilusionarme. Me pregunté si realmente los sueños se debían a una especie de predestinación mística, o simplemente estaba terriblemente obsesionada con las cerillas, el pintor y el amor. Pero luego recordaba que los sueños habían empezado antes de su llegada. Ya, respondía mi parte racional, pero estás dando por hecho que es él. Podría ser cualquier otra persona. Si hubiera sido el pintor, ¿por qué no soñaste con él claramente, sin ese rostro borroso e identificable?

Jaque mate.

Así me machacó mi mitad madura durante el resto de la tarde, pero mi voraz imaginación no se dio por vencida. Quería imaginarme a la abuela de Laura Esquivel, sentada en el otro sillón, mirándome con complicidad y asintiendo.

Y tras escribir dos poemas, hacer rayujos y releer algo inspirador, aquel sábado dictaminé una decisión: si no hablaba con el pintor (contando con que no se cambiara de lugar) y resolvía mis dudas sobre si los fósforos se encendían o no en un plazo de cinco días, lo olvidaría. O lo intentaría. Prometo que, pese a la ingenuidad ya suficientemente demostrada, fue un autopacto totalmente serio y estaba dispuesta a cumplirlo.

El mismo sueño, en el que no tenía voz y no sabía su nombre, me persiguió aquella noche también. El domingo celebraba un cumpleaños durante toda la jornada, por lo que no tuve tiempo ni de tomarme un café. Otra vez la pesadilla. El lunes, el pintor no apareció. Mantuve presionados los fósforos y supliqué que volviera. La congoja parecía perpetuarse cada noche. Martes, fui a clase y, gracias a Dios, a la abuela, o a quién fuera, el pintor estaba de nuevo. Pero por la tarde, el director del periódico donde redactaba, declaró que todos aquellos escritos de mi sección programados para el jueves debían ser entregados sin demora el miércoles, pues los planes habían cambiado y debían hacer no sé qué con no sé qué editorial para conseguir otra cosa que no sabía.

Parecía que todos los astros se habían alineado para, primero, evitar que tuviera una pizca de tiempo libre, y segundo, para privarme del posible amor de mi vida. Me sentía frustrada, pero un importante acontecimiento que tuvo lugar sobre las diez de la noche del martes me dio esperanzas para seguir.

Normalmente, a las nueve ya habría terminado todo el trabajo y los estudios, no obstante, aquel drástico cambio de calendario en mi sección del periódico estaba consumiendo mi tiempo como un niño una golosina. Salí después de cenar a mi balcón: si me quedaba dentro de casa, me quedaría empanada con cualquier cosa. Estar en la terracita era sinónimo de escribir. Pues bien, me sorprendió ver que, pese a que toda la actividad de la plaza estaba replegada, el pintor aún estaba allí. Era extraño, siempre se iba antes de las nueve (lo que es lógico, pues no creo que distinguiera los colores sin luz) y aquel día, a las diez, seguía allí.

No estaba pintando, ni dibujando, ni siquiera toqueteando su preciado baúl o revisando los bocetos. No. Se hallaba plegado en su taburete, con la cabeza apoyada en el codo, y este a su vez, en la rodilla. Aquella posición me hizo pensar que esperaba a alguien. Y en el caso de que fuera así, lo esperaba desde hacía un buen rato, pues parecía cansado. Dejé la libreta con sigilo en la mesilla y me dediqué a observarle durante cinco minutos más. Finalmente, se puso en pie y recogió. Pero no se fue sin más: aún esperó de pie unos minutos más, volteando constantemente su cabeza en busca de algo que no aparecía. Cuando se marchó, dejó en mí un sabor nostálgico. ¿Por quién estaría aguardando? No hace falta que diga que pensé en mí.

El miércoles fui a clase y pasé la tarde en la sucursal, debatiendo sobre la ideología que debíamos o no reflejar en nuestros artículos, las fotografías escogidas y si iba a haber algún cambio en cuanto a la maquetación. Volví exhausta, a las nueve y media.

El jueves desperté con el corazón encogido. Era mi última oportunidad.

En clase estuve más ausente que de costumbre. Pasé el rato coleccionando los momentos de nuestra supuesta reciprocidad e imaginando qué demonios le iba a decir. Lo haría al volver de la universidad: así si la vergüenza vencía de nuevo, aún tendría la tarde. Salí con prisas, monté en el bus y me mentalicé.

‘Hola, ¿nos conocemos?’ Inviable. ¿Por qué nos íbamos a conocer? Además, suscitaba demasiado claramente que quería tener algo que ver con él. Bajé del bus a dos manzanas de mi plaza. Caminé esquivando el bullicio, al que ya estaba más que acostumbrada, aunque aquel día me molestó especialmente. Me daba la sensación de que todo el gentío de la calle iba en dirección opuesta a la mía, y había más transeúntes lentos que de normal.

‘Buenas, creo que sueño contigo desde hace mucho tiempo.’ Perfecto: así no tendría que conocerme a fondo para saber que era una lunática. No, desde luego eso tiraría hacia atrás a muchas personas. A mí la primera.

Una calle y ya estaría. Mi corazón latía tan rápido que tuve que detenerme a »atarme los cordones» para calmarme. No podía hablar con nadie si estaba tan nerviosa. Agarré los fósforos de mi bolsillo, deseé que me dieran suerte y retomé la marcha.

‘Hola, tengo pesadillas con tu nombre. Dime cómo te llamas y me harás un gran favor» »Hola, ¿eres pintor? ¿qué estás pintando?» »¿No hay más sitios donde pintar?» »¿No tendrás por casualidad unas cerillas guardadas en la chaqueta?» »Soy tu amor verdadero, ¡¿a que sí?!»

Cuando puse el primer pie en la plaza, ya me había decantado por decir »Hola». No paraba de humedecerme los labios y enlazar y desenlazar mis manos temblorosas. ¡Había tanto en juego!

No se trataba solamente de decidir si ese chico era el de mis sueños, si iba a ser el amor de mi vida, o mi peor enemigo; sino de enfrentarme en un cara a cara con la monotonía y dejar al destino decidir quién ganaba, si el juicio o la fantasía. Pasé al lado del quiosco y su vendedor, conocido de mis padres, me sonrió. Me recordó otra de mis paradojas. Lo que ocurriera a continuación determinaría si debía seguir con ese trabajo, donde me pagaban pero no disfrutaba demasiado por la limitación temática que tenía; o abandonarlo y avanzar por mi cuenta, potenciada por mi propia habilidad literaria.

Esquivé las mesas de los bares y a los que en ellas se sentaban. Alcé la vista por primera vez. Él estaba a menos de quince metros, tan concentrado como siempre. Se me hizo ridículo imaginármelo a él, con su cabellera negra y su sonrisa cautivadora, preocupado por gustarme a mí o no. Oh, dios, ni sabría que existía.

Eché un último vistazo a mi alrededor antes de acortar la distancia entre mis pies y el abismo. Pensar que no tenía nada que perder habría sido tranquilizador, pero falso también. Yo poseía un extraordinario candor y naturalidad que me hacían ser como era. No quería tener que olvidarlos por haberse quedado inservibles. No quería tirar mis fósforos. No quería tener que escribir dentro de unos márgenes, sino salirme de las líneas. Quería beber el café de siempre en la cafetería de siempre y que disfrutar con aquella rutina. Anhelaba que realmente la abuela de Laura dijera la verdad y yo pudiera alcanzar el fulgor del fuego de una cerilla.

Las baldosas dispuestas en ondas concéntricas se estrechaban según avanzaban mis pies. Era la conclusión, el punto final. Sabía que mi plaza no era sólo una plaza, sino una mezcla de olores, sensaciones y colores pintorescos; y sabía que el pintor no podía ser uno más, alguien común. Y aspiraba a no serlo yo tampoco.

Envuelta en mis ganas de solventar todo aquello que habían suscitado en mí los sueños, los fósforos, los libros, levanté la vista hacia él, y entre decidida y muerta de miedo, me planté ante su caballete. Y, como lo había calculado desde hacía más tiempo del que quería admitir, dejé que mis suelas hicieran algo de ruido para que advirtiera mi presencia.

Antes oculto por el lienzo, izó el rostro hacia el mío. Apreté con fuerza los fósforos. Alcancé a ver de cerca, por primera vez, sus mechones negros y sus ojos vivaces. Sin embargo, él volvió a bajar la cabeza a la pintura y con ella, cayeron mis esperanzas.

Pero levantó la vista de nuevo, como pensando ‘Espera, ¿quién es esta?’, lo que hizo que algo en mí renaciera. Y ya no bajó la mirada una segunda vez. No. El pintor me miró, y, dios mío, sus ojos se encontraron con los míos por primera vez, y al mismo tiempo, con sus iguales. De pronto, su mirada brillante era la mía y mis pupilas titilantes, las suyas.

Creí que el tiempo se había detenido. Por un instante, estaba la plaza, con los niños, con la gente y los cafés, y por otro lado, nosotros dos. Por un mísero instante, éramos él y yo, y luego el mundo. No sé como explicarlo. No tengo ni idea: sólo puedo decir que era maravilloso y desconcertante al mismo tiempo, y su rostro era tan familiar para mí como el mío para él.

Os prometo que no sólo yo estaba congelada, no, el aire se había quedado suspendido entre ambos, y los dos nos devorábamos con la mirada, ávidos, buscando la misma fantasía. Traté de encontrar la fuerza de voluntad para decir ‘Hola’, pero nada en mí respondía, mi cerebro sólo atendía a lo irracional. Mis labios empezaron a moverse sin demasiado control, pero finalmente, fue él el que habló primero. Algo simple, como mi ‘Hola’, pero que ocultaba mil pensamientos tras cada sonido.

-¿Puedo… puedo invitarte a un café?

Y vi en sus ojos oscuros la chispa que había estado anhelando desde hacía tanto tiempo, y supe que la combustión era inminente.

Se encendieron, ¡oh, si se encendieron!

Aquel día, mis mejillas ardieron tan dulcemente…

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS