¿Quién te dijo que la rosa, el azul, el mar y el cielo son hoy solamente cosas perdidas en el recuerdo de tiempos que ya se fueron?

Tal vez el error consista en creer que el tiempo se lleva las cosas. El tiempo, si acaso, se lleva nuestros ojos. La rosa continúa siendo rosa, el cielo continúa inventando su infinito, el mar repite desde siempre una misma conversación con la orilla. Somos nosotros los que, al recordar, les agregamos la melancolía de haberlos visto alguna vez.

Hay una forma de pérdida más extraña que la ausencia: saber que aquello que buscamos sigue existiendo, pero ya no somos exactamente el hombre que lo contempló.

La rosa no ha envejecido. El azul tampoco. El mar no recuerda nuestras despedidas.

Quizá el pasado no sea un lugar donde las cosas desaparecen, sino una región de la memoria donde todavía podemos encontrarlas, aunque sea bajo la condición de no ser ya quienes fuimos.

Y entonces comprendo que no perdimos la rosa, ni el azul, ni el mar, ni el cielo.

Perdimos al hombre que sabía mirarlos.

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