Lado a
Les anunciamos al que existe desde el principio, a quien hemos visto y oído. Lo vimos con nuestros propios ojos y lo tocamos con nuestras propias manos. Él es la palabra de vida. Él, quien es la vida misma, nos fue revelado, y nosotros lo vimos; y ahora testificamos y anunciamos a ustedes que él es la vida eterna. Estaba con el Padre, y luego nos fue revelado. Les anunciamos lo que nosotros mismos hemos visto y oído, para que ustedes tengan comunión con nosotros; y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Escribimos estas cosas para que ustedes puedan participar plenamente de nuestra alegría.
Lo que hemos visto y oído; ¿Qué vieron, que oyeron, que tocaron y a quien siguieron, quien es ese Jesús del que hablan, el profeta?… o era un hereje acaso? Responda alguien estas preguntas. ¿Que acaso en Jesús no existen causas dignas de cuestionamientos? No sé, y aunque no ignoro, no conozco, y quiero ver. Algo que me haga querer no seguirme, porque inminente es la caída, y cercanos los incendios. Quien es ese hombre, no pido regalo alguno… no pretendo limosnas ni siquiera de él mismo, quiero una sola y única respuesta, dígame alguien quien es ese hombre y si no merece todo lo que ha padecido. Y díganme si no le corresponden mis golpes, muéstreme alguien que debo hacer, porque no hay cosa que no se hable de él, su nombre se escabulle en los hormigueros y sin vergüenza y un fugaz balido abraza vidrio roto por donde camine, no me imagino mayor insulto que decirle hombre, rebajarlo a mí mismo. Quién es, que no me deja entender, y si es que escucha aun estando muerto, porque eso de que resucitó por momentos me sabe a circo, aquel cuyos payasos están dormidos, un cuento que quiero creer, pero como nunca recibí regalos en navidad, y a sabiendas de que no fui el peor de los niños, esperaba galletitas y sin más. Pero nada llegó y me cuentan fantasía tras fantasía, quieren que sueñe y dicen todo tiene un propósito, y no se toca, pero aun así no tengo en nadie mayor certeza de que soy escuchado, atendido y en el silencio me desbordo porque hay algo que inquieta mi alma desnuda, por favor alguien dígame quien es, el que golpea mi puerta y no quiero atender.
Lado b
Soy tan solo un par de ojos cansados, oh Señor.
Recuerda alma mía quien te salvó, quien te vio en cama rezongando, quejándote de lleno, menospreciando la sangre del único hombre bueno y justo y santo y pulcro, que piso la tierra. Viéndote desde aquel madero con astillas por fuera como un suvenir, todo por el mismo precio, perdonó tus pecados, sanó tus dolencias, te cubrió de amor y compasión, colmó de bienes tu vida y no se arrepintió de ello. Jamás te trató conforme a tus pecados, jamás lo hizo, nunca nos pagó según nuestras maldades. Tampoco se olvidó de tu condición, tu estado inicial, y echó muy lejos de ti, todas tus transgresiones.
Soy tan solo un par de ojos cansados, oh Señor, ten misericordia.
Quisiera señor, quisiera humildemente, y me encuentro y sin querer, quizás, ofendiéndote, intentado ser humilde, frente a la humildad. Señor, quisiera, quisiera Señor, me sea rutinario (y en el uso más inocente y bondadoso de la palabra) el ser consciente, constante en las memorias de tu cruz, y cuanto tardaste en pronunciar aquel “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”, enséñame, te lo ruego, te lo imploro como la vida misma que eres, cuan duro fue y cuanto te costó afirmar el rostro, en dirección a mí, el que gritó “crucifíquenlo” para luego azotarte y en vísperas de clavar en ti el metal, como si tal cosa pudiera sujetar al hijo de Dios, me viste, como si no supieras, como si te olvidaras que habría de ser yo el que hundiría la lanza en tu costado ya trasquilado.
No soy digno de acercarme a ser la brisa que acaricio tu cuerpo en aquella Jerusalén.
Y es tan poco lo que tengo y tan minúsculo que soy, que, sin recurrir a ti en mi pobreza, tú me atrajiste, yo nunca te elegí, jamás pudieran las imperceptibles partículas de mi alma acercase por propia voluntad a ti, Oh Señor. ¿Como me viste? Si es que yo estaba tan lejos, tanto como el oriente lo está del occidente, tan lejos yo estaba. ¿Cómo escuchaste mis gritos de hambruna? ¿Y por qué reaccionaste tan rápido? ¿Como tus pies, cansados, azotados, desangrados, tus pequeños pies, corrieron tan ligeros a mí? ¿Por qué elegiste verme como un cordero y no como el león que también eres? ¿Por qué estimaste mi alma? ¿Por qué blindaste mi vida con cálida sangre eterna de inconmensurable valor? ¿Cómo no pretendes de mi salvar dicha deuda? y aunque sabes que no puedo y sabes también que me lo puedes reclamar, con el mismo silencio con el cual fuiste llevado al matadero, me respondes. Y me escondo tu silencio.
OPINIONES Y COMENTARIOS