Que tus acciones hablen por ti

Es relativamente fácil decir quiénes somos. Podemos afirmar que valoramos la familia, que creemos en la honestidad, que respetamos a los demás o que nuestra palabra tiene valor. Podemos hablar durante horas sobre nuestros principios y defender públicamente aquello en lo que creemos. Sin embargo, existe un lugar donde todas esas palabras inevitablemente son puestas a prueba: nuestra manera de vivir.

La coherencia aparece cuando aquello que pensamos, decimos y hacemos comienza a caminar en la misma dirección. No exige perfección, porque todos nos equivocamos y cambiamos de opinión a medida que aprendemos. Exige algo mucho más humano y, al mismo tiempo, más difícil: intentar vivir de acuerdo con los valores que decimos representar y tener la humildad suficiente para reconocer cuando nos alejamos de ellos.

Muchas veces queremos que las personas confíen en nuestras palabras cuando nuestras acciones cuentan una historia diferente. Decimos que alguien es importante, pero nunca encontramos tiempo para esa persona. Hablamos del valor de la salud mientras descuidamos permanentemente nuestro cuerpo. Aseguramos que la familia está primero, aunque recibe únicamente las horas que sobran después de atender todo lo demás. Defendemos la honestidad, pero encontramos pequeñas excepciones cuando decir la verdad resulta incómodo.

Es precisamente en esas contradicciones donde descubrimos nuestras prioridades reales. Porque aquello que verdaderamente valoramos no suele necesitar demasiadas explicaciones; termina apareciendo en nuestra agenda, nuestras decisiones, nuestra forma de tratar a los demás y en aquello a lo que estamos dispuestos a renunciar.

La coherencia también tiene un enorme impacto en nuestras relaciones. Podemos pedir respeto, pero debemos preguntarnos si nosotros también respetamos. Podemos exigir puntualidad mientras acostumbramos llegar tarde. Podemos pedir sinceridad mientras ocultamos información cuando nos conviene. Resulta difícil exigir de otros aquello que nosotros mismos no estamos dispuestos a practicar.

En el liderazgo este principio es todavía más evidente. Un jefe puede colocar valores extraordinarios en las paredes de una empresa, pero si sus decisiones contradicen esos valores, las personas aprenderán rápidamente cuál es la verdadera cultura de la organización. Los equipos no siguen únicamente instrucciones; observan comportamientos. Los hijos hacen lo mismo con sus padres. Las acciones enseñan constantemente, incluso cuando no pronunciamos una sola palabra.

Por eso el ejemplo posee una fuerza que ningún discurso puede reemplazar. Una persona que cumple lo que promete no necesita repetir constantemente que es confiable. Quien trata con dignidad a todos no necesita anunciar que respeta a las personas. Quien permanece cuando las circunstancias se complican demuestra lealtad mucho mejor que quien únicamente habla de ella cuando todo marcha bien.

Esto tampoco significa convertir nuestra vida en una obsesión por demostrar algo a los demás. La coherencia no se construye para recibir reconocimiento. Se construye porque vivir permanentemente contradiciendo nuestros propios valores termina produciendo un desgaste interior difícil de ignorar. Existe una tranquilidad especial cuando podemos mirar nuestras decisiones y reconocer que, aunque todavía tengamos mucho por mejorar, estamos intentando caminar en la misma dirección que nuestras convicciones.

Habrá momentos en los que fallemos. Diremos algo que no debíamos, incumpliremos una promesa o actuaremos de una manera que contradiga aquello que defendemos. En esos momentos, la coherencia no consiste en fingir que nada ocurrió. Consiste en reconocerlo, pedir perdón cuando corresponda, reparar lo que podamos y volver a alinear nuestras acciones con nuestros principios.

Quizá por eso una vida coherente no se construye mediante grandes declaraciones, sino a través de pequeñas decisiones repetidas todos los días. Lo que hacemos cuando estamos cansados, cuando nadie nos reconoce, cuando cumplir nuestra palabra resulta incómodo o cuando tomar el camino correcto implica renunciar a una ventaja.

Al final, nuestra historia no será escrita únicamente por las cosas que dijimos creer. Será escrita por aquello que hicimos con esas creencias.

Podemos pasar la vida explicando quiénes somos.

O podemos vivir de tal manera que nuestras acciones terminen explicándolo por nosotros.

«Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.»
— 1 Juan 3:18 (Reina-Valera 1960)

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