
Qué será será
El tiempo, esa sustancia que nos atraviesa sin que podamos tocarla, ha preferido disfrazarse de refrán. «Qué será será, el tiempo me lo dirá» parece una confesión de impotencia, una renuncia elegante. Sin embargo, detrás de su aparente simplicidad late una metafísica más rigurosa que la de muchos tratados.
Imaginemos, por un instante, que el porvenir no es una línea que avanza, sino una biblioteca infinita cuyos volúmenes ya están escritos. En alguno de esos libros —quizá en el que ocupa el estante 47 de la sala hexagonal número 3.814— se encuentra la frase exacta de lo que nos ocurrirá mañana. Nosotros, mientras tanto, recorremos los pasillos con la vana esperanza de hallar el índice. El refrán no es una consigna de pasividad: es el reconocimiento de que el catálogo nos está vedado.
Si acaso un gran lector hubiera sonreído ante la paradoja. El tiempo no «dirá» nada; el tiempo es el decir mismo. Cada segundo que pasa es una página que se vuelve y se pierde, o que se multiplica en bifurcaciones invisibles. En el jardín de los senderos que se bifurcan, el porvenir no es uno, sino todos. Decir «qué será será» es aceptar que todas las posibilidades coexisten hasta el instante en que una de ellas se solidifica en el presente y las demás se evaporan, como sueños olvidados al despertar.
Hay quienes interpretan la frase como una declaración de fe en el destino. Otros, como una coartada para no decidir. Ambas lecturas son incompletas. El verdadero misterio no reside en si el futuro está escrito o no, sino en la imposibilidad de leerlo antes de vivirlo. El oráculo de Delfos hablaba en enigmas; el refrán español habla con una claridad casi cruel: el tiempo no anticipa, sólo confirma. Y cuando confirma, ya es demasiado tarde para cambiar de libro.
Quizá la única libertad que nos queda sea la de elegir el tono con que esperamos la revelación. Hay quienes la aguardan con angustia, otros con ironía, algunos —los más borgeanos— con una curiosidad casi bibliográfica. Al fin y al cabo, si el universo es un libro, nosotros no somos sus lectores privilegiados, sino apenas una nota al margen que el tiempo, con su paciencia infinita, irá subrayando o tachando.
Qué será será. El tiempo, ese bibliotecario silencioso, ya lo sabe. Nosotros, mientras tanto, seguimos pasando páginas.
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