Primera parte: La esfera

I

El sonido del timbre marcó el final del día, y las puertas de los salones se abrieron. Todos los niños huyeron entre conversaciones, bromas y risas. Aquel era el primer viernes de noviembre y en el cielo se veía un crepúsculo con colores suaves y melancólicos. Frente al instituto de educación básica, que otrora fue un rastro en el que cientos de reses perdieron la vida, se veía el imponente volcán de Acatenango y varias colinas en el que la naturaleza se mezclaba con grandes áreas de cultivos. Los árboles se mostraban oscuros por el atardecer. El sol se ponía en el suroeste, marcando la dirección de la aldea San Lorenzo, a un par de kilómetros de la escuela. Hacia aquella aldea se dirigían Miguel y Lucrecia.

Los dos adolescentes andaban perezosamente, jugando con las piedras y el polvo del camino. Una conversación forzada se llevaba a cabo con monosílabos como respuestas. La incomodidad de aquella plática se debía a la incapacidad de parte de ambos para poder pensar claramente; la emoción del momento les nublaba la razón.

–¡Qué pereza seguir estudiando en estas fechas! ¿Verdad? –Miguel sujetaba las asas de su mochila.

–A mí me gusta. No me gusta estudiar, pero sí pasar tiempo con mis amigos –Lucrecia veía atentamente el suelo, pateando lo que encontraba en su camino– Además, me aburro estando en mi casa.

El camino empinado se terminaba y salía a la vista el puente que permitía pasar sin mojarse con el pequeño arroyo que circulaba debajo de él. Al final del puente comenzaba el camino de terracería; una senda en cuyas orillas se levantaban árboles imponentes. A un lado del camino fluía un arroyo discreto, y por el otro lado se veía una propiedad privada, cercada con alambre de púas vieja, cubierta por maleza.

Miguel se había esforzado por comenzar una conversación fluida, y estaba teniendo éxito, pero ahora no era capaz de continuar porque un nudo se le había formado en la garganta. En su mochila yacía la carta que había pasado toda la mañana escribiendo. Junto a ella, una rosa dentro de una caja, en cuyo tallo estaba atada una bolsa con dulces de varios tipos.

Ya habían recorrido la mitad del sector arbolado. Lucrecia se detuvo y se dio cuenta de que Miguel no le estaba siguiendo. Giró sobre sus pies y vio a un nervioso Miguel, respirando aceleradamente. Sus ojos se encontraron y sus latidos se aceleraron.

–Antes de que sigamos caminando, tengo algo que decirte –Miguel bajó su mochila y la puso a sus pies. Cuando levantó la vista dirigió su mirada a los árboles que protegían el arroyo, y entonces se detuvo.

Lucrecia vio los movimientos de Miguel, pero su emoción se volvió incomodidad al ver que Miguel detuvo su mirada fijamente en un punto al lado del camino. Lucrecia volteó para intentar observar lo que estaba retardando la confesión, cuando su mente abandonó tal deseo para intentar comprender lo que ahora veía: una esfera negra, apenas perceptible, flotando entre la maleza oscura del arroyo.

II

La poca luz del sol se reflejaba sobre la superficie de la esfera. Miguel, con el ceño fruncido, se acercaba a la orilla del camino para poder cerciorarse de que lo que estaba viendo no fuera una alucinación.

–¿Qué vas a hacer? –Lucrecia se acercó a Miguel para tomarlo del brazo.

–¿También lo estás viendo? –Miguel apenas desvió la mirada– Le tengo que tomar una foto.

–¿Cómo se te ocurre? –las dos manos desesperadas de la niña comenzaron a forcejear– ¡Vámonos! Por favor, vámonos.

Miguel giró para ver a Lucrecia. Cejas arqueadas, ojos acuosos resaltando la luz del atardecer, piernas flexionadas y brazos halando insistentemente.

–Va, está bien –Miguel inhaló profundamente y exhaló el aire acompañando sus palabras- vámonos pues.

Lucrecia giró sobre sus pies y comenzó a andar, con evidente histeria. Miguel giró también, y comenzó a arrastrar sus pasos. Por el rabillo del ojo observó a la esfera, esperando, esperándolo. Solo una foto…, Miguel regresó sobre sus pasos con sigilo.

Lucrecia, tras avanzar un tramo, decidió cerciorarse de que Miguel le seguía. Cuando volteó la mirada, su corazón se llenó de furia; no había nadie detrás de ella. Regresó entre zancadas irregulares y pasos veloces, pasando la mirada por doquier, en busca de su amigo. Cuando llegó al punto donde encontraron el objeto, sus temores se hicieron realidad, pues Miguel estaba de pie frente a la esfera.

–¡Miguel! –el grito de Lucrecia viajó a través de la arboleda.

–Tómame una foto –una sonrisa de picardía se imprimió en el rostro de Miguel– solo una foto y nos vamos.

Lucrecia intentó esconder su ira.

–Ni creas que te voy a ayudar. Como eres de terco. Hoy pensaba aceptar tu propuesta, pero este tipo de cosas odio de vos.

–Vamos Lucky, solo una foto. ¿Me vas a decir que sientes curiosidad por esto? –Miguel señaló la esfera con la palma de la mano- Tómame una fotografía, para publicarla después.

–No la toqués –Lucrecia retrocedió un paso.

–Tómame una foto.

–Hacé lo que querrás.

–La voy a tocar –la mano de Miguel se acercó más.

–No me importa.

Lucrecia retrocedió y giró para retomar su camino, ante la mirada de decepción de su amigo.

–Bueno, si no me quieres tomar una foto, entonces la voy a tocar –a pesar de estar decidido, Miguel dudó antes de avanzar los pocos centímetros que separaban su piel de la superficie de la esfera.

Después de unos segundos, y como resultado de la gravedad más que de la voluntad, la mano de Miguel hizo contacto.

–¡Ya la toqué! –ninguna respuesta se escuchó.

III

Miguel esperó la respuesta de Lucrecia, o tan solo su imagen asomando entre la maleza. Una corriente de viento irrumpió en medio del silencio. En ese momento el frío se hizo notar. Miguel se estremeció levemente y giró la vista hacia la esfera. Su superficie era lisa e insoportablemente pulcra. Era fría como el metal. Sobre ella apenas se reflejaba alguna imagen, pero el color negro era tan profundo que resaltaba entre la oscuridad. Ninguna noche lograría jamás asemejarse a la oscuridad de la esfera. Debo tomar la foto, Miguel se dispuso a buscar su teléfono, pero…

Lucrecia caminaba con paso firme, y su furia aumentaba al no escuchar pasos detrás de ella. ¡Ya la toqué! Fue lo último que había escuchado. Todos los hombres son unos tontos, pensó. De pronto, Lucrecia se detuvo y la expresión en su rostro cambió. No quería voltear la mirada. Si giraba y detrás de ella estaba Miguel, estallaría en ira. Pero si detrás de ella no había nadie. Sacudió ligeramente su cabeza para ahuyentar aquel pensamiento.

–¿Miguel? –preguntó sin girar. El silencio del bosque fue la única respuesta que obtuvo.

Inhaló profundo y giró sobre sus pies. Detrás de ella, la tarde oscurecía velozmente y se oía al viento mientras movía el polvo del camino, haciendo danzar a las hojas de los árboles. De entre las sombras que se veían, la imagen, o tan siquiera la silueta de Miguel no se vislumbraba por ningún lugar. No estaba dispuesta a volver, por lo que comenzó a caminar de espaldas, mas no podía dejar de buscar a su amigo.

–¡Ayuda! –un grito llegó a oídos de Lucrecia y la hizo cambiar de opinión.

¿Qué putas? Pensó Miguel mientras se esforzaba por quitar la mano de la esfera.

El sonido de los pasos apresurados de Lucrecia llegó a Miguel.

–¿Qué pasa? –Lucrecia estaba de pie a la orilla del camino.

–No puedo soltar esta cosa –Miguel se veía asustado.

–¡¿Cómo?! –Lucrecia se debatía entre la idea de bajar a ayudar a Miguel y el miedo por la esfera.

–Jalá con todas tus fuerzas –Lucrecia pasó los ojos a un lado y al otro, pero no sabía si era por miedo o esperanza de que alguien viniera.

–Gracias, no lo he intentado hasta ahora –Miguel tomó su antebrazo y jaló con fuerzas hacia atrás– mejor baja y ayúdame.

–Yo no voy a bajar, ni que fuera tan tonta como vos.

Miguel vio a Lucrecia con el ceño fruncido y respiró profundo. Voy a empujar con la otra mano, pensó. Miguel levantó la mano, acercándola a la esfera para apoyarla y poder ejercer más fuerza.

–¿Qué estás haciendo? –Lucrecia preguntó con los puños apuntando hacia el suelo– ¿y si tu otra mano también se atora?

–¡Ya lo pensé! –los labios de Miguel temblaban– Pero creo que no tengo otra opción. Lo voy a intentar.

La mano izquierda de Miguel comenzó a acercarse lentamente. Entre la maleza, un animal pequeño pasó. Miguel volteó a ver a Lucrecia. En los ojos del muchacho no había ira ni miedo. Una expresión fría llenaba su rostro. La misma mirada inexpresiva comenzó a recorrer todo a su alrededor. Pudo observar el arroyo corriendo con sigilo a unos metros de él. Los rayos del sol se escabullían entre las copas de los árboles. Los verdes se volvían en diferentes tonalidades de negro. El frío activó su piel, y el viento sus pulmones. Oyó el cantar de un ave y al trinar de un grillo. Su lengua se movió dentro de su boca, saboreando su saliva. Tocó sus dientes y sintió su filo. Engulló el cúmulo de saliva que tenía en la boca. El recorrido de su mirada se detuvo en su mano izquierda que, a unos centímetros, esperaba a hacer contacto con la esfera. Sintió el latido que dio fuerzas a sus músculos y su mano cayó suavemente.

–Ahora empujá –dijo Lucrecia con las manos juntas sobre el pecho.

Miguel asintió y comenzó a tirar de su mano derecha con fuerzas. Cerró los ojos y frunció el ceño con severidad, por lo cual no vio los puntos de luz que se encendieron sobre la esfera.

Lucrecia vio que la esfera comenzó a brillar.

–¡Miguel! Mirá –Lucrecia señaló a la esfera.

Miguel abrió los ojos y vio los puntos de luz. Era una luz que combinaba tonalidades azules y violetas. De par en par, una línea de puntos rodeó la superficie de la esfera. Miguel intentó quitar la mano izquierda, mas ahora ambas estaban pegadas a la superficie. Finalmente, la esfera se movió de su lugar y cayó al suelo con todo su peso. Miguel no soportó el peso y cayó con ella.

Lucrecia saltó el pequeño desagüe de la orilla del camino, atravesó la malla punzante y corrió hacia Miguel.

–Miguel, ¿qué pasó?

–No sé, no puedo quitar mis manos, y ahora esta babosada pesa un montón. No puedo levantarla.

Lucrecia no quería tocar la esfera, en cuya superficie se alinearon los puntos de luz. Aquel haz luminoso se intensificaba cada vez más; parecía que iba a explotar.

–Ayúdame –la expresión de Miguel era indescifrable.

La luz se intensificó tanto que ambos tuvieron que cerrar los ojos. A duras penas vieron cómo la luz estalló en una onda que cubrió la superficie de la esfera como una ola, para luego desvanecerse. La oscuridad volvió y el sonido del bosque se unió a la respiración jadeante de los pequeños.

–¿Ya está? –Miguel preguntó con voz temblorosa.

De pronto, la mano izquierda de Miguel se soltó, ambos se vieron y sonrieron, aliviados. Miguel bajó la mirada y vio la esfera. Levantó su mano derecha y se dio cuenta de que la esfera había perdido su forma, y ahora era como una gelatina negruzca que colgaba de su mano. Miguel comenzó a ver a su alrededor para hallar algo que le ayudara a deshacerse del objeto, pero la masa se comenzó a mover.

–Lucky, esta cosa se está moviendo.

Lucrecia vio cómo la masa empezó a cubrir la mano de Miguel. El niño estaba petrificado. La oscuridad no permitía que Lucrecia viera el pecho de su amigo, estremeciéndose, al igual que sus piernas. Lo única que la joven veía era una mano de gran tamaño. Aterrada, Lucrecia dio media vuelta y comenzó a correr. No vio cómo la masa negra empezó a avanzar, cubriendo el antebrazo de Miguel. El niño aterrado sintió a la masa arrastrándose sobre su piel. Finalmente, Miguel gritó horrorizado y cayó al suelo. Se arrastró hacia atrás sacudiendo el brazo frenéticamente. Su mano izquierda tocó una roca y la tomó. Golpeó con fuerza a la sustancia, mas no obtuvo ningún resultado. Se quiso arrancar la playera, giró la cabeza en busca de cualquier cosa que le ayudara. En su frenesí, se levantó y echó a correr. Estaba por salir de aquel terreno cuando sintió al objeto tocar al cuello y subir por la mandíbula. Cubrió toda su quijada y se detuvo en los labios. Miguel cerró la boca con fuerza, haciendo crujir su dentadura, arañando con todas sus fuerzas a la sustancia. Su corazón se aceleraba por el horror al sentir a la masa escurrirse por la entre sus labios y cubrir sus encías, lengua, paladar, garganta, ahogando sus gritos, provocándole náuseas, asfixiándolo. Miguel se metía las manos por la boca, queriendo arrancar lo que encontrara a su paso. Se tiró al suelo y comenzó a pelear. Luego bajó los brazos, sus ojos se tornaron blancos y comenzó a convulsionarse en el suelo.

Miguel se retorcía en el suelo, el polvo revoloteaba debajo de él. De pronto, y con el bosque como testigo, el cuerpo de Miguel quedó inmóvil, como petrificado en una postura repulsiva.

IV

Lucrecia corría con desesperación. Avanzó jadeante por la primera curva, acelerando en la pequeña pendiente que llevaba al puente. Frente a ella estaba la colina, en cuya cima estaba el Instituto donde tanto ella como Miguel estudiaban. “El profe todavía está”, Lucrecia quiso correr, pero la pendiente en ascenso detenía sus pasos. “El profe todavía está”, la adrenalina que le debía dar fuerzas ahora la asfixiaba. Su mochila había quedado tirada en el camino sin darse cuenta. El viento cortante y su respiración acelerada encendieron una llama en su garganta.

En la entrada el Instituto, los niños seguían saliendo. Algunos corrían con sus mochilas bamboleantes sobre sus espaldas, mientras que otros subían a sus motocicletas y aceleraban por la calle que los llevaría a sus casas, o a cualquier otro lugar.

–Espero que con este cambio de fecha podamos salir de clases antes, para el próximo año –el profesor Raúl saludaba a algunos niños.

–Ojalá –dijo la Señorita Irma, mientras que saludaba a otros alumnos.

–¿Me va a acompañar mañana a la boda?

–No sé profe, tengo muchas cosas por hacer –ninguno de los interlocutores cruzaba miradas.

–Yo le puedo ayudar con algunas cosas si desea –el profesor Raúl giró la mirada para ver de reojo la reacción a su comentario.

–Tal vez –dijo la Señorita Irma antes de esbozar una sonrisa imperceptible.

El profesor Raúl sonrió conforme, mientras decía adiós a otros niños.

De pronto, en la curva que comenzaba la pendiente se vio la figura de una niña, caminando con un andar torpe. Su respiración se veía agitada. Sus brazos colgaban y se balanceaban de un lado a otro, sin ejercer ninguna resistencia. Su mirada en el suelo y su cabello, peinado en una coleta, caía por el hombro izquierdo. “¿Es Lucrecia?”, el profesor Raúl frunció el ceño. “Ella vive en San Lorenzo, ¿se le habrá olvidado algo?” Lucrecia levantó la mirada y el profesor se alarmó por la expresión en su rostro.

La Señorita Irma giró para ver al profesor. Estaba por continuar la conversación, pero al observar el rostro del profesor su mente cambio de dirección.

–¿Qué le pasa Profe?

El profesor Raúl giró con una mirada de preocupación.

–Esa que viene ahí es Lucrecia, de mi salón, pero no se ve bien.

Ambos dirigieron su mirada hacia la niña, quien sin duda no lucía bien.

–Si quiere vaya a ver, yo me quedo aquí.

El profesor asintió y comenzó a caminar. De pronto, Lucrecia cayó arrodillada al piso. El profesor echó a correr en su ayuda a toda prisa. Algunos niños detuvieron su camino al ver al profesor. Cuando estuvo cerca, el profesor se arrodilló y tomo a Lucrecia por los hombros.

–Lucrecia, ¿estás bien? –la única respuesta que obtuvo fue el jadeo de la niña.

–Miguel –susurró.

–¿Miguel? ¿Qué pasa con Miguel?

–Miguel, Miguel, Miguel… –Lucrecia comenzó a levantar la voz– yo le dije que no se acercara.

El profesor Raúl no comprendía las palabras de Lucrecia.

–¿De qué estás hablando?

–Por favor Profe, vaya a ayudarlo.

El profesor giró hacia el Instituto y llamó con un gesto a la Señorita Irma, quien observaba, con preocupación, todo desde su puesto.

–Ven conmigo –el profesor levantó a Lucrecia y la llevo hacia la Señorita Irma, quien les había alcanzado tras correr a toda prisa– Seño, llévese a Lucrecia y llame a los bomberos.

–Por favor profe, ayude a Miguel –en el rostro de Lucrecia se imprimía una expresión de súplica y horror.

–Está bien –dijo el profesor con determinación– ¿dónde está Miguel?

Lucrecia posó la vista colina abajo y señaló– allá abajo, despuesito del puente.

–Muy bien –asintió al profesor– Seño, dígale al profe Enrique y al profe Samuel que me alcancen allá abajo. Tenga las llaves de mi moto.

La Señorita Irma asintió y tomo las llaves, para después llevársela junto a Lucrecia, quien jadeaba y temblaba estrepitosamente.

V

El profesor Raúl corría tan rápido como le permitía la pendiente de descenso. “¿Cómo se hace la reanimación cardiovascular?”, el profesor avanzaba por la curva más cerrada de la bajada. “¿Con qué puedo hacer un torniquete?”, su condición física le permitía avanzar a paso firme. La oscuridad era profunda, y la única luz que se veía con claridad era el faro de alumbrado público que estaba frente al Instituto. Colina abajo se podía apreciar la oscuridad del bosque, en medio del que se extendía al camino hacia San Lorenzo. El profesor llegó al final de la pendiente y atravesó el puente lo más rápido que pudo. La arboleda que se extendía a los lados del camino hacía imposible distinguir algo. El profesor entonces encendió la linterna de su teléfono, y la noche oscura se convirtió en un vacío impenetrable.

“Allá abajo, despuesito del puente”, el profesor no sabía la distancia exacta en la que encontraría a Miguel. En la mente del profesor se dibujaba la silueta de Miguel, tendido sobre el suelo, o arrastrándose. El haz de luz iluminaba el suelo en busca de cualquier pista que permitiera encontrar el paradero del niño.

–¡Miguel! –el viento contestó al llamado, con un canto gutural y frío.

El profesor se detuvo y apagó la luz de su linterna. Cerró los ojos y se dispuso a escuchar los sonidos de la noche, en busca del grito de auxilio de Miguel. Un grillo murmuró a lo lejos. El río corría levemente. Un par de aleteos llegaron a los oídos del profesor. Muchos otros sonidos pululaban el bosque, mas no distinguió ninguna respuesta humana. El profesor abrió los ojos para seguir buscando con la luz de su linterna. Unas pequeñas franjas verticales de color azul oscuro se pintaban a los lados del camino. A través de estas ventanas naturales se veía la noche y los pueblos lejanos. El profesor recorrió el paisaje nocturno lentamente, preguntándose si realmente había abierto los ojos, o seguía con los párpados cerrados. De pronto, entre la densa oscuridad observó una silueta. Aquella sombra no era la de un árbol, o arbusto. El profesor se sintió mareado por la pulcritud de la oscuridad nocturna. La densidad de la noche hacía parecer que aquella sombra se movía, pero estaba quieta. “¿Eso es un niño?”, el profesor apretujó su teléfono, preparándose para encender la linterna. Pensaba que en el momento en el que encendiera la luz, aquella silueta se desvanecería.

La linterna del teléfono se encendió e iluminó el suelo. El haz de luz opaco dio al profesor una sensación de orientación más sólida, entonces calculó la distancia a la que se encontraba aquella sombra. A unos diez metros de distancia, en aquella cuesta suave seguía de pie la silueta.

El profesor comenzó a caminar hacia él. La luz iluminaba el suelo. En lo profundo de su corazón había miedo. No quería saber lo que sucedía, pero iba en camino.

–¿Miguel? –no obtuvo ninguna respuesta.

Avanzaba cada vez con más lentitud, pero el sonido de un motor de motocicleta que se escuchó a lo lejos le recordó que iba en rescate de Miguel. El profesor aceleró su paso, hasta llegar con la sombra. La luz, que apuntaba hacia el suelo, iluminó los zapatos deportivos de un niño, sobre los cuales se elevaban las piernas de un pantalón de mezclilla desteñido. El profesor se hincó frente al niño y posó la mano que tenía libre sobre el hombro.

–¿Estás bien? –preguntó el profesor sin apuntarle la cara. Buscaba sangre, o rastros de algún golpe, pero no halló ninguna señal de peligro.

–Sí, estoy bien.

–¿Qué estás haciendo aquí, a estas horas? –el niño permanecía estático.

–Estoy esperando –el cuerpo permaneció quieto. Parecía que la voz provenía de otro lugar.

La motocicleta, que llevaba a los profesores Enrique y Samuel, alcanzó al profesor Raúl y al niño. La luz del faro delantero iluminó sin piedad el rostro de Miguel, y el profesor Raúl pudo verlo con claridad.

No se veía ninguna herida en su rostro, o alguna otra parte de su cuerpo. El pecho de Miguel se movía, evidenciando su respiración. Sus ojos miraban fijamente al rostro del profesor. Fue entonces cuando el profesor vio aquellos ojos. No había iris. No había blanco ni café en ellos. En su lugar, un color azul profundo hacía parecer que detrás de sus párpados no había nada. Sobre el color azul había movimiento. Una línea ondulada de color violeta, y otra de color azul más claro se movían. Como la mezcla de una pintura. Los colores se movían con el ritmo de las olas del mar, con la forma del viento. No se observaba vida en aquellos ojos.

Segunda parte: 01/02/2026

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