Últimamente mientras intento dormir por las noches, pienso en cómo debería aprender a abrazar con humildad incluso a los días tranquilos. Esos también son los días más seguros.
Siempre estoy a un desastre natural, una urgencia médica, un despido o una mala decisión política de que mi vida desparezca de la forma en que la conozco. Me imagino a mí misma en medio de una catástrofe, pero aún con ella no siento mi fe disminuir. Al mismo tiempo en el que estoy sentada en la comodidad —y la soledad— de un cuarto vacío, sé que otras personas sufren. El universo que tiende al caos no tiene ningún tipo de discriminación o favoritismo, es por eso que sigo aquí en la misma posición favorable hace ya unos años. Es realmente egoísta suponer que toda mi vida va desarrollarse así, aún enfadarme cuando sea mi turno.
He estado quejándome hace meses por la falta de emociones que tengo durante el día. Me levanto a seguir con una rutina improvisada que mantenga todo en orden; no me engaño diciéndome que no está bien pedir por más, pero todo es muy diferente a como otras personas lo hacen ver. A todo esto quiero decir que, cuando esté en un lugar donde la desesperación, el hambre, la falta de libertad o la muerte me consuma, no pensaré que Dios lo quiso así. Pensaré en las veces que no encontraba qué hacer con mi tiempo, en todas las tardes pacíficas y silenciosas que tuve o lo tranquila que me sentí de poder salir sin alguna pretensión. Sé que cuando nada de eso lo tenga, habrá muchas otras personas que sí; experimentándolo por primera vez o disfrutando de ello como de costumbre. Es un sentimiento extraño, y sin embargo estoy en calma con el hecho de que funcione así.
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