POLÍTICA DE PRIVACIDAD

POLÍTICA DE PRIVACIDAD

javier vázquez

15/05/2026

El negocio funcionó poco tiempo.

No porque fuera una mala idea. El problema fue otro: el mercado era reducido y el producto demasiado fácil de copiar. Además, cometimos un error que no previmos.

Los primeros días fueron excelentes. Abrimos un lunes de otoño, sin publicidad más que algunos volantes en locales amigos. Vinieron muchos jóvenes, sobre todo muchachos. Teníamos buen stock: nos habíamos preparado para algo grande.

No éramos caros. Sabíamos que nuestros clientes dependían del dinero de sus padres, pero si aparecía alguien mayor, ajustábamos la tarifa.

Ofrecíamos originalidad, detalles cuidados y absoluta discreción. No había garantías —en este rubro no existen—, pero tampoco preguntábamos para qué usarían el producto. Ese fue, quizá, nuestro verdadero error.

El nombre del local nos llevó varios días. Acordamos que «Sin amnesia» tenía el misterio justo. No había competencia. A nadie se le había ocurrido algo tan rentable con una inversión tan baja.

Alquilábamos recuerdos.

El procedimiento era simple. El cliente —casi siempre un joven con poca experiencia— solicitaba un recuerdo que le permitiera impresionar a una chica, integrarse a un grupo o justificarse ante sus padres. Le hacíamos una entrevista breve y precisa. El recuerdo debía encajar con su biografía, con sus hábitos, con su entorno. La verosimilitud era todo.

No vendíamos mentiras. Vendíamos soluciones.

El contrato era claro: quince días. Luego debía devolver la historia intacta, usada apenas un par de veces. Los archivos eran reutilizables, siempre que no se cruzaran los inquilinos. Renovábamos material con frecuencia.

El éxito fue inmediato. Más del noventa por ciento de los clientes lograba su objetivo. Las reseñas eran excelentes. El anonimato, absoluto. Si alguien descubría la falsedad del recuerdo, se desplomaba la operación.

No fue eso lo que falló.

Una tarde, a punto de cerrar, entró un hombre. No era joven. Pidió un recuerdo específico: un lugar, una actividad, una fecha y una hora exactas. Nos sorprendió la precisión, pero no vimos motivo para negarnos. Supusimos que lo usaría como coartada doméstica. Era una sección creciente del catálogo.

Ajustamos cada detalle a su vida: llamadas, mensajes, rutinas, horarios. Le cobramos la tarifa y firmó el contrato. Quince días después debía devolver la historia.

No volvió.

Mandamos a reclamar. Nada. Lo dimos por perdido y endurecimos las cláusulas: multas, señas, punitorios. Aprendimos la lección comercial.

O eso creímos.

Semanas después, dos policías entraron al local. El más alto tomó la palabra. Nos mostró la foto del hombre.

—Está detenido por asesinato. Sostiene que ese día estuvo en otro lugar. Cuenta una historia muy detallada. Demasiado.

Sentí que algo se quebraba.

—Tenemos política de privacidad —dije.

—Necesitamos el archivo. Si la coartada salió de acá, ustedes son parte del problema.

No hizo falta que dijera cómplices.

Pensé en exigir la orden judicial. Pensé en sostener la confidencialidad que nos daba de comer. Sin embargo, el hombre no había devuelto el recuerdo y lo había usado para algo que excedía cualquier zona gris moral.

No hizo falta que dijera cómplices.

—¿El archivo? —pregunté.

El policía no respondió. Solo me sostuvo la mirada.

Fui hasta el fondo. Abrí el sistema. Busqué por fecha. El nombre apareció enseguida. No lo recordaba. Nunca recordábamos a nadie.

Copié el archivo en un dispositivo externo.

Lo tuve unos segundos en la mano antes de entregarlo.

Pesaba menos de lo que esperaba.

El juicio fue rápido. Extraño para nuestro país. Las pruebas contra él eran contundentes.

Nosotros no volvimos a abrir el local.

No por la causa. Perdimos prestigio.

Esa noche revisé los archivos que quedaban.

Había cientos.

Historias completas. Vidas posibles. Coartadas. Excusas. Recuerdos que no habían ocurrido nunca.

Pensé en destruirlos.

Cerré el sistema.

Apagué la computadora.

Antes de irme, hice una copia.

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