Orujo’s House
Por Rubén Hernández Vallejo
Érase una vez, en la pequeña plaza de la diminuta aldea de Orihijuty, que se encontraba en lo más profundo del bosque encantado de Wasdefort…
…Había una casita de madera y piedra excavada en la roca más sagrada del lugar, en la que vivía una mágica parejita formada por una brujita llamada Alawyta y un hechicero llamado Morfeo.
Casados hacía ya tres años en un aquelarre ritual en el castillo de Tambalaciu, la feliz pareja se dedicó, como todas, a la tarea de adquirir una vivienda recorriendo todas las aldeas del bosque encantado. Finalmente, y tras no pocas discusiones entre ellos y todos los agentes inmobiliarios del bosque (uno se suicidó y siete dejaron el trabajo por estrés), en la pequeña aldea de Orihijuty encontraron una que se ajustaba perfectamente a sus necesidades y presupuesto. Al firmar la hipoteca por la compra de su “nidito de amor”, acabaron casados también con el banco por un insignificante periodo de treinta años.
Como no pudo ser de otra forma, la decoración corrió a cargo de Alawyta. Gran amante de la cerámica y el cristal más fino, decoró con mucho esfuerzo y esmero su recientemente adquirida vivienda siguiendo las indicaciones de decenas de libros de interiorismo, permitiéndole tan solo a su amado colgar el cartel del recibidor que así decía:
Welcome to the Orujo’s House.
Los dos fueron muy pronto conocidos en la aldea, no solo por ser grandes hechiceros, no. Lo fueron, y se lo ganaron a pulso, por entre otras cosas: el gran y exageradísimo fiestón que organizaron para inaugurar su vivienda, el fino y dulce gusto musical de Morfeo, y sus frecuentes riñas de enamorados.
Una mañana de primavera de esas en las que hasta vuelan las mariposas y se las comen los príncipes convertidos en rana, Alawyta salió de la casa en dirección al mercado para hacer la compra, dejando a Morfeo haciéndose el remolón en la cama. Pasado un rato, este perezoso de arrancada matutina desayunó y se aseó en tanto escuchaba en la radio su emisora favorita, “Rock & Melenas”, a todo volumen para disgusto del vecindario.
Tan animado estaba escuchando This Is Heavy Metal de Lordi, que se le fue la olla más de lo habitual y, tras agarrar lo primero que pilló, se marcó un solo de guitarra al estilo Angus Young: desnudo y con uno de los sostenes de Alawyta en la cabeza, grabándolo todo con su smartphone. En esta tarea estaba tan entregado que no se dio cuenta de que su amada compañera acababa de regresar de hacer la compra y, al verle pasarse por sus bajos fondos aquella improvisada guitarra eléctrica, comenzó a gritar histérica.
—¿Qué coño haces con la escoba de mi abuela, so cabrón? —¡Espera, no es lo que parece! Deja esa varita mág…
El jodío no consiguió terminar, pues su damisela, la tipa por la cual perdería hasta la camisa si hacía falta, le soltó de sopetón un ¡Zaskaka Pio! con su varita y lo convirtió en pollo de corral. Dado el temperamento de su “Florecita” cuando se cabreaba, Morfeo sabía a ciencia cierta que en estos casos lo mejor era poner tierra de por medio lo antes posible para salvaguardar la seguridad de su pescuezo, tomando el camino más corto hacia el salón mientras esquivaba una primera andanada de proyectiles entre los que se encontraban tomates, patatas y hasta una hogaza de pan, terminando por esconderse bajo la mesa reservada para las ocasiones especiales.
—¡Prepárate a morir y ser asado, pimpollo! —gritó la brujita al hechicero al entrar tras él armada con un enorme cuchillo de cocina, siguiendo el rastro de cagadas dejado por su plumífero marido en su huida, marcando su posicionamiento con precisión milimétrica. —¡Ahhh! ¿Pero cómo demonios? ¡Socorro, pío, pío! ¡Auxilio, pío, pío! —decía Morfeo mientras luchaba por su vida, justo cuando comenzaba a sonar en el mastodóntico equipo de música Shame, Shame, Shame de Aerosmith.
Tal fue la escandalera que de pronto animó aquella mañana que, al escuchar los gritos de súplica de Morfeo, los vecinos comenzaron a salir de sus viviendas preguntándose qué habría hecho ahora el pobre, en tanto se miraban los unos a los otros.
—Ya estamos otra vez. —Te apuesto cinco euros a que Morfeo vuelve a salir de la casa con un ojo morado. —Hecho. Pero yo creo que esta vez lo volveremos a ver saliendo a gatas por la ventana del baño —apostó el fontanero con el único pitufo que quedaba en la aldea, pues el resto de la banda o bien habían salido huyendo del país o estaban encerrados a buen recaudo en la prisión por blanqueo de capitales, soborno, asociación de malhechores, corrupción, prevaricación y un larguísimo etcétera.
—¡Ya está aquí, ya llegó, el cachondeo a la aldea…! —comenzó a recitar el trovador de esta diminuta localidad, a lo que fue contestado con un revés de salmón firmado por el pescadero de la aldea, acompañado por unas lindas palabras que así decían: —¡Cállate o te meto un pez espada por el culo, cretino!
No todos salieron a la calle. Faltaba uno y, para su disgusto, era el más próximo al follón, pues su casa era precisamente la colindante a la de la pareja que producía, dirigía y protagonizaba aquel nuevo puto espectáculo matutino.
Shaak’wan, así se llamaba el pobre vecino de Alawyta y Morfeo, un elfo con descendencia Asawhy de lo más calmado y relajado dada su experiencia con los niños; y es que por todos era conocido por ser profesor en la escuela de la aldea, aunque en aquellos momentos se encontraba de baja médica por culpa de un mal bastante incómodo para él.
—Sosiego y calma. Todo acabará como siempre en unos minutos. Tranquilidad y equilibrio —decía con voz calmada, controlando su respiración mientras mantenía los ojos cerrados, ya que aquella no era la primera pelea de la pareja que le tocaba soportar, así como el sonido de objetos rompiéndose al ritmo, en aquellos momentos, de Guns N’ Roses y su Welcome to the Jungle.
Pronto el formidable suelo de parqué de la vivienda se convirtió en fiel espejo del caos reinante, en tanto Alawyta seguía erre que erre tras su maridito, varita y cuchillo en alto.
—He cambiado de idea, ¡hoy me apetece comer cerdo! ¡Zaskaka Oing! —¿A ti se te ha cruzado la sesera? Déjame que te explique —decía el pobre Morfeo, esquivando como podía los lances del cuchillo esgrimido por Alawyta sin control alguno de lo cabreada que estaba—. ¡Para ya, coño, y suelta de una vez ese cuchillo que me vas a provocar un escacharre en la epidermis, so taruga! —¿Qué pare so qué…? ¡Te voy a cortar los putos huevos, cabrón! ¡Zaskaka Vos!
Otro hechizo, ¡otro maldito hechizo! Y, sin saber por qué, a Morfeo le pesaba una barbaridad la cabeza, sintiéndola bastante inestable, razón por la que buscó un espejo en el que mirarse en tanto su amada se descojonaba de la risa, sentada de cualquier manera en una silla tras ponerla de pie.
—Mira que eres feo, Morfeo, ni aun así consigo arreglarte. Naciste feo cual demonio y así seguirás hasta que te mueras, ¡cabrón!
Temiéndose lo peor por aquella sonrisa tan tétrica que le dedicó, su esposo agarró una bandeja de plata, usándola como improvisado espejo palideciendo ante lo que vio, en tanto el locutor daba paso al siguiente temazo: Du Hast de Rammstein.
—¡Ay, la hostia! ¿Pero qué cojones me has hecho, so loca? —Ven que ahora te lo arreglo, huevito mío, ¡ven!
A pesar de tan tentadora invitación hecha por Alawyta, el brujo salió cual rayo de la sala hacia el cuarto de invitados, donde tenía escondida su varita mágica, extrayéndola apresuradamente de un viejo baúl de madera repleto de botellas de absenta vacías y revistas de carruajes, el no va más de la elegancia y el buen gusto entre la comunidad mágica. Ya con su “atizador alucinógeno” en la mano, tocaba pensar en un plan efectivo de huida, llegando a la conclusión de que lo mejor era salir volando, lanzándose con una leve sonrisa nerviosa en los labios un conjuro sobre sí mismo:
—¡Zaskaka Ciégalo! Y ahora, a salir cagando hostias de la puta casa —se dijo para sí mismo, insuflándose ánimos.
Sin embargo, abortó el despegue justo antes de alcanzar la velocidad V1 y despegar, pues apoyada contra el marco de la puerta estaba Alawyta con una siniestra y aterradora sonrisa en los labios que iba aumentando poco a poco en intensidad, hasta que, por fin, habló:
—No me digas que prefieres el look de asqueroso bicho volador. Joder, con lo bien que te sentaba el de huevón… Pues mejor me lo pones porque… ¡Odio a los putos murciélagos!
Alawyta no respetó ni aquellas sábanas tan caras en pos de acabar con su roedor, digo, maridito, descargando rápidas cuchilladas a lo loco en tanto sonaba Ooby Dooby de la Creedence. Raudo y veloz, volando en modo «salvar el pellejo» y esquivando todo aquello que le lanzó su querida a modo de fuego antiaéreo, Morfeo puso rumbo a la puerta principal para escapar de allí usando el hueco de la gatera por donde iba y venía Sebosito, el gato de la pareja.
Justo cuando se lanzaba hacia la pequeña puerta del gato en un ángulo descendente de 23º y rapido de cojones, Sebosito decidió entrar, colisionando ambos jetos con bastante intensidad y acabando Morfeo en el suelo bastante magullado.
—Me caez bien, masio, pero tienez una coztumbre cojonua de eztamparte contra mí a la manor, azí que tú de aquí no zalez —le explicó aquella bola de pelos mal peinados con aquel absurdo acento andaluz exagerado, poniéndose como siempre del lado de Alawyta. —¡Ya me las pagarás! ¡No te voy a cambiar la arena hasta que supliques! —le respondió Morfeo en tanto volaban toda clase de objetos hacia la puerta, sobre todo platos y cubiertos bien afilados. —Creo que me tomaré un vazo de leze bien frezkita a tu zalud, compadre. —¡Cabronazo!
El ruido dentro de la casa de su vecino era atronador, ¡no había quien lo soportase! Y estando hasta las narices, Shaak’wan interrumpió su meditación para protestar consigo mismo, recordando que era la peor pelea que habían tenido desde que el imbécil de Morfeo puso punto y final al aquelarre que organizó Alawyta en el claro del bosque el verano pasado, con aquella exhibición aérea nocturna a bordo de su escoba estando borracho como una cuba gracias al puto vino de sangre de Jakob Eder, el Guardián del Sello Shurim.
—¡Parad ya, joder!
Sin previo aviso, la cara de Shaak’wan y su estado anímico entraron en una nueva dimensión de pura furia cuando una atroz vibración sacudió cual terremoto la vivienda; y es que su linda y amable vecinita, al ver que no le acertaba con una sartén a Morfeo, decidió lanzarle un hechizo de pulso sónico al puñetero excremento volador.
El pobre vecino no pensaba, solo quería acallar el escándalo de una puta vez, emprendiendo el camino de ida a la puerta de sus vecinos sin miramientos y dando grandes zancadas. Momento que aprovecharon para colarse en su casa, gracias a su escaso tamaño, los cuatro miembros del clan de los “Sacamanteles”, una banda de gnomos de jardín dedicada al robo y trapicheo de polvo de hadas.
—Recordad, chicos, coged solo lo que se pueda colocar rápido —les dijo David a sus fieles esbirros. —Vale, jefe, tranqui y al curro —le contestó con saludo militar Yiyio “el topo”.
A punto de llamar a la puerta, Shaak’wan se detuvo un instante. Si abría Alawyta y le gritaba, de seguro que le sacudía una hostia, así que demoró unos segundos la acción pese a la insistencia de los cada vez más numerosos mirones, en tanto Bob Dylan interpretaba a pleno pulmón uno de sus mayores éxitos, Knockin’ on Heaven’s Door.
¡Toc, toc!
—Y tú, ¿qué cojones quieres? —le preguntó con voz profunda y llena de resentimiento su amable vecina nada más abrir, con la ropa hecha trizas y blanca de yeso (o tal vez harina), sin tratar de ocultar el enorme cuchillo de cocina que blandía en la mano. —Buenos días, Alawyta. ¿Parece que estáis haciendo reformas, eh? —dijo Shaak’wan educadamente, poniendo una sonrisa en sus labios con mucho esfuerzo, a lo que añadió—: Estoy tratando de meditar porque estoy padeciendo el Pon’fhar, y ya sabes que es algo que sufrimos los elfos cada pocos años. Ya nos conoces y sabes que son unos momentos en los que estamos muy sensibles y alterables… —…Al grano, que no tengo tiempo, que estoy tratando de dar caza a un nauseabundo ente volador que se ha colado en la casa —dijo la brujita con firmeza. —Bueno, ¿podéis por favor hacer menos ruido? Ya sé que estáis discutiendo, y también el resto de la aldea. Pero mira, ¿por qué no os sentáis y lo resolvéis tomando un café o un té…?
La cara de Alawyta y el súbito portazo en los hocicos del elfo zanjaron definitivamente la negociación.
—¡Estos dos ya me están hinchando los huevos! —gritó Shaak’wan antes de regresar a su casa, descubriendo nada más abrir la puerta que… ¡le habían robado hasta lo que guardaba en el frigorífico!— ¡¡Nooo!! ¡Hijos de puta, la madre que los matriculó, cabrones! —gritó sin cortarse un pelo, fuera de sí. —Pobrecillo, qué paciencia. La que le ha caído encima con esos vecinos —murmuraban los asombrados vecinos de la aldea entre ellos, pues jamás habían escuchado a Shaak’wan tan alterado, y eso que los niños que le asignaban cada curso eran de lo peor.
Aprovechando que su amadísima esposa estaba atendiendo al vecino, el bichejo volador… Digo Morfeo, qué cabeza la mía, encontró entre un amasijo de astillas y otros restos su varita mágica, la cual empleó para recuperar su forma humana.
—Qué cansado es volar esquivando cosas, estoy agotado —suspiró dejándose caer sobre un cojín de plumas tratando de recuperar el aliento, sin darse cuenta, gracias al alto volumen del estéreo, de que Alawyta había despachado ya al vecino y estaba detrás suyo.
Con un rápido movimiento, la hechicera de su vida le arrebató la varita mágica de las manos y le propinó un fuerte empujón.
—Que no, que no. Que hoy no te escapas, desgraciado —le explicó a su esposo, apuntándole con su propia varita. — ¡Zaskaka Ata! Rata, que eres una rata y ahora… ¡Corre! —¿Una asquerosa rata? ¡Mira que lo has cogido hoy de perra, guapa! —aulló histérico mientras les daba caña a sus cuatro patas el perseguido hechicero, recorriendo a toda pastilla el interior de la vivienda usando como escudo cualquier elemento presente en el suelo, sorteando de paso objetos y descargas eléctricas coincidiendo con el estribillo del tema de Queen, Don’t Stop Me Now.
Sin duda, Alawyta se lo estaba pasando muy bien lanzando hechizos eléctricos y proyectiles hacia su marido, como pudo ver Morfeo, ya que la muy cabrona… ¡estaba bailando al ritmo de la música!
—¡Zaskaka Thor! ¡Uyyy! Tengo que ir a Zara a comprarme un vestidito negro que mañana voy de entierro, así que ¡voy a dejarte seca la tarjeta de crédito, desgraciado!
Golpeando la pared con el atizador de la chimenea, una de las escasas cosas que los ladrones no se llevaron, Shaak’wan descargaba su ira sin poder presagiar el acontecimiento que le hizo perder los papeles por completo cuando una de aquellas descargas lanzadas por Alawyta impactó de lleno contra la pared que comunicaba ambas viviendas, provocando una muy hermosa grieta.
—¡Me vais a tirar la casa abajo, putos idiotas! —gritó histérico, dejando de lado el atizador para ponerse a golpear la pared con su propia cabeza.
Parecía un yonqui pasando el mono, y es que aquella mierda sí que pegaba fuerte, rematando la jugada con toda clase de palabras malsonantes y un consejo bien clarito dirigido a la pareja de enamorados:
—¡Deberíais ir al psiquiatra a que os arreglen los putos tornillos, joder!
La situación era una verdadera locura: destrozos por un lado, gritos, golpes y amenazas por el otro, ¡no había descanso! Y aunque Shaak’wan, como todos los elfos, tenía una poderosa voz, la parejita seguía a lo suyo.
—¡Ya eres mío, rata de mierda! Hoy te convierto en hamburguesa y te echo de comer a los perros —declaró y sentenció Alawyta a Morfeo cuando logró arrinconarlo en una esquina.
El brujo tuvo que trepar por la pared para encaramarse a una viga de carga del techo con todas sus fuerzas, bueno, las que le quedaban; y aunque su querida Wyta, como la llamaba él cuando se ponían cariñosos, también estaba agotada, se las ingenió para canalizar toda su mala hostia a través de su cuchillo de cocina. Morfeo, cual ninja, pudo esquivarlo; todo lo contrario que aquella pobre e indefensa viga que, muy a su pesar… no lo consiguió.
¡BOROOOM!
Hizo el techo al caer, llevándose por delante, ya que estaba, el sentido común, la paciencia, la sensatez y la cordura de Shaak’wan, su vecino.
—¡Yo los mato! ¡Lo juro por mis ancestros, los mato a los dos!
El juramento lo oyeron los alarmados vecinos de la aldea, que decidieron llamar a la policía, a los bomberos y a los equipos sanitarios. Hubo quien hasta llamó a los medios de comunicación del bosque.
La delgada, sexy, educada y amorosa Alawyta, mientras tanto y a pesar del aturdimiento, la sangre que manaba de su cabeza y de la muy posible conmoción cerebral, no cejaba en su empeño de acabar con la vida, obra y milagros de su compi sentimental. Como no consegía encontrar el cuchillo de entre los escombros, echó mano a una de las dos escobas que veía gracias a su nuevo superpoder: la visión doble.
—¡Ven aquí! ¡Prometo que será rápido y que no te dolerá!
Dicho lo cual, se lanzó de nuevo en perjuicio del desquiciado Morfeo… bueno, de los varios Morfeos, ya que parecía que estaba borracha dando tumbos de aquí para allá.
—¡Para ya, tía loca, detente!
Shaak’wan, con los ojos inyectados en sangre gracias a la ira, decidió poner punto final al asunto de una vez por todas. Salió de su casa, asegurándose bien de cerrar la puerta, cogió su hacha élfica con la que cortaba cada mañana madera para el fuego y se dirigió hacia la vivienda contigua.
—Mamá, mamá, tengo miedo. El Sr. Shaak’wan tiene una cara muy rara, parece un romulano —le comentó asustado un pequeño electroduende a su madre. —A mí más bien me parece un Jar Jar Binks con la regla —dijo entre risas un trol verde a un asno, consiguiendo que todas las mujeres presentes ante aquellas dos viviendas le dirigieran una mirada pérfida y asesina por hacer un comentario tan desagradable y ultrajante contra las mujeres y tan adorado personaje de aquella famosa saga galáctica.
La mañana estaba de lo más animada. ¿Qué sucedería a continuación? Nadie se lo quería perder, ni siquiera los niños, y eso que era día de cole. El paisaje se completaba con varias rocas de distinto tamaño surgidas de la nada rodeando una bastante grande y pintada de colores, así que cuando sonó aquel claxon se llevaron un buen susto.
—¿Los Ramones sonando en mitad del bosque? Joder, ¡esto es increíble!
Preguntó una chica joven de apariencia humana nada más salir del SUV junto a dos personas de sobra conocidas por todos.
—¡Si son Tomatito y Liara! —gritó al unísono el vasto grupo de espectadores antes de reírse bien alto, ya que Emma, la hija de la pareja de recién llegados, se había quedado completamente muda. —¡Cómo os echaba de menos! Esta es la pequeña Emma y, si está aquí, ¡es porque ha decidido unirse a la familia! —anunció Liara llena de alegría.
No pensaba igual el ausente Shaak’wan, que seguía a lo suyo aplicando golpe tras golpe a la maciza puerta del horror con una macabra sonrisa en los labios cual Jack Torrance, hasta lograr por fin abrir un boquete y asomar el jeto por él para ponerse a gritar:
—¡Aquí está Shaak’wan! Y no vais a salir vivos ninguno de los dos, ¡hijos de puta! —Qué rostro más espantoso, madre mía. Hoy van a correr ríos de sangre, qué horror. ¡Aquí se masca la tragedia! ¡Llamad a los loqueros! —avisó a voz en grito una pequeña hada que estaba con su móvil grabando la batalla desde su comienzo gracias a su capacidad de volar.
Harto de gritar y no obtener respuesta, el elfo perdió del todo los papeles. Ya no era el pacífico y amable profesor que todos conocían, no; ahora era un enorme castor que, hambriento, se estaba dando un banquete de los buenos con la madera de la puerta hasta que se escuchó un nuevo ¡Zaskaka Thor! y el pobre salió proyectado hacia atrás cual avión sin motor, planeando en el aire nueve metros antes de realizar un aterrizaje sin tren tras recibir una descarga dirigida al brujo en plena cara.
Inconsciente permaneció en el suelo en tanto la multitud atendía a los recién llegados sin que nadie le hiciera caso, hasta que por fin alguien se apiadó de él: sus amigos, aquellos endemoniados gnomos, que con la excusa de practicarle los primeros auxilios le desposeyeron del reloj, el móvil y la cartera mientras Shaak’wan babeaba completamente olvidado en el suelo, ya que los presentes estaban muy ocupados con otras cosas.
Los reunidos en la calle no sabían a quién prestar atención. El pifostio era cojonudo, pero volver a ver a Emma, la pequeña y siempre curiosa hija de Tomatito y Liara, resultaba de lo más tentador, ya que no la veían desde que era una niña.
—¡Vivir contigo es un tormento, guapa! ¡Una puta pesadilla, parece que esté en la cárcel! —¿Qué has dicho? ¡Esto se acabó! ¡Zaskaka Thor! ¡A tomar por culo la puta música de los cojones! —¡Nooooo! Mi loro… ¿Qué pasa, que hoy llevas puestas las putas pilas alcalinas? ¡Joder, para ya, hostias!
House Arrest de Bryan Adams fue lo último que reprodujo en este mundo aquel magnífico equipo de música, siendo sustituido por un espeluznante silencio previo al nuevo arranque de ira que sufrió Alawyta, teniendo bien arrinconado y sin escapatoria al roedor de su esposo.
—¿Que pare? ¡Enfermo, que eres un puto enfermo! Llego de hacer la compra y te pillo haciendo… haciendo obscenidades con la escoba que me regaló mi abuelita. ¡Yo te espachurro!
Aquel potente lance de escoba impactó de lleno en su objetivo. Por fin lo había logrado: Morfeo estaba hecho una puta mierda en el suelo sin hablar, y es que cómo iba a decir nada el pobre tras recibir semejante golpe.
Asustada por la posibilidad de habérselo cargado, Alawyta, muy asustada, le lanzó un ¡Zaskaka Man! para devolverle su forma humana, llamando de inmediato por teléfono a una ambulancia ya que su pobre marido había sufrido un «accidente casero» y necesitaba ayuda lo antes posible.
—¿Por qué no te has defendido? Podías haberlo esquivado… —Uno de los dos tenía que poner fin a esto y he decidido ser yo —dijo muy bajito Morfeo, ya que tenía varias costillas rotas—. Todo esto ha sido un malentendido. Estaba escuchando la radio y hablaron de un concurso. El premio es un viaje para dos personas a la región de Azavrag’ya, y yo, que sé que quieres ir desde hace mucho, decidí participar. Tenía que grabarme un vídeo marcándome un solo con una imaginaria guitarra lo más original posible, y entonces tú entraste y… llévame al hospital.
Entre lagrimones, Alawyta solo fue capaz de decir:
—¡Ay, pobre brujito mío! ¿Pero por qué no me lo dijiste?
A los pocos segundos se escucharon las sirenas, y es que la llamada de la brujita les pilló de camino hacia allí, custodiados por la policía a bordo de sus escobas patrulla para ocuparse de «tres locos». Tuvieron que sustituir las jeringas llenas hasta arriba con benzodiacepina por goteros, vendas y demás equipamiento destinado a ofrecer un primer auxilio a la víctima, Morfeo, antes de estabilizarlo y podérselo llevar al hospital.
No había manera de que Alawyta soltase a su querido. Se sentía fatal por la pelea y sus consecuencias, y aunque la policía la pidió en repetidas ocasiones que se apartase para que los técnicos sanitarios se pudieran ocupar de su amorcito, ella no lo hizo hasta recibir un tercer pinchazo en el trasero cargado de antipsicóticos.
—¡Este tío está muy jodido! ¡Nos lo llevamos ya, así que apártense todos! —anunció a la policía un médico en tanto sus compañeros introducían el cuerpo de Morfeo en la ambulancia.
Momento que aprovechó Alawyta para agarrar la escoba patrulla de uno de los agentes y seguir a la ambulancia, volando de forma errática y temeraria, provocando no pocos alborotos y accidentes a su paso hasta por fin llegar al hospital para permanecer al lado de su pobre marido.
—Eh, vosotros, que aquí tenéis a otro cliente —les explicó un policía a los técnicos sanitarios tras patear el cuerpo de Shaak’wan para comprobar si seguía vivo, emitiendo este un terrible aullido de cólera y dolor. —¿Pero ese no estaba muerto? Joder, chatín, joder, qué cagada. ¡Rápido, metámoslo en la ambulancia!
A toda velocidad, aquella segunda ambulancia recorrió calles, caminos y carreteras que separaban a la aldea del hospital más cercano, dudando de si parar a recoger a más clientes tras el desastroso paso de Alawyta, colocada hasta las trancas de antipsicóticos y benzodiacepina.
A su llegada a urgencias, cada uno de nuestros entrañables vecinos fue llevado a un box.
Morfeo presentaba un cuadro bastante simplón y aburrido: tan solo algunas costillas rotas y numerosos cristales clavados por todas partes. Pero lo que es Shaak’wan… Quemaduras de tercer grado en el 45% del cuerpo por la letal descarga recibida, ya que la corriente le entró por la nariz y le salió por el testículo izquierdo que, gracias al ataque de ira sufrido por nuestro amado elfo la mañana de autos, se hallaba en contacto directo con el pomo de la puerta. El vuelo y posterior aterrizaje no programado le causó además múltiples politraumatismos repartidos por todo el cuerpo, neumotórax y conmoción cerebral profunda. La suma de todas estas lesiones convenció al equipo médico de la conveniencia de inducir un coma a su paciente para hacerle menos dolorosos los múltiples tratamientos a los que tenía que ser sometido.
Pero, ¡ay, la ostia!, no contaron con que aquella mañana en el hospital había sucedido un pifostio que poco tenía que envidiar al liado por Alawyta y Morfeo en su casa, y cuyas consecuencias estaban en ese momento sufriendo un patólogo forense, un celador y el anestesista del hospital.
Estos habían sido testigos de cómo un “cliente” que había estirado la pata hacía tres días, y al que en la autopsia se le habían extirpado ya varios órganos incluyendo el corazón, se había puesto en pie delante de ellos, alzado los brazos al cielo y proclamado a los cuatro vientos:
—¡Sois unos pecadores y arderéis todos en el fuego del infierno!
Tras lo cual, con mucha calma, se vendó el pecho, se vistió y, andando tan tranquilo, se fue por el pasillo en dirección a la calle, donde pidió un taxi y se largó al aeropuerto.
Estos hechos hicieron que los tres testigos de la resurrección se encaminaran derechitos a la cafetería del hospital, donde se pasaron el resto de la mañana ingiriendo sin control alguno todo el alcohol que había, rematando la jugada y por goleada el celador, que hasta echó mano a una botella de alcohol de 96º para desinfectar instrumental.
Con semejante cogorza, el anestesista ni veía ni era capaz de coordinar sus andares, con lo cual se equivocó al inducirle el coma al malherido Shaak’wan y nuestro pobre amigo y vecino élfico sufrió la más atroz de las torturas: las drogas le provocaron entrar en estado de enclaustramiento, es decir, fue absoluta y totalmente consciente de todos los dolorosos tratamientos sin poder siquiera mover un dedo.
Semanas después, al salir de su “coma inducido”, Shaak’wan reprendió con tal violencia al equipo médico por su negligencia que estos decidieron administrarle un nuevo tratamiento a base de psicofármacos para caballos y terapia electroconvulsiva, pasándole el “muerto” después al equipo de psiquiatría del hospital, en donde las calamidades del pobre elfo al explicarle a los psiquiatras lo sucedido continuaron durante meses. Cuando consiguió recuperar su libertad, tras nueve meses de “tortura”, Shaak’wan decidió que jamás volvería a su casa.
En cambio, la recuperación física que no psiquiátrica de Morfeo fue mucho más rápida, aunque con matices, ya que a la feliz parejita le tocó dar muchas explicaciones de lo ocurrido aquella mañana (incluido el robo en casa del elfo) ante la policía y el juez, teniendo que pagar una cuantiosa multa la brujita, ya que el robar una escoba patrulla estando drogada era un delito bien gordo.
Por suerte, su vecino no presentó cargos contra ellos —estaba hasta los cojones, como le dijo a su señoría— y, aunque quería partirles la cara, se tuvo que conformar con una disculpa, ya que sus piernas y vejiga fallaban desde la descarga, atándolo a una silla de ruedas con carácter temporal.
—Muy bien, así me gusta. Sencillito y rapidito. Hala, ya se pueden ir —les explicó a los tres el juez, un enorme hombre lobo—.
¡Eh, tú, que te has dejado unos cuantos cabos sueltos!
Ahora voy a eso, impacientes.
Pués resulta que Sebosito, buscando algo que llevarse a la boca porque sus compis lo habían dejado solo, encontró el móvil de Morfeo y, tras reírse un buen rato mientras comía en un buen restaurante pagando con la tarjeta del brujo, le envió el vídeo ¡sin editar! a la emisora de radio. Como este lo grabó todo, logró hacerse con el premio, es decir, el viaje. Así que tras pasar por la emisora a ser entrevistados y recoger su galardón, no se lo pensaron ni un momento y cogieron un avión rumbo a unas ¿merecidas? vacaciones en la región de Azavrag’ya, dejando a Sebosito en un buen hotel disfrutando de unas merecidas vacaciones a gastos pagados.
El clan de los “Sacamanteles” acabó entre rejas, ya que en el vídeo grabado por el hada de la aldea con su móvil se veía, y muy bien, cómo estos cuatro espabilados habían entrado en la casa del elfo y se la habían limpiado. Escaparon de la cárcel tres días después y ahora sobreviven como soldados de fortuna en el bosque. Si usted tiene un problema y puede contratarlos…
En tanto la parejita de brujos se ponía tierna y cariñosa en el avión, atrás en la aldea quedaron los equipos de desescombro, peritos del seguro y albañiles reparando la casa. Con la exclusiva que les pagaron los morbosos medios de comunicación pudieron acometer las reparaciones de la vivienda, cancelar la hipoteca y darse algún capricho. Os podéis imaginar qué capricho se permitió Morfeo, ¿no? Una nueva cadena de sonido con unos impresionantes altavoces de 2400W, y Alawyta una urna con doble cristal antibalas donde metió la escoba de su abuela y que solo podía abrirse con su huella dactilar.
En la vivienda de al lado lo que había era un montón de curiosos cada día haciéndose selfis junto a un cartel en el que se podía leer: “Se vende”.
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