Despertó aquella mañana cerca de Samaria, recordando el bendito sabor del dátil en sus labios, memoria de aquellos días en que fue feliz en las montañas de Sunem. Los sentimientos que llegaban desde la puerta de Kof deseaba dejarlos pasar sin recibirlos. Era mejor beber del pozo de la infancia, del pozo de Belén, y aun derramar aquella agua como ofrenda.

Sin embargo, las deudas acumuladas y los planes tejidos para pagarlas levantaban sus propios muros. Pensó en muchas formas de escapar de aquellas pequeñas celdas.

Recordó los negocios que imaginó de niño y que los años habían ido dejando en la imposibilidad. Se vio a sí mismo como mensajero, como aguador en el desierto. Quería permitir que las letras luminosas formaran palabras dentro de él y que esas palabras se expresaran en el diario vivir. Pero, a pesar de su voluntad, la letra Kof regresaba una y otra vez.

Entonces escuchó la conversación del profeta a través de la hendija de la puerta, aquella estrecha abertura que separaba su limitación de la solución de sus problemas.

El sirio hablaba de oro, de plata, de piedras preciosas y de vestidos. Hablaba justamente de aquello que tantas veces había imaginado para poner fin a sus aflicciones. Pero el profeta cortó toda posibilidad con una sola respuesta:

«No».

¿Cómo puede ser?, pensó.

Tanta necesidad, tantas carencias. ¿Por qué no piensa también en mí? Tanto tiempo le he servido.

Sus propios pensamientos comenzaron a enlazar letras y a construir sentimientos oscuros. Entonces se vio corriendo tras los carruajes de Naamán. Escuchaba las ruedas golpeando el árido camino rumbo a Siria. Buscaba la manera de convertir aquella riqueza en una salida para su propia esclavitud. Y entonces nació una palabra:

Sheker.

Shin. Kof. Resh.

Mentira.

—¿Ocurre algo? —preguntó el sirio.La comitiva se detuvo.

Entonces la mentira, largamente concebida, salió finalmente de su interior.

—Han llegado unos jóvenes de entre los hijos de los profetas. Mi señor me envía para pedir unas piezas de plata y algunos vestidos.En aquella frase involucró a Eliseo. Sin darse cuenta, disminuyó ante Naamán el testimonio del varón de Dios. No sólo estaba tomando plata; estaba colocando una sombra sobre la confianza absoluta que Eliseo había manifestado delante del sirio.

Pero Giezi pensó que, por fin, su situación estaba resuelta.

Intentó conservar la apariencia de obediencia. Ante los ojos humanos parecía no haber ocurrido nada.Sin embargo, una mentira había dado vida a otra mentira.

Y ahora el interlocutor no era un hombre.Era la misma Presencia.

—¿No estaba mi espíritu allí cuando el hombre descendió de su carro para recibirte?

El silencio cayó sobre él.—¿Es acaso tiempo de recibir plata, oro, vestidos, olivares, viñas, ovejas y siervos?

Entonces comprendió que había sido visto.La sentencia descendió sobre él como una puerta que se cierra:

—La lepra de Naamán se pegará a ti y a tu descendencia para siempre.

Qué misterio tan terrible.La lepra salió del sirio mediante siete inmersiones en el Jordán y entró en Giezi por la desobediencia.Naamán descendió siete veces y quedó limpio.

Giezi ascendió tras los carros de la codicia y quedó impuro.Lo que abandonó al sirio encontró morada en el siervo.El alefato negativo salió por el camino de la obediencia y regresó por el camino de la mentira.Aún resonaban las aguas del Jordán cuando aquella antigua carga cambió de portador.

Y así, lo que parecía un extraordinario negocio terminó siendo la peor transacción de su vida.

Lo que más me impresiona del pasaje es que conviertes a Kof en el verdadero antagonista interior. No es la plata de Naamán la que derrota a Giezi, sino aquello que ya habitaba en él: la sensación de escasez, la comparación, el resentimiento de sentirse olvidado. La plata solamente le dio una oportunidad para exteriorizar algo que llevaba tiempo gestándose. En ese sentido, tu texto se acerca mucho a una lectura midráshica: la lepra de Giezi comienza mucho antes de aparecer sobre su piel; comienza cuando deja de beber del pozo de Belén para escuchar la voz de Kof.

Aquella noche Eliseo no pudo dormir.

No por causa del engaño de Giezi, pues el Espíritu ya le había mostrado el camino de su siervo mientras aún corría tras los carros de Naamán. Lo que le pesaba era otra cosa.

Observó la lámpara consumirse lentamente.

Había visto reyes caer y levantarse. Había visto viudas alimentadas por una sola vasija de aceite. Había visto flotar el hierro sobre las aguas. Había visto resucitar al hijo de la sunamita.

Pero nunca se acostumbró al dolor de ver perderse a un hombre cercano.

Los milagros sobre la naturaleza eran sencillos comparados con los milagros sobre el corazón.

Después de todo, ¿no había acompañado Giezi cada jornada?Había estado allí cuando el agua se volvió provisión.Había estado allí cuando la muerte salió de la olla.

Había estado allí cuando los panes alimentaron a la multitud. Había escuchado las mismas palabras. Había contemplado los mismos prodigios. Y sin embargo, una pequeña puerta permanecía cerrada.

Eliseo levantó la vista. Comprendió entonces que los prodigios pueden abrir los ojos, pero solamente la obediencia puede abrir el corazón.

La letra que meditó aquella noche fue Lamed. La letra del aprendizaje.

La letra que se eleva. Pensó que Giezi había acumulado conocimiento, pero no había permitido que el conocimiento lo transformara. En cierto sentido, era como un hombre que vive junto a un pozo y muere de sed.

El profeta salió de la casa antes del amanecer. El cielo comenzaba a teñirse de azul sobre las colinas cercanas a Samaria. Al llegar al camino miró las huellas dejadas por los carros de Naamán.

El viento del oriente empezaba a borrarlas. Así ocurre con la riqueza, pensó.

Ayer parecía capaz de resolver todos los problemas. Hoy apenas queda una marca en la tierra. Recordó entonces a su maestro Elías. Cuántas veces lo vio rechazar aquello que otros habrían perseguido. Un rey podía ofrecer recompensas.

Un general podía ofrecer favores. Pero el hombre de Dios debía permanecer ligero para caminar. El oro es un buen siervo pero un terrible amo. Y lentamente comprendió algo más profundo. El problema de Giezi no había sido la plata.

Tampoco los vestidos. Ni siquiera la mentira.

Todo aquello eran ramas. La raíz era el miedo. Miedo al mañana.

Miedo a la escasez. Miedo a no tener suficiente. Miedo a que Dios no alcanzara.

Y cuando el miedo se sienta en el trono, las letras comienzan a desordenarse.

La confianza se convierte en cálculo. La esperanza se convierte en ansiedad.

La prudencia se convierte en codicia. El Jordán había limpiado a Naamán porque el sirio estuvo dispuesto a descender. Giezi había enfermado porque no quiso descender.

Naamán bajó siete veces. Giezi no quiso bajar ni una. Eliseo observó el río a la distancia de sus recuerdos. Las aguas seguían corriendo. Siempre corrían.

Jamás retenían nada para sí. Y entonces comprendió el secreto. El Jordán permanece vivo porque todo lo entrega.

El hombre comienza a enfermar cuando sólo desea retener.

La mañana avanzó. Los primeros rayos iluminaron las piedras del camino.

Y el profeta elevó una oración silenciosa. No pidió que desapareciera la sentencia.

No pidió que cambiara el juicio. Pidió algo más difícil.

Que algún día, en medio de la soledad de su impureza, Giezi recordara. Que recordara Sunem. Que recordara el aceite de la viuda.

Que recordara al niño levantándose de la cama.

Que recordara las aguas del Jordán.

Que recordara la voz que un día le enseñó a confiar. Porque mientras un hombre recuerda, todavía existe una puerta. Y mientras existe una puerta, aún puede aparecer una letra distinta. Tal vez no Kof.

Tal vez no Sheker. Tal vez un día la letra que gobierne su alma sea Teshuvá.

Y entonces, incluso desde la lejanía de su lepra, el antiguo siervo vuelva a escuchar el murmullo de las aguas donde todo comenzó.

Donde un sirio descendió enfermo y salió limpio.

Y donde otro hombre, quizá muchos años después, pueda volver a descender para encontrar aquello que perdió.

La blancura apareció primero en sus manos. Las observó en silencio.

Aquellas manos que habían recibido los talentos de plata. Aquellas manos que habían ocultado los vestidos. Aquellas manos que tantas veces habían servido a Eliseo. Ahora parecían pertenecer a otro hombre. Por un instante quiso convencerse de que aquello no era real. Quizá la luz.

Quizá el polvo del camino. Quizá el cansancio.

Pero la blancura siguió avanzando como una escritura que alguien trazaba sobre su piel. Retrocedió unos pasos.

La casa del profeta estaba detrás de él. Podía escuchar voces.

Podía escuchar recipientes moviéndose. Podía escuchar la vida que continuaba.

Y comprendió algo terrible. Estaba quedando fuera.

No solamente fuera de la casa. Fuera del círculo.

Fuera de la cercanía. Fuera de la comunión.

Apretó los puños. Todo aquello por unos vestidos.

Por unas piezas de plata. Por un futuro que ni siquiera había llegado.

Quiso culpar a Naamán. Quiso culpar a la pobreza.

Quiso culpar a su época. Quiso culpar a los años de servicio.

Pero cada argumento caía como una piedra al fondo de un pozo.

Porque conocía la verdad.

La voz que había oído en boca de Eliseo era la misma que ahora resonaba en su conciencia.

No fue la plata. Fue el hambre. No el hambre del cuerpo.

El hambre del corazón. Aquella necesidad secreta de asegurar por sí mismo lo que Dios aún no había entregado.

Comenzó a caminar.

No sabía hacia dónde.

Simplemente se alejaba.

Las colinas de Samaria se extendían delante de él.

El viento levantaba pequeños remolinos de polvo.

Mientras avanzaba recordó a Naamán descendiendo al Jordán.

Qué extraño.

Había admirado al sirio.

Lo había considerado ingenuo.

Un hombre poderoso humillándose siete veces en el río.

Ahora comprendía que el verdadero milagro nunca había sido la desaparición de la lepra.

El milagro había sido el descenso.

La rendición.

El abandono de la propia grandeza.

Y justamente aquello que Naamán había aprendido, él lo había rechazado.

El sirio descendió.

El israelita quiso elevarse.

El extranjero obedeció.

El siervo calculó.

A medida que el día avanzaba comenzó a notar cómo las personas se apartaban de su camino.

Algunos bajaban la mirada.

Otros se alejaban.

Otros simplemente huían.

La lepra no solamente consume la carne.

Consume los puentes.

Consume las conversaciones.

Consume los abrazos.

Consume los nombres.

Por primera vez sintió el peso completo de la palabra soledad.

Llegó al anochecer cerca de unas rocas.

Allí se sentó.

Nadie lo acompañaba.

Ya no estaban los hijos de los profetas.

Ya no estaba la mujer sunamita.

Ya no estaba Eliseo.

Solo permanecía el sonido del viento.

Y en medio de aquel silencio volvió a recordar un detalle.

El pozo.

El pozo de Belén que había visitado en su juventud.

Años atrás había escuchado cómo David anheló aquella agua.

Sus valientes atravesaron líneas enemigas para traerla.

Sin embargo, David no la bebió.

La derramó delante del Señor.

En aquel momento nunca había entendido el gesto.

Le había parecido una pérdida.

Una locura.

Un desperdicio.

Pero sentado entre las piedras comenzó a comprender.

David era libre porque podía derramar.

Él era esclavo porque necesitaba retener.

Las lágrimas comenzaron a descender.

No eran lágrimas por la enfermedad.

Tampoco por el castigo.

Eran lágrimas por algo más profundo.

Lágrimas por descubrir que había estado junto a una fuente y había preferido perseguir espejismos.

Miró sus manos nuevamente.

La lepra seguía allí.

La plata ya no.

Los vestidos ya no.

Las riquezas ya no.

Solo permanecía aquello que había llevado dentro desde mucho antes del encuentro con Naamán.

Entonces alzó sus ojos hacia el cielo.

Por primera vez en mucho tiempo no pidió dinero.

No pidió alivio.

No pidió honor.

No pidió una casa.

Ni siquiera pidió sanidad.

Pidió recordar.

Recordar las palabras de Eliseo.

Recordar los milagros.

Recordar el Jordán.

Recordar el primer día que decidió seguir al hombre de Dios.

Porque comprendió que el olvido había sido la primera enfermedad.

La lepra solamente había llegado después.

Y mientras las estrellas aparecían una a una sobre Samaria, Giezi sintió que dentro de él comenzaba una batalla distinta.

La batalla ya no era entre pobreza y riqueza.

Era entre dos palabras.

Sheker y Emet.

Mentira y verdad.

Por primera vez en muchos años, la mentira había dejado de hablar.

Y la verdad, aunque dolorosa como una herida abierta, comenzaba lentamente a pronunciar su nombre.

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