Querido diario.
Hace tiempo no acudo a ti, y al regresar siento como si abriera una puerta que siempre estuvo allí, aguardando en silencio a que recordara tu existencia. Han pasado tantas cosas que, si la vida fuese justa, ya hubiera hecho que me tropezara con algún productor —o alguien de esos que convierten historias en luz— para filmar mi recorrido. A veces imagino mi película como una comedia romántica, aunque haya capítulos que se sienten más bien como drama con tintes de caos. Pero tú, diario, eres el único que conoce todos los géneros que llevo dentro.
Hoy me siento un poco perdido. No es una pérdida trágica, sino más bien una confusa neblina que aparece sin aviso. Recuerdo la seguridad con la que solía caminar por las calles de cada ciudad que habitaba. Esa seguridad, curiosamente, sigue intacta, pero ya no la percibo como una simple cualidad; ahora la veo como una hermana de armadura brillante, una protectora que se activa frente a acciones dañinas —de otras personas y, sobre todo, de mí mismo— como si estuviera siempre lista para defenderme de mis propios impulsos. Y aun así, no logro descifrar qué quiero demostrarle al mundo con esa forma de ser. Porque, en el fondo, no siento tener que demostrarle nada a nadie.
Lo único claro, por ahora, es la sensación de estar navegando en un mundo urgido de empatía, como si la humanidad necesitara una transfusión inmediata. Entre tanta carencia emocional, lo único que permanece firme es que me gustan las historias. Contarlas, vivirlas, recordarlas. Quizás por eso estoy aquí, conversando contigo.
Recuerdo con nitidez el día en que llegué a Bogotá: un 11 de septiembre, hace casi nueve años. Una fecha cargada de significados ajenos. El mundo se empeña en que recordemos tragedias que no vivimos, como si hubiéramos firmado un contrato invisible para conmemorar dolores que no nos pertenecen. Aun así, ahí estaba yo, comenzando una etapa nueva en una ciudad enorme, fría y llena de posibilidades.
Una semana después, la vida ya me tenía entrelazado con alguien. A veces me río de la manera en la que el universo mueve sus piezas, como si fuéramos parte de un tablero gigante y desconocido. Recuerdo a Shakira en Octavo Día, sus versos sobre esos “unos cuantos” que manejan todo como fichas de ajedrez. Nunca me sentí tan ficha como en ese entonces, perdido pero curioso, temeroso pero expectante.
Contra todo pronóstico, aquella relación duró casi cinco años. Casi. Desde mi percepción quizá un poco menos. Nunca imaginé que alguien que conocí tan pronto, en medio de una ciudad que apenas empezaba a descifrar, se convertiría en una parte tan significativa de mi historia. Como toda relación, tuvo momentos luminosos y otros que prefiero observar con distancia, no por dolor sino por aprendizaje.
Aprendí a vivir en familia. Y eso, para mí, era totalmente nuevo. Lo negativo —o tal vez solo complejo— fue permitir que otras dinámicas familiares intervinieran demasiado. Tal vez no fue tan malo en sí, sino que nos faltaba compromiso de ambos lados. Éramos jóvenes, con metas difusas y una realidad emocional que todavía no sabíamos sostener.
Hubo un hecho que marcó el inicio de ciertos tropiezos. En un momento de descuido dejé mi teléfono sobre una mesa, y al volver descubrí que él ya conocía mi contraseña. No había mala intención en ese hallazgo, pero sí abrió puertas que todavía no estábamos preparados para atravesar. Desde ahí fui transparente, como un libro sin índice. No tenía intención de ocultar quién era ni cómo sentía. Le hablé claramente sobre mis límites, mis deseos, mis expectativas. Y él, con una madurez que en ese momento me sorprendió, aceptó muchas de esas cosas, aunque con condiciones que ninguno supo manejar con equilibrio.
Hoy lo veo como un intento de honestidad que nos quedó grande.
También reconozco mis errores. No supe detenerme, ni medir mis impulsos, ni escuchar las señales tempranas. La convivencia con su familia, pese a los buenos momentos, terminó afectando nuestras dinámicas internas más de lo necesario. Él ya conocía parte de mi historia y sabía lo difícil que era para mí adaptarme a vivir con otras personas. Pero ambos cometimos fallas. Y ambos hicimos lo que pudimos con las herramientas que teníamos.
Y sin embargo, no todo fueron sombras. Hubo luces claras. Por ejemplo, el pequeño emprendimiento que intentamos crear: anchetas con arreglos florales. Él tenía talento natural para el arte y la decoración, y yo llevaba la parte administrativa y la comunicación. A veces pienso que el proyecto fracasó no por falta de capacidad, sino por falta de confianza y por permitir que lo emocional se mezclara demasiado con lo laboral. Pero recuerdo esa etapa con cariño, como un ensayo tembloroso de madurez.
Otro recuerdo dulce fue cuando me celebró un cumpleaños sin grandes recursos. No había internet. Solo su hermana, él, yo, una torta sencilla y un celular con datos suficientes para tres canciones. Y aun así, fue uno de los cumpleaños más honestos de mi vida. Aprendí que lo simple, cuando nace de la intención pura, tiene más peso que cualquier celebración grandiosa.
Bogotá me recibió sin expectativas. Por un tiempo pensé que había salido de mi país por accidente, como si hubiese sido arrastrado por una corriente que no estaba buscando. Pero vivir sin expectativas también significa vivir sin rumbo, y con el tiempo comprendí que sí tenía metas, aunque tardé en reconocerlas. Descubrí pasiones, intereses que me obligaron a salir de mi zona de confort. Y eso, querido diario, es crecer: avanzar aun cuando no se sabe exactamente hacia dónde.
El equilibrio, creo yo, está en mantener los objetivos claros sin dejar que se conviertan en obsesión. Avanzar sin perder de vista las otras esferas de la vida: la emocional, la espiritual, la personal. Y sobre todo, recordar que ningún propósito vale la pena si en el camino uno se olvida de sí mismo.
Últimamente suelo decir —quizá exagerando un poco, pero con sinceridad— que el año 2025 ha sido caótico. Caótico y profundamente significativo. Fue un periodo lleno de aprendizaje, de duelos silenciosos, de descubrimientos que preferiría no haber hecho y de certezas que agradezco haber encontrado. Y por eso vuelvo a ti, diario. Porque solo contigo puedo ordenar lo que siento sin filtro, sin vergüenza, sin máscaras.
Nací un 25 de diciembre. Una fecha simbólica para muchos creyentes. Curiosamente, dos de las figuras que marcaron mi vida —mi padre y mi primera pareja— cumplen años un 25 de mayo. Dos hombres opuestos: uno ausente, el otro presente durante un capítulo importante. A veces pienso que ese paralelismo es una especie de broma cósmica, un recordatorio de que las conexiones humanas tienen ritmos que no siempre entendemos. No sé si tenga un significado profundo, pero sí es, cuando menos, un dato curioso que siempre me acompaña.
Y ahora, mientras te escribo, siento algo distinto a la confusión habitual. Siento un objetivo. Tangible. Real. Un propósito que me impulsa a moverme, a intentar cosas nuevas, a explorar territorios que antes me daban miedo. Eso, querido diario, es vivir.
¿Quieres saber cuál es ese objetivo?
No necesito decírtelo. Ya lo sugerí desde las primeras palabras de este escrito. Está escondido entre líneas, esperando a que quien lo lea —tú, lector convertido en diario— lo descubra por sí mismo. No para que entiendan mi vida, sino para que se pregunten por la suya.
Porque, al final, no existe un momento perfecto.
El momento perfecto se construye.
Se decide. Yo ya empecé.
OPINIONES Y COMENTARIOS