Fue el día domingo cuando Clara decidió salir a correr junto a Max, su labrador de cinco años. Su madre le había dicho que era demasiado tarde para salir, pero ella no la escucho, nunca lo hacía.
Era pleno invierno, la neblina tapaba las calles y sus respectivas veredas, era imposible ver lo que se ocultaba detrás de esa capa de vapor. Clara se dirigía a un paso un poco acelerado pues quería comenzar con su rutina de ejercicio y luego irse a su casa para leer sus apuntes de literatura Griega. Clara amaba estudiar cualquier literatura pero en especial la griega, era su pasión, su sueño era irse a vivir allí junto al amor de su vida, pero el problema que es que el amor de su vida no estaba enterado de sus sentimientos.
Las calles de Llavallol se encontraban despobladas, pues era un pueblo muy chiquito y tranquilo. Eran las ocho y media de la noche cuando Clara llego a la famosa reserva natural conocida como “Santa Catalina”. Amaba ir a correr a ese lugar, inmenso por donde se mirara, Clara simplemente amaba respirar aquel aire tan puro y limpio.
Comenzó su recorrido con Max a su lado, pero el perro se encontraba algo inquieto. Clara protestando paro su trote, no entendía el comportamiento de su perro, él amaba salir a correr, mientras lo acariciaba para lograr que se calmase, ella sintió un escalofrió, será el frío se dijo para sí misma. Se sentía insegura en aquel lugar y por primera vez le estaba dando la razón a su madre, cosa que nunca se lo diría. Mientras seguía su recorrido, pero está vez caminando, en sus pensamientos se encontraba Darío, el amor de su vida, estaba tan enamorada de aquel chico, enamorada de sus ojos marrones y su pelo rubio, de su forma de hablar, de escribir, de su pasión por la literatura, estaba enamorada completamente de él, no sabía cómo decírselo, había ideado miles de maneras, hasta le escribió una carta la semana pasada pero no se animó a entregársela, tal vez ya era hora, llevaba dos años sintiendo aquel amor tan fuerte.
Ella vagaba con sus pensamientos, caminaba tan lento que no se dio cuenta que Max ya no se encontraba a su lado hasta que sintió un crujido, había alguien más en el bosque, miro para localizar a su perro pero no lo tenía más a su lado, sintió como el mundo se le derrumbaba, no podía perder a Max era su único amigo, sus manos comenzaron a temblar, no sabía que hacer ni como buscarlo, pues debido a la neblina no podía ver nada. Comenzó a maldecirse, intento gritando el nombre de su perro pero no consiguió nada, camino hasta cansarse sin darse cuenta que se había adentrado en el bosque, la humedad y el frío comenzaban a hacer lo suyo, se maldijo de vuelta por no haber llevado abrigo. Algo adentro suyo le gritaba que saliera de ahí, que no se encontraba en el lugar adecuado, que nunca debería haber ido, pero siguió caminando, necesitaba encontrar a Max, nunca se perdonaría si le pasaba algo.
Mientras Clara caminaba sentía los ruidos de la noche, era una noche llena de oscuridad y muy fría, estaba deseando que sea verano, pues detestaba con toda su alma la oscuridad que traía el invierno. Cada paso que daba sentía que se alejaba más de Max, ya no sentía el frío, ni siquiera las lágrimas que se depositaban en sus mejillas.
Algo andaba mal, no encontraba la salida de aquel lugar, su celular se encontraba sin batería, Max no aparecía, los crujidos en el suelo eran cada vez más fuertes, su corazón latía tanto que sentía que se le iba a salir del pecho. Algo andaba mal, algo no estaba bien, su mente se lo repetía todo el tiempo. El miedo comenzó a hacer efecto, sus piernas se volvían débiles, su estómago se hacía chiquito. Algo andaba mal, algo no estaba bien su intuición se lo gritaba. Tenía que encontrar la forma de salir de ese lugar.
Clara buscaba la salida pensaba que tal vez Max estaría afuera del bosque, se encontraba tan perdida que no sabía qué camino tomar, algo le decía que no podía huir de lo inevitable, se sentía atrapada, paranoica y desprotegida, deseaba que fuera un sueño malo, una pesadilla. En su interior sabía perfectamente que era la realidad, una realidad cruel. Continuo su recorrido, estaba cansada, si no le fallaba su visión le pareció ver una sombra, pero no era Max, era una sombra humana, su madre no era, tampoco Darío, su corazón comenzó a latir más rápido, el miedo en su interior crecía, ahora sabía que los crujidos no eran ruidos de la noche, ahora sabía que jamás tendría que haber salido de su casa, ahora sabía que no encontraría a su perro, que sus gritos jamás serian escuchados y su llanto sería en vano.
Sus sueños se desmoronaban, la oscuridad de lo profundo la aguardaba. Clara alcanzo a gritar, a llorar, a forcejear pero nada basto. ¡Oh, Clara! Tan hermosa y sensible, tan llena de sueños, tan llena de amor.
Al día siguiente todo era distinto, Estela, la madre de Clara, no paraba de llorar, no podía entender como había muerto su hija, su precioso tesoro, su todo. No podía comprender porque alguien quería lastimar tanto a una niña de 18 años, no lo entendía y nunca lo haría, un ser oscuro había destruido la vida de muchos. Allí junto a la familia de Clarita, se encontraba Darío que aún no caía, la amaba tanto y nunca se lo dijo, la amaba tanto y nunca supo si ella lo amaba también, amaba sus ojos verdes, su pelo rubio ondulado, su forma de hablar, su positividad, su amor por la vida, amaba escucharla cantar. ¡Oh! cantaba tan dulce y lindo. Nunca más la escucharía, nunca más la tendría a su lado, nunca más la vería sonreír. Estaba tan enojado, no entendía como la vida le hacía esto.
Necesitaba despedirse de Clara pero no podía llorar frente a la familia de ella, así que se tomó la atribución de subir al cuarto de su amada. Podía sentir su aroma a rosas todavía, podía sentirla, en su corazón estaba viva. Darío se sentó en su escritorio y observo la decoración del cuaderno de Clara, era un diario, pero no podía tomarlo, era privado aunque ella ya no esté en el plano de la vida terrestre, aunque ella ya sea un ser de luz. Lo levanto del escritorio pero solo para observar el contenido de la tapa, del cuaderno se cayó un sobre que decía su nombre, era una carta, pensó. Levanto la carta del suelo y se la guardo, prometió leerla cuando esté listo. Su herida no sellaría nunca eso lo sabía, pero la vida debía continuar.
Había pasado un mes de la muerte de Clara y Darío aún no había leído la carta, siempre la llevaba con él, hoy tenía que retomar el curso de literatura griega que ella tanto amaba, curso que lo hizo por amor a ella, y le termino gustando. Darío se encontraba sentado debajo de un árbol, se podía observar como el invierno se despedía y comenzaba a florecer una primavera llena de vida, una primavera distinta, una primavera llena de color, y su mente la recordó. Clara amaba la primavera era su estación favorita, siempre contemplaba las flores y sus colores, ella podía estar horas sacando fotos, era tan apasionada. Y se sorprendió a si mismo cuando se dio cuenta que estaba sonriendo, que la recordó y no lloro, se sorprendió al darse cuenta que estaba listo para leer aquella carta. La abrió nervioso, sus manos le temblaban de la emoción, el papel tenía el aroma de clara, olía a rosas y comenzaba con las típicas palabras:
Querido Darío:
No encuentro las palabras correctas para decirte lo que siento, mi corazón desea gritarlo a los cuatros vientos pero mi mente lo detiene, lo hace por miedo a ser rechazado, pero creo que es hora de decirte que estoy enamorada de vos, de tu mirada, de todo tu ser, tal vez no sientas nada por mí, más que cariño de amigo, pero yo te amo. El primer día que te vi me enamore, fue amor a primera vista. No lo busque, sucedió así como casi sin quererlo, ¿qué raro que es el amor? Porque no te conocía pero sabía que te amaba. No me imagino una vida sin vos a mi lado, te amo tanto que me conformaría con ser tu amiga, aunque quiera ser algo más. Te amo tanto que duele mucho. Te amo hasta cuando sueño. Te amo con cuerpo y alma Darío. Sin más que agregar me despido, espero tu repuesta y recuerda que siempre estaré a tu lado.
Tú amiga enamorada, Clara o como me decís vos
Clarita…
Pd: No me olvides nunca amor mío.
Darío no paraba de llorar de la emoción, eran tan fuerte lo que acaba de leer, ella lo amaba igual que el a ella, fueron dos tontos, dos pequeños tontos. Miró al cielo y sabía que el sol irradiaba luz porque aquel pedazo de papel pintado de celeste se había ganado un ángel hermoso y lleno de paz, miró al cielo y prometió nunca más guardarse un sentimiento. Miró al cielo y la vio a ella, supo que ahora tenía un ángel guardián. Clara pudo vivir el ayer pero no el mañana y Darío le prometió que viviría sus mañanas con mucho amor. Prometió nunca olvidarla. Prometió vivir haciendo lo que ama. Darío prometió ser feliz siempre.
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