Hay una forma silenciosa de condenar a alguien: no elegirlo, pero tampoco soltarlo. Es un limbo disfrazado de presencia, una cercanía que asfixia más que la distancia. Ahí me dejaste, en un punto medio donde no soy tuyo, pero tampoco libre.
Aprendí que el amor no siempre duele por ausencia, sino por indecisión. Porque cuando alguien no te elige, el vacío es claro; pero cuando tampoco permite que otros lo hagan, el alma se fragmenta en dudas. Me convertí en una posibilidad suspendida, en una historia que nunca empieza ni termina.
¿Sabes lo que es vivir esperando una certeza que no llega? Es como intentar respirar bajo el agua, convencido de que en algún momento el cuerpo se adaptará. Pero no, el amor no debería ser adaptación al dolor, sino expansión de lo que somos.
Y sin embargo, aquí estoy, cuestionando mi propio valor. Porque en tu silencio aprendí a dudar de mi luz. En tu indecisión, a pensar que quizá no era suficiente. Pero hay una verdad que empieza a arder dentro de mí: nadie merece ser opción cuando tiene alma de prioridad.
No me eliges… y aun así, me mantienes. Como si mi existencia orbitara alrededor de tus miedos. Pero yo no nací para girar en torno a alguien que no sabe quedarse.
Tal vez el error fue quedarme donde no florecía. Tal vez confundí paciencia con resignación, y amor con espera infinita.
Hoy entiendo algo: quien no te elige, ya te está perdiendo. Y quien no deja que te elijan, teme que descubras que mereces algo mejor.
Y yo… ya empecé a descubrirlo.
OPINIONES Y COMENTARIOS