Mentes atrapadas en el siglo XIX.

Habitar una casa —pensaba quizá yo mientras algún reloj inútil seguía marcando horas ajenas— es aceptar una conspiración silenciosa de objetos ordenados por otros. Hay personas con sus mentes atrapadas en el del siglo XIX, que necesitan que las sillas permanezcan inmóviles, que los libros descansen alineados como soldados y que las cucharas conozcan de memoria el cajón donde envejecen. Les aterra el desorden porque sospechan, aunque no lo digan, que el caos tiene algo de libertad.

Pero yo no pierdo nada en mi desorden. Al contrario: me encuentro.
Sé dónde duerme cada papel extraviado, en qué rincón improbable quedó aquella lapicera, qué montaña de ropa esconde una fotografía olvidada. Mi desorden no es negligencia: es geografía íntima. Un mapa secreto que otros, con sus mentes medievales y sus pequeñas inquisiciones domésticas, jamás comprenderían.

Ellos llaman “orden” a domesticar la vida. Yo llamo “vida” a revolverla.

Y acaso el verdadero miedo de los ordenados no sea el caos, sino descubrir que alguien puede ser feliz sin obedecer la absurda simetría del mundo.

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