Entra luz por la ventana. En Managua es Semana Santa y no tengo ventilador. Busqué fuego para un cigarrillo, pero no lo encontré. Me duele el talón. El ojo de pescado es un viejo golpe que se volvió callo; ahora camina conmigo. Tengo hambre.

​Anoche, Matías me dejó cien córdobas de propina. Su amigo dejó trescientos más en un código de retiro de un banco que está quebrando. El código expiraba a medianoche. Eran las ocho y yo necesitaba drogarme.

​Salí del restaurante. En la calle de la Lotería paré a un motorizado.

—¿Cuánto al cajero?

—Sesenta —dijo.

Le ofrecí un cigarrillo. Dijo que sí.

​De regreso en el club, limpié los utensilios de la barra. Bebí limonada y miré a las mujeres. Imaginé a la cocinera estafando bancos. Imaginé a la mesera levantando pesas.

​Hicimos inventario para no pagar faltantes. La cocina es estrecha. Ruth tiene treinta y ocho años y tres hijos; parece enamorada. La otra tiene veintisiete y come sushi.

​Al salir, fui donde Mucho. Compré tres de cien y veinte de cigarros. En casa, desarmé uno para armar el otro. Todo terminó rápido. Ahora las luces están apagadas. Fumo en la oscuridad y trato de leer a Chéjov.

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