Marcarse un hola y adiós

MARCARSE UN HOLA Y ADIÓS

Es sábado por la tarde de un día de otoño algo desapacible. Estás en La Alameda, delante de la cafetería Quinta Avenida donde vas a encontrarte con un tipo que has conocido por internet hace tres semanas. Le has mandado fotos, te ha mandado fotos y ha insistido en quedar en persona para dar el siguiente paso.

Tu eres una mujer en el umbral de los cuarenta, poco afortunada en amores y algo rellenita, que te has pasado los tres últimos días alimentándote de agua y barritas energéticas para conseguir meter tu culo en un pantalón que a los dieciocho era última moda y a los cuarenta es rabiosamente vintage.

Son las cinco y cinco, así que ya vas tarde. El local es bonito, con diferentes ambientes, mesas bajas y unos sofás con pinta de cómodos. Hay un camarero en la barra y otro pululando entre mesas para atender a la clientela, que es bastante numerosa. Haces un escaneo general intentando encontrar entre los que ya están sentados a Joan, el hombre con el que te has estado escribiendo. Allá al fondo ves a alguien que se le parece, con gafas oscuras, bigotito y pelo rebelde. Él levanta la vista, te ve, duda un poco, y después se pone en pie agitando la mano a modo de saludo.

Entonces te das cuenta de la primera cosa: que ha habido mucho photoshop en esa incipiente relación y que la realidad a menudo defrauda. Moviendo los brazos como un náufrago tienes una versión Millennials de Torrente, algo más alto y flaco y con la cabeza coronada por una sospechosa abundancia de pelo. Lo único auténtico parece ser el bigote.

Al momento te acuerdas de la conversación de esa misma mañana con tu amiga Clarita

—A ver Piluca, ¿Qué necesidad tienes de andar así?. Hay mucha gente rara en estos tiempos ¿Y si el tío es un pervertido? Yo creo que hoy en día no pasa nada si una mujer está sin pareja—dijo ella.

—Claro, Clarita. Como tu estás muy bien casada no te importa si el resto de los cuerpos estamos desatendidos— le respondiste tú, molesta por que te cuestionaba.

Pero en el momento presente ya no te parece mala idea lo de seguir sola. Te entra el pánico y tus pies calzados con esas botas nuevas que te has comprado para la ocasión, hacen un giro involuntario de ciento ochenta grados. Resbalas sobre el suelo de madera y te desparramas entre mesas de forma poco elegante, pero con mucho ruido.

(la dependienta que te vendió las botas y te juró que la suela era antideslizante, que se prepare el lunes, que vas a ir a por ella).

Varias personas se ofrecen a ayudar. Compones una forzada sonrisa: «No, no me he hecho daño, que resbalón mas tonto. Sí, debía de haber agua en el suelo. Gracias, gracias a todos».

Una de los que se acercan a ayudar es Joan, el Millennial, que con su pantalón granate, su camisa de estampado imposible y una americana a cuadros verdes parece un cartel pintado a brochazos en medio del local.

Ya no hay escapatoria, así que lo acompañas a la mesa.

—Hola, soy Joan. Joan Romeu—se presenta haciéndote un besamanos en toda regla.

—Maria Pilar — le dices— pero todo el mundo me llama Piluca.

Y le sonríes. Lo del besamanos te ha gustado.

—Ah, pues yo te llamaré Pili, que me gusta más —dice él.

¡Vaya ! cinco minutos hace que te conoce y ya está intentando cambiar tu status quo.

Después da la impresión de que te repasa de arriba a abajo, pero sin quitarse las gafas oscuras es difícil de saber. Te parece que hace una pequeña mueca de desagrado, pero a lo mejor son figuraciones tuyas.

—¿Qué van a tomar?—pregunta el camarero interrumpiendo y mirándote solo a ti, con una sonrisita que puede significar cualquier cosa.

—Para mi solo un café, por favor—respondes devolviéndole la sonrisa.

—Pues yo voy a pedir algo más consistente—dice Joan— He llegado del trabajo tan justo que no he tenido tiempo de comer ¿Tú no tienes hambre?

Vaya pregunta. A punto estás de contestar ¿Hambre? ¡Si tu supieras!

Pero solo dices

—No, gracias, con un café es suficiente.

—Y entonces ¿A qué dijiste que te dedicabas?—pregunta Joan, que sigue sin quitarse las gafas oscuras.

—Trabajo en un banco—le contestas, obviando un poco la verdad, porque si es cierto que trabajas en un banco, pero solo las dos horas que vas a hacer la limpieza de las oficinas.

—Pues yo trabajo en mantenimiento de transportes— te cuenta él.

Ahí ya eres presa de la confusión. Mantenimiento de transportes ¿Es un mecánico, un ferroviario, un transportista, un ingeniero naval, un experto en aviación? Mejor no saberlo.

—Sales muy bien en las fotos—le dices cambiando de tema— Además tienes los ojos azules ¿no?—le preguntas a ver si se deshace de las gafas oscuras.

—Si—responde con una sonrisa— tengo un pequeño problema de visión, por eso llevo las gafas. Pero me las quito, para que veas que no te he mentido.

Y mejor que no se las hubiera quitado. Los ojos son muy azules, es verdad. El problema es que mientras el ojo derecho te mira directamente a ti, el izquierdo está mirando pa’ Cuenca como si nada.

¡Por el amor de Dios! Ya te parece estar oyendo a Clarita con su « Piluca, hija, estas cosas solo te pasan a ti »

Vuelve el camarero con dos sandwiches y una caña para Joan y tu café viudo, sin azúcar, ni galleta. La conversación se detiene mientras Joan come. Parece que lleva a rajatabla lo de que no se habla con la boca llena. Estás acalorada, con el abrigo puesto, pero no te lo puedes quitar porque, a causa de la caída de antes, la cremallera vintage de tu pantalón se ha roto dejando a la vista tus carnes rebeldes. Hace rato que sientes deseos de marcharte, pero no quieres ser maleducada. (Aguanta un poco más, Piluca).

—El apellido Romeu ¿ de dónde es?—le preguntas cuando acaba de comer.

—Es catalán.

—Ah!— respondes un poco mosca.

Ahí es cuando te dices a ti misma: Cuidado Piluca con ir a cenar, que éste a lo mejor te hace pagar la cuenta.

Joan propone dar un paseo para bajar la merienda que se acaba de zampar. Tú dices que bueno, con poco ánimo, porque ni siquiera has notado el café que te has tomado y apenas te quedan calorías que quemar.

—Si te parece pagamos a medias— dice Joan, como si tal cosa.

La sonrisa se te queda congelada, pero reaccionas a tiempo.

(Este catalán igual se cree que le voy a pagar su merienda por la jeta), piensas.

—No, mejor pagamos cada uno lo nuestro—le dices sin perder la sonrisa.

Después de pagar salís a la calle. Joan recibe una llamada y se retira unos metros para contestar. A tí el acaloramiento que tenías se te está pasando. El cuerpo te pide algo más fuerte que un café. Un gin tonic por ejemplo. Pero le has dicho al Romeu ese que no consumes alcohol. Maldita sea. Bueno ¿Qué más da? Esta cita es un fracaso. Mejor te despides con educación y te vas.

Él vuelve con cara de circunstancias y te clava una puntilla que no esperabas.

—Lo siento, pero me tengo que marchar. Me ha surgido un imprevisto. En cualquier caso te iba a decir que no creo que quedemos de nuevo. La verdad es que eres más bajita, más mayor y más gorda de lo que se veía en las fotos. En serio, no eres mi tipo. Busco a alguien con un poco más de chispa. Alguien más joven ¿Me entiendes?

Por un momento te quedas en shock. ¿Ha dicho gorda y vieja y sin chispa? El Romeu éste aún no se ha dado cuenta de quién es Piluca. Ya estás tardando en darle el golpe de gracia.

—Yo te iba a decir lo mismo, hijo mío, que de Romeu solo tienes el apellido. No me gustan los hombres poco elegantes, poco generosos, con un peluquín tan feo y con tan poca visión de la vida. Y esto último te lo digo por el ojo ese que se te escapa cada vez que parpadeas. A ver si lo controlas.

Y después te das la vuelta, más tiesa que un palo de escoba.

Se te ha ocurrido que ya no hay excusa para no entrar de nuevo a la cafetería y tomarte un tentempié con una caña. Te acuerdas de que el camarero majeton que tanto te sonreía no llevaba alianza. A lo mejor la tarde no está del todo perdida y puedes hacer un dos por uno después del hola y adiós del Romeu.

Así que te imaginas que entras de nuevo y esta vez la cita te sale bien.

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