Los últimos rayos dorados atravesaban los ventanales del aula de castigo, proyectando sombras alargadas que parecían vigilar a René. Sonó el timbre como un pistoletazo de salida y ella sabía que si no se daba prisa el camino a casa, apenas alumbrado, se tornaría tenebroso al anochecer. Al salir del centro ya lucía el cielo añil. En ese momento se debatía entre la prisa por llegar a casa y el miedo a la bronca segura por hacerlo tarde y tener que explicar lo sucedido. Las calles estaban vacías, y el eco de sus pasos le hacían sentir como si la siguiese algo invisible. Mientras inventaba excusas para sus padres, su paso disminuyó, casi inconscientemente, hasta que un sonido rompió la quietud: un gruñido bajo y amenazante.
Al girarse, vio unas sombras negruzcas moviéndose en la penumbra. Los gruñidos se transformaron en ladridos furibundos, y una jauría de enormes perros empezó a perseguirla. Notó el corazón amartillando su pecho, corrió casi volando sin apenas rozar el suelo y sintió una extraña euforia por escapar, fruto de la adrenalina. Percibía claramente como la jauría ganaba terreno, cada vez más furibundos los ladridos . Sabía que en breve le darían alcance, cuando vio perfilada contra el oscuro horizonte la silueta de la “casa encantada”, en la que tantas veces había jugado con la pandilla del barrio. Avanzó hasta ella y se impulsó en el primer escalón de la ruinosa rampa que tenía delante. El instinto la llevó en volandas por los ladrillos machacados y a trompicones llegó al final de la escalera. Una puerta desvencijada se abrió ante ella como una boca oscura, y se adentró en el edificio luego de atisbar por el rabillo del ojo que los perros subían contumaces la escalera. En la penumbra tropezó con estruendo contra una pared y, guiándose por ella, llegó a un pasillo. Los ladridos resonaban detrás, llenando el lugar de ecos siniestros. Otro hueco le permitió adentrarse aún más y de nuevo chocó al fondo y palpó en busca de una salida. Los perros seguían ladrando y sus furiosos ojos encendidos flotaban en la oscuridad cuando llegaron hasta ella. No tenía escapatoria en aquel habitáculo. Agarró del suelo unos cascotes de cemento para defenderse y caminando hacia atrás se disponía a arrojárselos hasta que, de repente, el suelo de la desvencijada obra bajo sus pies cedió. Sintió el vértigo de la caída y, mientras descendía, vio los ojos encendidos de los perros asomándose al borde del agujero, pero todo se desvaneció en unos instantes.
Un frío intenso la envolvía, como si hubiera caído en un lago helado. En la oscuridad aparecieron dos figuras nacaradas acercándose, sus rostros eran indistinguibles, solo una luz brillante emanaba de sus formas. Las dos extendieron los brazos y sintió como la atravesaban con sus manos, directas al corazón. Petrificada, notó como lo rozaban y otra sensación aún más gélida recorrió todo su ser. Sentía unas manos presionando en su pecho, una y otra vez, con una fuerza que le sacudía hasta los huesos. Las voces que la rodeaban eran lejanas y distorsionadas, como si provinieran de otro mundo. A través de sus párpados entrecerrados, percibía una luz que pulsaba al ritmo de los latidos de su corazón y todo su cuerpo pareció rendirse a esa sensación. Era como si estuviera siendo atravesada por rayos luminosos que la transportaban a un lugar desconocido.
Se despertó en el hospital. Habían pasado 42 horas desde la caída, 14 desde que la habían encontrado tirada en aquella obra abandonada a pocos minutos de su casa. Había perdido mucha sangre pero consiguieron milagrosamente reanimarla. Tenía el brazo izquierdo escayolado y la cabeza vendada.
La doctora Sandra se sentó con cuidado en la cama de René, dejando que el colchón se hundiera apenas bajo su peso. La habitación tenía ese olor a hospital que uno deja de notar con el tiempo, pero algo en el silencio que envolvía a la niña parecía amortiguarlo todo. Se fijó entonces en el pequeño dibujo pegado a la pared, torcido por el tiempo y por la cinta adhesiva que ya no pegaba del todo. Era el mismo que René le había regalado meses atrás, durante una de sus primeras estancias por aquella fiebre prolongada que nadie sabía cómo nombrar.
Lo había guardado un tiempo en su despacho, junto a papeles médicos y post-its olvidados, sin saber muy bien por qué. Pero con los días, en medio de una guardia o al cerrar la carpeta de un informe, volvía a quedarse mirando ese laberinto de líneas que no llevaban a ningún centro y de colores que parecían salirse del papel. Aquello la inquietaba y la fascinaba al mismo tiempo.
«Recuerdo cuando me diste este dibujo», murmuró ahora en voz baja, tocando el borde del papel con la yema de los dedos, como si acariciara una puerta a otra realidad. “Me pareció muy especial.”
«Es un mapa de mi mundo», le había dicho René entonces, con esa mezcla de timidez y firmeza que solo tienen los niños cuando están completamente seguros de lo que sienten. «Los colores son los sonidos y las formas son las ideas.»
En aquel momento, Sandra no supo qué contestar. Fingió entenderlo, incluso sonrió, pero por dentro se sintió torpe, como si la niña hablara un idioma que ella no conocía.
Ahora, meses después, esa frase cobraba un peso distinto.
—¿Y cuál es este color? —preguntó, señalando un azul profundo que ocupaba el centro del dibujo como un pequeño remanso entre el caos de trazos.
René ladeó la cabeza, como si escuchara una melodía inaudible para los demás.
—Es el color de la tranquilidad —dijo simplemente—. Cuando lo veo, me siento en paz.
Sandra sintió un nudo en la garganta, pero no era tristeza. Era otra cosa, una forma de reconocimiento. De pronto, recordó algo que no pensaba desde su infancia: la manera en que su hermana mayor le tocaba la frente cuando tenía fiebre, y le decía que imaginara un lago muy azul donde podía flotar sin hundirse. Ese recuerdo —que creía olvidado— volvió con una nitidez imposible. El mismo azul. La misma quietud.
Se dio cuenta de que René no solo representaba el mundo que ella percibía; lo transformaba. Le ofrecía una traducción secreta entre el caos de lo sensorial y la calma de lo esencial. Y en ese gesto —en esa sinestesia suya que le permitía nombrar lo invisible— le estaba enseñando algo que los años de medicina nunca le habían revelado: que algunas personas no solo sienten de otra manera, sino que ven de otra manera el mundo.
Sandra dejó que el silencio durara un poco más. No era incómodo. Era azul.
—Hola, René —la voz de la doctora Sandra era suave y reconfortante en medio del zumbido y pitidos de las máquinas que la rodeaban—. ¿Recuerdas qué pasó?
René trató de responder, pero su mente era un torbellino. Fragmentos de recuerdos aparecieron y se desvanecieron.
—No… ¿Dónde están mis padres?
—Están al otro lado del cristal, no puede entrar nadie más todavía pero te están viendo.
—¡Hola! —gritó alzando el brazo sano con la vía conectada—. ¿Puede quitarme la venda de los ojos para que los vea?
La doctora guardó un largo silencio antes de responder.
—René, no tienes ninguna venda en los ojos, ábrelos.
Los abrió, pero no vio nada, total oscuridad. Cuando se lo dijo, Sandra sintió una punzada de amargura en el corazón, las pruebas preliminares indicaban una contusión en el lóbulo occipital y ahora se confirmaban sus peores presagios. La doctora le acarició el brazo con ternura y la calmó antes de salir para hablar con sus padres para darles la terrible noticia de una ceguera probablemente irreversible. Al escucharlo se desplomaron devastados y abrazados como pálidas marionetas sin sus cuerdas.
Al cabo de un tiempo en casa asumiendo su condición de ciega, René repasó mentalmente lo sucedido antes de la caída:
Aquel niño malcriado se estaba ensañando con ella a base de latigazos con una mano loca (uno de tantos juguetes diabólicos nacidos en los años 80), pero no fue el brazo enrojecido, que recibía todos los impactos, lo que prendió su indignación, si no el gesto del agresor, su psicopática sonrisa y mirada gozosa ante el dolor ajeno, sabiéndose inmune en aquel rincón alejado de la vista de los profesores. Cuando volvió a lanzar el ataque, René le arrebató el arma al vuelo. Ante el rostro estupefacto del abusón la estiró más allá de su límite, partiéndola en dos; él, pasmado, sólo pudo balbucear “hija de puta”. Segundo error. Ella le asestó una patada en los huevos y él cayó encogido como un ovillo, con las manos en la entrepierna, y acto seguido rompió a llorar, ante la sorpresa de todos. Tal revuelo se montó que entonces sí acudieron los profesores, los retiraron del patio y llevaron al despacho del director, que tomó la decisión salomónica del castigo para ambos.
Durante los primeros días en casa, los padres de René se desplazaban como sombras por la vivienda. El padre parecía haber encogido: su andar se volvió medido, casi temeroso, como si cada crujido de la madera pudiera romper algo aún más frágil. La madre se refugiaba en rutinas, limpiando sin pausa, encendiendo y apagando lámparas, dejando la radio baja todo el día, como si el ruido pudiese llenar el hueco que había quedado.
Una tarde, René, sentada junto a la ventana con las manos sobre el regazo, escuchó sus voces en la cocina. No discutían; hablaban como quien intenta sostener una taza rota sin cortarse.
—No sé cómo ayudarla —susurró la madre—. Le digo que no pasa nada, pero claro que pasa.
—Lo sé. Pero no podemos tratarla como si fuera de cristal —dijo él con voz contenida—. Tiene que encontrar sus propios pasos. Nosotros… solo tenemos que estar cerca.
Esa noche, al sentarse los tres a cenar, la madre tomó la mano de René con delicadeza y la guió hasta el plato.
—He hecho lentejas —dijo, haciendo un esfuerzo por sonar natural—. Les puse comino, como te gusta.
René olfateó el vapor que subía de la cuchara y asintió.
—Huele… como cuando era otoño y dejabas la ventana abierta.
Un leve silencio. Luego, su padre, con voz grave pero sin temor, habló por fin directamente:
—Podríamos envolver los pomos de cada puerta con cintas de texturas diferentes. Una áspera para la cocina, otra suave para tu cuarto. Para que sepas dónde estás con solo tocarlas.
La madre intervino enseguida:
—Y etiquetar los tarros de la despensa con botones cosidos o nudos distintos. ¿Te parece?
René sonrió por primera vez en días. No por las soluciones, sino por el esfuerzo. Porque habían dejado de temerle a su ceguera y empezaban a nombrarla, a darle forma juntos.
Desde entonces, no apagaban la luz por inercia, aunque ella no la viera. La radio seguía sonando, y cuando caminaban por la casa, lo hacían hablando en voz alta: “Voy al pasillo”, “El gato está en el sofá”, “Hace olor a tierra mojada”.
No habían perdido a su hija. Estaban aprendiendo, los tres, a mirar desde otro sitio.
—¡La mano loca! Puedo ver su color, esta mesilla es del mismo color; un momento ¡puedo ver la mesilla! Es chispeante y pincha, suena como un pizzicato, huele a rosas y sabe a fresa. ¿Rojo? ¡Sí! —Giró la cabeza y vio un marco rojizo. ¿Un cuadro? No, la ventana, pero no conseguía ver nada del otro lado. Entonces se le ocurrió que quizás el milagro del rojo se repetiría si volvía a conectar sus sensaciones con sus emociones. Con la esperanza de que brillase un cielo azul, pensó en calma, olor a mar, el número seis, brisa, terciopelo… ¡Allí estaba el cielo con el azul más intenso que había visto nunca! Pletórica, se levantó de la cama y miró por la ventana. —¡Tú eres verde, hierba! —ordenó, y comenzó a brotar toda la vegetación, sonando como fuegos artificiales, esta vez con sabor a guisantes y el roce de unas algas en sus pies. El blanco fue una avalancha de luz, ultrasonido que ahora podía escuchar resbaladizo en las nubes; trompeteó el sol amarillo con sus cálidos y melosos rayos, e iluminó en el horizonte las montañas violáceas oliendo a jazmín, suaves y dulces como una melodía de Debussy.
Más allá el tiempo mismo pudo observar, un orbe colosal con radios de colores que jamás había visto, y supo entonces que cualquier cosa que imaginase sería posible.
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