Como colombianos, lo más común es, sin duda, que nos identifiquemos con nuestra sangre indígena mucho más que con la española. Inclusive, no es poco usual que afirmemos, indignados, que los españoles nos masacraron, ¡y se robaron nuestro oro!
Sin embargo, la realidad es que somos mucho más españoles que indígenas, por lo menos la gran mayoría de nosotros, así nos cueste aceptarlo. No solo nuestros nombres y apellidos vienen de Europa, sino que también nuestra cultura misma. Adoramos al mismo dios, nos rigen los mismos sistemas económicos y políticos, habitamos el mismo espacio filosófico e intelectual, aceptamos la misma moral y compartimos las mismas modas y pasatiempos.
Entonces, ¿por qué nos consideramos, con orgullo, más indiecitos que europeos? Creo que esto algo tiene que ver con la envidia y el resentimiento. Nos acompaña un complejo de inferioridad colectivo, podría decirse. Es mi opinión que miramos al viejo mundo con recelo, pues reconocemos, así sea de manera inconsciente, que con anterioridad pertenecimos a él, y nos causa malestar aceptar que nuestros destinos, alguna vez intrínsecamente alineados, hayan divergido de forma tan drástica.
Allí radica gran parte de nuestro orgullo indígena: en nuestra diferenciación necesaria con el viejo mundo, el cual, a fin de cuentas, nos desechó. Y aunque considero que esto en sí mismo no representa un problema, y hasta podría aceptar que estar orgullosos de nuestro pasado americano es un sentimiento noble y valioso, sí resulta contraproducente la manera como lo expresamos. Excusamos nuestros espíritus folclóricos, aventajados y violentos en nuestro pasado salvaje, y lo llamamos con una mezcla de orgullo y picardía, descaradamente, “malicia indígena”.
Además, gracias a los medios, y al inútil cuando no dañino sistema educativo, muchos de nosotros crecimos con la imagen del “buen salvaje” grabada en nuestras mentes. Sí, somos diferentes a los españoles (y claro que lo somos), pues nuestra sangre es casi exclusivamente indígena y, en lo que realmente importa, somos clara y exponencialmente superiores. Esto es lo que nos enseñaron, y lo que ahora nos repetimos a nosotros mismos. Que nuestros antepasados americanos fueron pueblos más sencillos y menos avanzados en términos tecnológicos, y hasta depronto menos proclives a las buenas maneras, pero que tenían una relación pacífica y armoniosa con la tierra que habitaban y las gentes que los rodeaban, y encontramos en esta supuesta realidad un gran motivo de orgullo, y la justificación perfecta para nuestros rasgos menos favorables. Somos un pueblo de buen corazón, que sencillamente batalla un poco con el correcto actuar, así como lo hicieron nuestros antecesores.
Desafortunadamente esto no es más que un cuento de hadas. La verdad es que los pueblos indígenas se peleaban entre ellos con tanta vehemencia y brutalidad como cualquier otro. Que esclavizaban a sus prisioneros de guerra, y regían sus imperios con terrible totalitarismo y crueldad, y que la única razón por la que fueron derrotados por los españoles es porque fueron drásticamente superados militarmente.
El punto es que es más fácil para nosotros, como sociedad, culpar a nuestros ancestros primermundistas y su legado de muchos de los problemas que nos acompañan hasta hoy si nos desligamos de ellos, pues fueron ellos quienes nos forzaron a hacer parte de un mundo que desconocíamos, y nuestra sangre salvaje se resiste a ser domada. Podemos refugiarnos tras los muros del racismo y el trauma generacional. Decir que estamos como estamos porque ¡cuánto nos duele aún el exterminio y la opresión de nuestros simpáticos y nobles antepasados de piel oscura y largas cabelleras! Vemos por un lado a un pueblo inocente y bueno, y por el otro a uno violento y opresor, y puesto que tenemos un poco de ambos, nos identificamos con el primero y culpamos al segundo. Comprensible, por supuesto, y extremadamente cómodo, ya que, como recompensa del sufrimiento que pretendemos cargar en nuestros interiores, pensamos que se nos debe, por lo menos, la cortesía de permitirnos actuar como nos venga en gana.
Claro que es cierto que sí corre sangre indígena por nuestras venas. Y no poca, en absoluto. A diferencia de la colonia en norteamerica y algunos otros territorios de centro y suramerica, en Colombia los conquistadores no masacraron por completo a, ni se aislaron definitivamente de, los pueblos nativos, sino que en gran medida se mezclaron con ellos -he ahí, quizás, el por qué de nuestra terrible arrechera-. Y sí pienso, sin ninguna duda, que debemos reconocer esta realidad y nunca negar nuestro adn americano, pero tampoco debemos jamás excusarnos en él.
Lo cierto es que decidimos aceptar como nación las maneras de occidente, y a mi parecer, y el de la inmensa mayoría de colombianos (lo acepten o no), esta fue la decisión correcta. No creo que sean muchos los recelosos de la conquista que quisieran vivir en chozas, andar semidesnudos, cazar su comida y mutilar a sus hijas -aunque a lo mejor estoy siendo muy optimista-. Por esto es necesario que desechemos los torpes y falsos ideales y el subjetivismo moral. Debemos aceptar, si queremos algún día salir de este hueco de violencia y corrupción perpetuas en el que nos encontramos, que nuestros antepasados de taparrabo no eran ningunas peritas en dulce. Tampoco eran demonios despiadados, por supuesto, pero sí eran salvajes y desconocían la moral que ahora hemos aceptado como verdadera. Nosotros, en cambio, adoptamos voluntariamente aquella realidad ética, por las razones que fuera, y es nuestra obligación hacernos responsables por nuestro propio actuar, si realmente queremos ser considerados un pueblo civilizado.
Nuestra sangre mixta no debe ser motivo de vergüenza, pues no somos menos que ningún otro pueblo a causa de ella -aunque sin duda podemos serlo por otras razones-, pero tampoco debemos utilizarla como defensa para nada. Ya ha pasado mucho tiempo como para que aún nos sirva de excusa para nuestro mal actuar, pues indudablemente alguna vez sí lo hizo, y hasta de pronto de forma justificada. Quizás algún tatara abuelo pudo haber jugado la carta de la “malicia indígena” para justificar sus infidelidades y negocios turbios a su mujer y salirse con la suya, pero ahora, lamento decirlo, solo existe la malicia. Y que el malicioso sea morenito en vez de blanco no lo hace menos malo, pues si fuera así, sin duda lo mejor para nosotros sería que Trump siguiera con su campaña imperialista en Colombia, y aunque no me opongo por completo a ello, aún creo que morenito y pelinegro puede llegar a ser igual que anaranjado y mono. Para bien y para mal.
De todas formas, reconozco que mi esperanza es endeble, y mi ociosidad es tan española como mi envidia es indigena, pero nunca reduciría mi existencia a eso, a menos que me ganen los impulsos y la termine cagando, claro está. En dado caso: uga uga uga, y ¡olé!, compatriotas.
– M
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