Lo robado como quien no quiere la cosa

Lo robado como quien no quiere la cosa

Sergio Solis

26/01/2026

Donde vivo, hubo un tiempo en que la calle era un territorio seguro de aventuras donde se desplegaban las epopeyas mínimas de la infancia: una pelota que rebotaba contra las paredes, las bicicletas que parecían caballos de hierro indomables, las risas que se mezclaban con el polvo de la tierra en verano y agua de las bombuchas en los carnavales, pero hoy, ese escenario se ha vuelto inhóspito.

Nos han robado mucho, incluso las estrellas. No porque hayan desaparecido, sino porque la luz artificial las ha desterrado de nuestra mirada. El cielo nocturno, que alguna vez fue un mapa de constelaciones y promesas, ahora es apenas un telón grisáceo reflejo de las luces led que nos ha privado de la posibilidad de levantar la vista y sentir que somos parte de un universo infinito, de sentirnos mínimos, casi nulos, por no decir «nada».

Y las luciérnagas, también nos robaron las luciérnagas… esas pequeñas lámparas vivientes que encendían la noche de a segundos, iluminaban y se apagaban, iluminaban y se apagaban y yo iba atrás siguiéndolas para juntarlas en un frasco como si tuviera en mis manos un farol. Los agroquímicos han borrado su fulgor, por no decir que por estos lados las extinguieron, y con ellas se perdió una parte de nuestra capacidad de asombro, algo que las nuevas generaciones ya no vivirán y ni siquiera podrían imaginarse.

Lo robado de forma paulatina no es sólo el tiempo, ni los juegos, ni las estrellas, ni las luciérnagas. Es la inocencia de creer que el mundo estaba hecho para ser descubierto sin miedo. Es la certeza de que la belleza estaba al alcance de la mano, en lo cotidiano, en lo simple. Nos han arrebatado esas pequeñas eternidades, y lo han hecho sin estruendo, con la discreción de lo irreversible.

Quizás algún día podamos recuperar algo de lo perdido. Tal vez en un gesto, en una memoria compartida, en la obstinación de seguir buscando lo que nos fue quitado. Porque aunque nos roben de forma paulatina, siempre queda la resistencia de la nostalgia, esa rebelión silenciosa que insiste en recordar lo que alguna vez nos hizo humanos.

Mientras tanto sigo mirando el cielo noche a noche, notando como la luz de las estrellas más grandes es cada vez más débil y ya habiéndo olvidado tantas otras que ahí están pero no puedo ver, pidiendo un gran apagón que nunca llega y a la vez sabiendo que alejándome bastante de la ciudad ellas estarán ahí para mí, que en este universo no soy nada.

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