Ya va a terminar junio y evité volver a escribirte. Me rompí de nuevo en más de dos ocasiones, pero me aferré a la indiferencia que me has mostrado: al hecho de que el día de mi cumpleaños no esperara una felicitación de tu parte, a que me hayas soltado tan fácil y a que, simplemente, no sientas el dolor de mi ausencia.
Me aferré también a saber que no cumplirás las promesas que me hiciste antes de irte; esas que me calmaron por un momento, porque yo no quería que te fueras por completo.
Sin embargo, no todos amamos igual. Es cierto que las promesas se van con el viento; las palabras se pierden, se alejan y todo vuelve a ser como antes.
A pesar de todo, ya no soy la misma. Volví a preocuparme por mi salud, a cuidar de mí, a recuperar mis rizos que tanto había descuidado, a correr por las mañanas y a ser feliz con el simple hecho de sentir la brisa en mis hombros y los rayos del sol en mi cara.
Sigo siendo yo, tal vez más triste y con el corazón totalmente destrozado, pero aquí sigo. No volveré a presentarme en tu vida; lamento si intenté que al menos pudiera contarte mi día o explicarte lo que me pasó en mi trabajo un día cualquiera.
Ya no me escucharás quejarme de mi vida ni de mis problemas en casa, ni volverás a sentir mi amor a cada segundo. Tal vez tampoco cumpliré la promesa de que nos sepulten juntos, porque ya no hay espacio para mí en tu vida.
Y al fin entendí que todo debió ser así. Lo que aprendí de ti me seguirá acompañando, pero ahora solo esbozaré una sonrisa y seguiré adelante sin voltear atrás, celebrando que pasó, pero sabiendo que te quedarás atrapado en esos momentos.
Seguiré enfocada en crecer y en amar. No de la misma forma en que te amé, porque eso no volverá a pasar, pero sí a quienes siguen en mi vida después de todo, de los años, de los buenos y malos momentos, y que, aun así, deciden estar.
Con amor, Liz.
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