Ya cansado de pensar en las mismas cosas, de las noches solitarias en el balcón, fui a comer arepa de chócolo en Belén parque, un barrio de clase media de Medellín, donde crecimos todos los hijos de trabajadores, vendedores, obreros y, en el mejor de los casos, profesores de colegio. Ahí, en ese parque, vendían las mejores arepas de chócolo con quesito de la ciudad, o al menos eso decían los vendedores de turno. Ahí estaba yo con Leyla y su hijo.
Antes de ese día, muchos años antes, la había invitado a salir, pero era muy, muy joven, menor de edad, y no era el momento de tratar nada. Era cuestión de esperar unos años; aunque no lo pensé, hoy lo sé, pero nada de eso pasó. Adicionalmente, la veía tan hermosa y con ese porte de señorita divina, que no tuve el valor de acercarme, pues en ese momento la combinación de taras mentales y diferencia de edad pudo más y me alejé. Al tiempo supe que estaba embarazada y pensé que ya nunca podría estar cerca de ella. Luego de 10 años ya, nos encontrábamos en las arepas famosas de Belén. Estaba más hermosa aún, ya sola, con la hermosa sencillez y sonrisa angelical de siempre. Yo andaba solo y muy decepcionado de la vida amorosa en ese tiempo, pero de nuevo no me atrevía a hablarle o invitarle a nada. En ese momento le hice una pregunta un poco vacía que cambió el rumbo de nuestras vidas hasta ahora, preguntándole si tenía una amiga así de bonita como ella para presentarme, y ella me dijo sin dudar que ella.
Como siempre, nada pasó, nada dije. El temor de siempre cuando se trataba de ella me ganó y nos fuimos cada uno para su casa. Unos días después era sábado y seguía yo en el balcón de mi nuevo apartaestudio de soltero maduro, revisando el celular y contactos a ver qué salía esa noche. En ese momento vi el nombre de Leyla y con temor le escribí si quería tomar algo, y me respondió ahí mismo que sí, que la recogiera y ya. En este momento yo andaba en la moto soñada y nos fuimos a Las Juanas, un bar de salsa en Laureles que ya no existe hoy. Conversamos, bailamos y yo estaba matado con esa mamasota, que, aunque la conocía hace mucho tiempo, era muy distante, desconocida y lejana aún. Al final de la velada me dijo que si la llevaba a Bello, un barrio de clase media también, pero muy lejano de ese sitio. Lloviendo y a las 12 de la noche la dejé allá y ni un pico le di.
Luego de ese día, contaba los días para invitarla de nuevo. A veces mi soledad y la reciente situación me invadían, y con mis amigos refugiaba mis temores e indecisión; fueron ellos quienes me invitaron a arriesgarme así fuera con la mamacita de Leyla. Pues no fue más y la invité de nuevo a salir. Ella aceptó al momento y fuimos cerca al parque Lleras, ya la zona rosa del momento de la ciudad, a un segundo piso de un bar de rock. Luego de unas cervezas y buena conversación, recordé todas las invitaciones de mis amigos a tomar el riesgo con la hermosa Leyla. Aplicando la estrategia del beso en la mejilla, traté de voltear la cara para el anhelado beso. Me quedé congelado cuando ella volteó lentamente su cara para no parecer grosera; mis palabras se secaron y mi mente se cerró. Luego de un espacio incómodo y raro, hablé de otro tema y, luego de un corto tiempo, la llevé a la casa. De nuevo, como hace 10 años cuando quedó en embarazo, me dije a mí mismo que ya parara, que esa mujer no iba a estar en mi camino. Pasaron unos días y mi ánimo amoroso se fue.
Con la ayuda de la soledad, aburrido de la melancolía de los eventos pasados y un amigo que me empujó a hacerlo, invité de nuevo a Leyla a salir. Otra vez fue un sí inmediato y nos fuimos a la 9 a un bar muy agradable y con música en vivo. Ahí dije: «vamos con toda y le metemos las lucas en este bar tan caro». Ya luego de un rato, bailando, conversando y tomando margaritas, me dije a mí mismo: «pues bueno, es el momento», y me felicité por la constancia. Ya sí era directo el ataque, esa estrategia de la mejilla había fallado rotundamente. Ella fue al baño, la idea era que llegaba y yo atacaba, beso directo. Era el momento, pues si pedíamos otra cara margarita, la cuenta ya no iba a ser viable. En ese momento llegó con la cara verde o más blanca que de costumbre; ella nunca ha tomado y ese día dos margaritas fueron fatales. Se paró de nuevo al baño a vomitar por segunda vez. Ya mi ataque, entre vómito y maluquera, quedó cancelado. La llevé a la casa y ese fue otro día más sin saber qué quería Leyla realmente.
Un mes después, ya con la osadía al máximo, la invité a mi apartamento y ella aceptó. Se me congeló todo y preparé el mejor de los ambientes y un vino Frontera chileno. Luego de un vino ella y 4 vinos yo, por fin le di ese beso anhelado por más de 10 años y todos los obstáculos mentales y reales. Un beso que iba a marcar muchos años juntos. Esa es de las noches que recuerdo haber dormido mejor en toda mi vida, y no fue con Leyla aún, pero era el beso más esperado de mi vida en un momento de transición. Eso que estaba iniciando no parecía tener mucho futuro para las personas que nos rodeaban; los dos finalizando relaciones tormentosas de esas que lo único que hacen es dañar la vida y destruir lo construido. Leyla con un hijo y yo con mil pensamientos de la vida y de las metas futuras. Sin nada aún ninguno de los dos, todo por construir y soñar, además de 10 años de diferencia, que tenían retos intergeneracionales pendientes al momento y especialmente en el futuro.
Ahí inició la relación con el amor de mi vida. En el apartamento pequeño del edificio Santo Tomás en Belén, empezamos a pasar fines de semana, algunos de ellos se iba con su hijo como para que yo fuera dimensionando qué era eso… Cada vez que la conocía más me sentía más admirado; hoy, luego de 20 años, me siento mucho más enamorado. Me acuesto diariamente tomando su mano y a pesar de los problemas y retos del día a día, seguimos juntos apoyándonos en todo y compartiendo de manera muy tranquila las cosas sencillas de la vida………… love Leyla forever.
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