Solo, abandonado en el sótano de un manicomio, se encuentra él, con sus ojos abiertos de par en par sin siquiera pensar en pestañear. De repente, en medio del silencio, una chispa de oscuridad ante sus ojos resplandece, él no se da cuenta, él no lo sabe aún, él no puede saberlo.

“¿Cuántas veces lo hizo hoy?” Escucha las voces resonando en su cabeza, lejanas, como un eco, pero claras “¿Cuántas veces lo intentó?” No puede aguantar más, no lo puede soportar, no sabe qué hacer.

Piensa, piensa, piensa, piensa. Oscuridad, es lo único que ve. Gritos, es lo único que escucha. Miedo, es lo único que siente.

Comienza a reír, no sabe porque, pero simplemente ríe a carcajadas en esa cegadora oscuridad, ríe como nunca antes había reído en su vida.

“No puedes decirme que hacer” dice él entre risas con un peculiar tono sarcástico. Sintiendo como la sangre se le sube a la cabeza, y sus ojos, a punto de estallar, comienzan a desahogarse.

La adrenalina invade sus venas, como una inundación necesaria. Una sensación, única, inexplicable e inigualable.

Algo se movió, a su derecha, algo corrió dejando su sombra detrás, hay algo en esa oscuridad, alguien.

“¿QUE QUIERES?” grita con toda la fuerza que sus pulmones tienen, desgarrando su garganta, tratando de perturbar aquella oscuridad, no puede seguir haciendo esto. “No puedes llevarme. NO PUEDES LLEVARME” Las lágrimas corren desenfrenadas por sus mejillas, su respiración es acelerada por el miedo de su propia existencia. “Por favor no me lleves” suplica en un tono casi inaudible, lleno de una desesperación inexplicable.

Comienza a rezar, pero solo se dio cuenta, “Dios no es tan estúpido como para bajar aquí a salvarme”.

El bote de una pelota quiebra como a un débil cristal ese silencio, los ojos del hombre se abren de par en par, sus manos vuelan a su boca tratando de callar cualquier sonido que se decida a escapar sin razón alguna. Silencio… aquel hombre ve algo. Siente una respiración que choca contra su mejilla, siente ese tipo de terror que te deja paralizado, que incluso tu corazón se detiene al miedo de emitir algún sonido.

Una brisa congelada llega a su mejilla derecha haciendo que un desagradable escalofrió recorra su espalda, suba por su cuello y termine en su nuca, clavando en él, el final de su destino.

Cierra los ojos con tanta fuerza que los parpados duelen. Rápidamente se arrastra lejos de ese lugar con el corazón en la boca, esa cosa lo sigue, esa cosa lo va a matar, ese alguien lo hará. Siente desesperación, chocha con una pared y se apega a ella como si nada importara, como si su piel pudiera fundirse con ella.

Tapa sus oídos con fuerza, pero esos susurros siguen entrando. Comienza a golpear su cabeza contra sus puños con fuerza, tal vez así funcione, tal vez así lo dejen, tal vez, solo tal vez, así se detengan.

“Te quedaras solo, nadie vendrá a usarte, nadie te puede sacar de aquí, te quemaremos vivo” decretan las voces. “Paren, haré lo que sea pero por favor deténganse” suplica el hombre desesperado tratando de encontrar una manera de salir de esto. “Mátalo, mátalo ahora” susurran repetidamente. “No… no puedo… no puedo matarlos” dice arrastrando las palabras y negando rápidamente con la cabeza “No puedo” sus palabras suenan trabadas y arrastradas pero sigue hablando de todas maneras, no puede rendirse, no cuando ha llegado tan lejos.

Se pone en posición fetal en el suelo y deja las lágrimas caer, ya no importan, ya no valen la pena. “¿Cómo iba a matarlo?” se preguntaba a sí mismo negándose a hacerlo.

”No puedo matarlo” repetía una y otra vez en medio de una locura. Le costaba respirar y su garganta se cerraría en cualquier momento. Sentía como el destino se arrastraba por su garganta.

Se sienta rápidamente en el suelo y comienza a reír de nuevo sujetando su estómago. “Voy a matarlos” dice con el mismo tono de antes pero esta vez lleno de felicidad y diversión, como un niño jugando solo.

“Lo siento, voy a matarte” susurra con pena “No quería, pero es la única manera, no hay otra opción”.

“No puedes matarme” asustado se pone de pie y se pega a la pared. Rasgándola con las uñas con todas sus fuerzas “NO PUEDES MATARME” siente como su garganta se desgarra tras cada palabra gritada al vacío, “Pero no hay opción”. “NO QUIERO MORIR” grita. “Pero no hay opción” repite como la primera vez que lo dijo.

Camina lentamente hacia la pared. Él lo sabe. Él no puede hacer nada al respecto. Él ya no tira de aquella cuerda. Se detiene a unos pasos de ella y en silencio se dice a sí mismo “Lo siento. Tenía que ser”. Un golpe, dos, tres golpes da su cabeza contra la pared. Cada vez más fuertes. Cada vez más rápidos. Ignora el dolor, él tiene que morir, solo así se detendrán. Siente como su cabeza comienza a deformarse a medida que pasa el tiempo y la fuerza de los golpes se incrementan. Siente como la sangre sale de su cabeza implorando por ayuda. Siente como las voces caen junto a la sangre. Siente, por primera vez, siente.

Cayo al suelo, ya inconsciente, las voces desaparecieron, pero ahora se desangraba en el suelo, solo y sin nadie quien le ayudara.

Un fuerte grito retumba en su cabeza, un grito que nunca había escuchado, un grito que casi lo dejo sordo. Y ahí están de nuevo, las voces, ahora más ruidosas volvieron. “Teníamos un trato” dice con la voz alzada. “LO JURASTE”. “Nunca aprendes” dijo en tono cínico. “No sabía qué hacer”. “Por favor mátenme” decía suplicándole a la oscuridad. “Mátenme” decía suplicándole al silencio.

Sus ojos, descansando en un punto muerto de la oscuridad, secos de lágrimas, se encontraban escasos de vida, escasos de esperanza, escasos de luz, escasos de él. Ya no había nada por que vivir, nada porque correr, nada porque sentir desesperación, nada porque sentirse plenamente humano.

Una última lagrima, un último grito de agonía, cayó por su mejilla. Cada grito, cada dolor, cada sentimiento, cada “te amo” cayó junto a ella. El último pensamiento que floto en aquella mente, entre aquellas voces diabólicas llenas de resentimientos fueron unos ojos, una mirada, aquella mirada que algún día él amo. Esos ojos pasaron bailando, danzando entre el infierno.

Él nunca paro de sufrir. Porque para parar de sufrir hay que parar de sentir. Y si paras de sentir, ya no hay nada, nada, que puedas hacer.

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