Decía mi abuela “Las valijas van y vienen.” La frase podría leerse en un cartel de andén, en un manual de lo cotidiano; sin embargo, es también la fórmula de nuestro destino. No hay símbolo más preciso para el tiempo que esa piel curtida que pasa de mano en mano, de andén en andén, que se confunde y se reconoce, que se pierde y regresa, siempre la misma y siempre otra.
He visto desfilar valijas en las estaciones de viajes, junto al polvo y al ruido que no cesa; he visto las que duermen en corredores de casas viejas, las que esperan en puertos donde el río se confunde con el cielo. Ninguna pertenece del todo a quien la lleva. El hombre cree elegir su rumbo; la valija, más sabia, obedece a un orden que ignoramos. Cambia de dueño como cambia de nombre el viajero que la transporta; sobrevive a las prendas que guarda, a las cartas que no se enviaron, a los rostros que el olvido va borrando. Es el espejo móvil de nuestra condición: todos partimos, todos volveremos —aunque sea a otro lugar, bajo otro sol— y nada nos queda salvo el gesto de cargar y soltar.
Son también fragmentos de un laberinto sin muros. Se cruzan en calles de cualquier calle del mudo, en andenes, en salas de espera donde el tiempo parece detenerse y no se detiene nunca. A veces dos valijas idénticas intercambian su suerte; alguien lleva lo que otro dejó, y el azar —o la mano oculta que escribe todas las historias— confunde los equipajes como confunde los versos que repetimos sin saber de quién son. Cada una encierra una biblioteca: memorias que pesan más que el plomo, objetos sin valor que se vuelven sagrados, promesas que se rompen antes de llegar al destino. Y cuando vuelven, ¿traen algo nuevo? Apenas la certeza de que el viaje no cambia el camino, solo cambia los ojos que lo miran.
No son ellas las que viajan. Somos nosotros. La valija no tiene prisa; nos acompaña con la paciencia de lo que sabe que no es el centro, sino el signo. Creemos fijar nuestra morada en una esquina, en un barrio, en una ciudad que se cree eterna; y la valija espera, en la entrada, callada, recordándonos que la estabilidad es la más amable de las ilusiones. Buenos Aires misma es, en el fondo, una suma de partidas y regresos: sus calles se cruzan como rutas de trenes que van y vuelven; sus casas guardan ecos de voces que ya no están; y nosotros, que la recorremos, llevamos siempre, en la mano o en el alma, esa valija que nunca abandonamos.
Todo pasa, todo se transmite, todo vuelve como el agua del río que es la misma y otra. Las valijas van y vienen, y en su ir y venir dibujan la única figura inmortal: el círculo. No hay partida que no sea también un retorno, ni ausencia que no se convierta en memoria. Al final, somos eso: quienes llevan, quienes entregan, quienes reciben. Y la valija, indiferente y fiel, sigue su curso, sin saber que es el emblema del tiempo, la prueba de que nadie es dueño de nada, y de que ir y volver es, en verdad, una sola cosa.
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