Esta vez logre mirar el rostro oscuro de la luna,
su sonrisa desnuda,
la arquitectura de la espera, a que decidas quien eres.
Enterraste mi cuerpo en un paraje olvidado, tan frío.
El tiempo forzo mi voluntad a escribir
sobre hojas empapadas
por el idioma silencioso de mis lágrimas.
Detesto que me amaras,
tu dócil y oportuno prototipo,
El barro donde tus dedos estrujaban mis ya muertas fantasias.
Hoy compré una hermosa piel para mi cuerpo.
Qué irónico.
Hasta la belleza conoce el tamaño de mis heridas;
me quedó demasiado pequeña.
Permanecí ciego y de cuclillas y siempre moria mi espiritu de espera grotesca.
arrodillado entre los escombros del olvido,
confundiendo las ilusiones con un hogar.
Deposité mis diamantes
en tu boca.
No fue un reproche.
Jamás supe el tipo de cambio,
Corri diecto a la luz y me entregue, pero
Entonces el espejo escupió la verdad sobre mi rostro,
y mis lágrimas, en lugar de negarla,
besaron lentamente el contorno de mi existencia,
contemple el cadáver
de mi última inocencia.
Esta vez el fantasma ya no necesita alas.
Desde esta altura puedo ver tu sepultura:
profunda, inmóvil, interminable.
Tu espíritu grita allí,
abrazado por el mismo invierno
que detuvo mi corazon,
Y quiero que lo sepas.
Esta vez la pala descansa entre mis manos.
la última palada de silencio,
todo aquello que alguna vez pronuncié con tu nombre.
Te devuelvo mi corona oxidada,
esa reliquia sobre estudiada
que confundí con un reino.
Y lamento, profundamente,
que me hayas amado.
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