Renato sirvió un vaso de caña. Eusebio lo bebió de un tirón, apoyó el vidrio en el mostrador

y señaló hacia la ventana.

—Mirá quién anda ahí… La viuda.

Renato le chistó pidiendo que se callara, mientras contenía una risa cómplice.

—Qué linda es —comentó un hombre de saco gris que estaba sentado junto a Eusebio, al

tiempo que le hacía una seña a Renato para que le sirviera a él también—. Pero es famosa,

además. Y usted no es de por acá.

—No, no, yo vine porque me contrataron para evaluar unas tierras; soy agrimensor.

Rodolfo —se presentó el recién llegado, estrechando la mano de Eusebio.

—En esta misma esquina, hace unos diez o doce años, esa muchacha, la viuda, salía para su

boda —explicó Eusebio, moviendo las manos y con tono pícaro—. Acá no era un bar antes;

era la peluquería de la hermana de la viuda. Cuando se mudaron, le vendieron el local a don

Renato y ahora es esto.

—El mejor bar del pueblo —agregó Renato, pasando un trapo rejilla por la madera.

—¿Y es viuda? —preguntó Rodolfo, intrigado.

—En realidad no; en realidad es soltera —aclaró Renato.

—Pero no dijo que salía para la boda…

—Sí, don Rodolfo. Ella se casaba con el Jorgito —retomó Eusebio—. Llevaban años de

novios, desde muy jovencitos. Hicieron un fiestón de aquellos: mataron no sé cuántos

corderos, había vino y cerveza como para regalar. Pero cuando llegó la novia, pasó que el

Jorgito nunca apareció. Se asustó, no sé qué decirle, pero no quiso dar la cara. La dejó ahí,

toda arreglada, con la fiesta armada, con todo. La hermana, el cuñado, los padres… todos se

mudaron para la capital de la vergüenza, y por unos años no supimos más de ella. Hasta que

un día apareció acá de nuevo. La madre del Jorgito la había llamado para pedirle ayuda.

—Ayuda… La que iba a ser su suegra, supongo.

—Sí. Es que la vieja sabía que la muchacha era compatible con el hijo en cosas de médicos,

que yo mucho no entiendo. El Jorgito tenía el bicho en la sangre, y con un trasplante de

tuétano la tiraba más tiempo o capaz que hasta se salvaba. Ella dijo que sí. Se arreglaron

entre ellos; no sé cómo lo convenció, si le dijo «te doy el tuétano pero me firmás esto», o

algo así, pero el Jorgito le dejó la casa, el campo y el negocio de la familia todo a nombre

de ella. Y ella… bueno, no le dio el tuétano ni nada. Le dio largas, largas, largas. Parece que

se hizo hasta amiga de los médicos, no sé bien qué artimaña metió, pero el bicho se lo

comió al gurí antes de cualquier operación. La madre del Jorgito le gritó en la cara que ella

lo había matado.

—Básicamente no lo mató ella, el tipo tenía cáncer —opinó Rodolfo mirando con seriedad

a Eusebio.

—Pero espere, que esto no termina acá. Eso fue en el velorio, ¿vio? En el velorio del gurí,

la madre se puso como loca, a los gritos, reclamándole que ella lo había prometido, que lo

había matado. Y la viuda se dio vuelta y le respondió: «Perdón, señora; él llegó tarde a la

boda y yo llegué tarde al quirófano».

—Está inventando… —dijo Rodolfo, boquiabierto.

—No, Rodolfo. Fue exactamente como dice Eusebio. Los dos estuvimos en la boda y en el

velorio —afirmó Renato con la cabeza.

En ese momento, la mujer de la que hablaban entró al bar. Miró a los lados con elegancia y

le sonrió al pulpero.

—Le voy a pedir que me prepare dos de esos licores caseros que usted hace tan buenos,

Renato. Viene mi hermana con mi cuñado de la capital y queremos pasar un rato lindo.

¿Podría tenerlos listos para mañana en la noche?

—El gusto que usted mande, doña Raquelita.

—Uno de huevo y otro de anís.

—Perfecto. Le mando a mi gurí con el pedido mañana a primera hora.

—Bien, se lo dejo pago —dijo ella, sacando un monedero de su cartera para estirar los

billetes sobre la barra.

—Buenas tardes —saludó Rodolfo, buscándole la mirada con una sonrisa galante.

—Buenas tardes —respondió ella, cortante, antes de dar media vuelta y salir del local.

Rodolfo, se levantó enseguida para seguirla con la mirada.

—Llevale los licores a lo del Jorgito… —bromeó Eusebio en voz baja.

Renato bajó la mirada y sacudió la cabeza, escondiendo una sonrisa mientras seguía

limpiando el mostrador.

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