Sé perfectamente lo que van diciendo de mí por ahí. Que si fui un cobarde, que si no tengo sangre en las venas… En fin, que según el rebaño, por no querer hincarle el diente a esa oveja, me cargué el orden natural de las fábulas.
La verdad es bastante más simple, aunque a la gente le encante el drama. Aquella tarde yo estaba a lo mío, leyendo a Epicteto tranquilo bajo un roble, cuando la Oveja negra apareció con unos humos que no había quien la aguantara. Y ojo, que no venía asustada ni mucho menos; venía a exigir.
Me soltó que la tenía que devorar ahí mismo, que si su destino histórico era ser una mártir y no sé qué tonterías más sobre que yo tenía que cumplir mi papel de monstruo.
Se le notaba a la legua lo que buscaba: no le importaba la eternidad, solo quería que le hicieran una estatua en la plaza del pueblo.
Lo que nadie ve es que cambiar de vida no es fácil. Dejar la carne después de una crisis existencial y pasarse a los vegetales exige una fuerza de voluntad tremenda, y cuesta lo suyo. Así que la miré con un poco de pena, cerré el libro y le dije que probara suerte con los leones del zoo, que esos no le dan tantas vueltas a la cabeza. Mi negativa la puso furiosa.
Al final, prefirió inventarse el cuento de que soy un cobarde antes que aceptar la realidad: que un lobo puede cambiar, madurar y salir adelante a base de lechuga y un poco de filosofía.
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