Había una madre que siempre preparaba la misma tarta de chocolate.
Era una tarta mágica y servía para los días buenos y también para los días peores.
Si su hija sacaba buenas notas, había tarta.
Si estaba triste, había tarta.
Si ganaba algo había tarta. Si perdía, también.
Con los años, la tarta se convirtió en un lenguaje, pero nadie se detuvo a traducirlo.
La hija creció, y con el tiempo, empezó a sentirse atrapada en su propia relación con la comida.
Esa tarta ya no sabía a celebración… sabía a presión, a conflicto, a miedo.
Un día, en terapia, la psicóloga preguntó:
– ¿Qué es lo que más te duele de tu madre?
La chica no lo dudó.
– Odio que me haga tartas de chocolate.
– ¿Por qué? – preguntó la psicóloga.
– Porque no entiende que tengo un problema con la comida…
La madre, que estaba allí sentada, empezó a llorar en silencio.
La psicóloga la miró:
– ¿Por qué sigues haciéndole tartas si sabes lo que le pasa?
La madre se secó las lagrimas, mirando con dulzura a su hija y dijo:
-Porque es lo único que siempre supe hacer para demostrarle que la quería.
Desde que era niña… esa tarta era mi forma de estar cerca de ella.
En cada logro, en cada caída… yo estaba ahí, con esa tarta.
Y en ese momento, nadie sabía qué dolía más:
si la tarta… o todo lo que había intentado decir sin palabras.
Reflexión
A veces no nos hacen daño por falta de amor, sino por amor mal traducido.
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