Cuando todo lo que has creado a lo largo de la vida se desvanece, aparece tu verdadero ser: la sombra.
La que puedes ver al girar tu rostro y mirar el horizonte. Esa que revela quién está a tu lado o a quién acompañas.
Ella muestra si corres, caminas o estás de pie, en calma, cobijado por el atardecer.
Nunca miente. Es la única parte de ti leal a tu “yo”.
Quien no se conoce ve su sombra deformarse; quien se reconoce, la distingue… incluso entre todas las demás.
Es capaz de causar temor o de generar paz interior.
No puedes consultar en ella tu pasado ni tu futuro. No te dice quién eres: tú mismo la proyectas, sin demeritar ni exagerar.
Conoce cada aspecto de ti: el largo de tu cabello, tus momentos de calma, soledad y de euforia… de quién huyes y a quién sigues.
Ha estado en cada etapa de tu vida: cuando dabas tus primeros pasos y descubrías el mundo, cuando te aferrabas a un objeto y lo convertías en compañía, cuando alguien se fue para siempre de tu vida y cuando alguien repentinamente llegó.
No cuestiona, no exige, solo acompaña…
Es instante: es presente.
Cuando dejas de existir en las luces y apariencias que te deslumbran, y logras percibirla, es ahí donde emerge la comprensión: todos somos nuestra sombra.
Después de eso, dejan de existir las comparaciones, las palabras, las expectativas, los pesares, la ansiedad, el “hubiera”.
Al reconocer el lugar que tiene en tu vida, no necesitarás que tu mente te recuerde quién eres.
Voltea y mírala: quizá estés abrazando a alguien que amas, bajo la sombra de un árbol, o caminando en búsqueda del propósito de tu existir.
Porque al final, no eres lo que temes ver en esa oscuridad…
eres aquello que, incluso en silencio, siempre ha estado contigo.
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