La soledad no perdona.
No lo hace porque no conoce el gesto humano del perdón. No absuelve ni condena: simplemente permanece. Es una forma del tiempo sin distracciones, un espejo sin niebla donde cada pensamiento vuelve, más nítido y más cruel.
Acaso he sospechado que la soledad es un laberinto sin muros. No hay puertas que cerrar ni caminos que elegir; el extravío consiste en estar con uno mismo, sin la cortesía de las máscaras. Allí, las palabras dichas —y las que nunca se dijeron— adquieren un peso irrevocable.
No perdona porque recuerda.
No perdona porque revela.
No perdona porque no hay nadie más que uno para conceder ese perdón.
Y a veces —solo a veces—, en ese silencio obstinado, uno comprende que la soledad no es un castigo, sino una forma de la verdad.
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