En Soledad casi nunca hacía frío. Los techos rojos caían sobre las casas y los cuerpos de la gente como una sombra. Todos habíamos nacido allí. Proveníamos de familias que se mezclaban entre sí y se reunían los domingos para preparar hervidos y parrilladas. El pueblo no era grande; apenas una avenida que llegaba hasta el río Orinoco.
Cada vez que mi madre llamaba a mis padrinos, ellos nos invitaban a comer. Un día, sentada en el porche, pensé que la casa se decoraba sola, pero no: era mi madrina quien mantenía brillantes las terracotas de la fachada. Hacía dos años que no trabajaba, desde aquella enfermedad que parecía ser mortal. Se deslizaba en silencio por los jardines, mojando las plantas. Junto al garaje construyó una gruta de piedra en honor a la Virgen de Coromoto por haberla curado. Mi padrino tenía una papelería. Vendió su antigua empresa para dedicarse a sacar copias e imprimir documentos.
No tenían hijos. Ella solía cerrar las cortinas cuando pasaban las vecinas con cochecitos; él, en cambio, se quedaba mirando fijamente la ventana hasta que las perdía de vista.
El “negocio” quedaba al fondo del patio. Desde la entrada se oía el zumbido del aire acondicionado. A veces me pedía que le alcanzara hojas, plastificara cédulas o atendiera a los clientes. Yo siempre miraba la silla de plástico junto a su computadora: una de las patas era más corta y cojeaba.
Él me hablaba como si yo fuera mayor.
Un día entré. Cerró la puerta.
Me pidió que me sentara en la silla.
Para no caerme, tuve que juntar los pies y quedarme quieta.
No recuerdo exactamente lo que pasó.
Solo escuché la cerradura eterna, diagonal a mi mirada.
—Hay que mantenerla así para que no se escape el frío, mamita.
“Mamita”, el nombre con el que intentaba llenar el vacío de mi padre.
Cuando salí, el sol quemaba como de costumbre. Mi madrina regaba las rosas y las cayenas. El agua corría sobre la cerámica. La Virgen seguía en su lugar.
Mirándome.
Como si yo tuviera algo que contarle.
Pero no me salían las palabras.
Nunca más volví a sentarme en esa silla.
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