El pequeño Bertolt camina hacia la Volksschule con los hombros hundidos. Lleva una pizarra pequeña bajo el brazo. El aire de la mañana corta como un cuchillo. Huele a carbón mojado, a escarcha y al pan que hornean cerca.

Estrena zapatos. Son rígidos, negros, idénticos a dos escarabajos de luto que golpean el suelo ruidosamente. Le aprietan los talones.
Odia la idea de encerrarse.

Hasta hoy, su mundo han sido las ferias errantes de Augsburgo. Las carpas, el sonido alegre de los organillos que machacan la misma música vieja, las voces roncas de los borrachos cantando crímenes en las esquinas. Allí la vida huele mal, pero es de verdad. Allí es libre.

A su alrededor, los otros niños corren y empujan. Ríen como corderitos antes del encierro, sin saber que el tiempo se mide con campanas y castigos. Bertolt los mira de reojo, quieto bajo su abrigo. Sabe perfectamente que en esas aulas nadie va a enseñarle a pensar; van a enseñarle a obedecer. Solo con pensarlo le arde el estómago de rabia.

El maestro, un tipo flaco con levita negra, hace crujir su vara contra la madera. Silencio inmediato. «Busquen sitio», grita. Los niños se abalanzan sobre los bancos en un tropel de carteras y empujones. Falta una silla. Un chico se queda de pie, parpadeando, asustado. El maestro camina hacia él sin mediar palabra y le cruza la cara de un bofetón. El eco de la mano golpeando la carne suena en toda la clase.

Para Bertolt y los demás fue la primera gran lección del primer día de clase:en este mundo, lo único que no se debe tener es mala suerte.

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