La orquesta de las estaciones invertidas

La orquesta de las estaciones invertidas

Dicen —y lo repiten con voz baja quienes han vivido lo suficiente como para desconfiar del amanecer— que existen días en que el tiempo se pliega sobre sí mismo como una servilleta mal doblada después de una fiesta larga, y uno queda atrapado en uno de sus dobleces, allí donde las certezas pierden el almidón y se vuelven humo, sombra, presentimiento.

Aquel día comenzó así, sin anuncio ni preludio, como comienzan las catástrofes íntimas:

“Y si de pronto ya no hay de prontos, y todo se vuelve sombra incluso en las mañanas más soleadas; porque en un chasquido imperceptible —no mayor que el roce de dos pensamientos— dejas de ver el sol, te racionas las ideas, administras la fe como quien guarda velas para un apagón perpetuo, y terminas haciéndote devoto del son de una orquesta que, torpe y sonoramente inestable, se disuelve mientras toca.
Como si la primavera llegara después del verano, y el otoño se desgarrara la piel en blanco y negro, y el invierno —ese viejo impostor— exhibiera rojos tan intensos que ningún ojo humano se atrevería a nombrarlos.
Entonces, con las sorpresas atadas al volante de la vida, comprendes sin dramatismo: has muerto.”

Hasta ahí, cualquiera pensaría que se trata de una metáfora, un ardid del lenguaje para no llamar a las cosas por su nombre definitivo. Pero no.

Porque en esa región —que no figura en los mapas ni en los manuales de duelo— donde las estaciones se desordenan como naipes gastados por demasiadas partidas, la muerte no es un final, sino un cambio de iluminación: una variación en la lámpara que alumbra los hechos. Una modulación barroca del destino, diría algún organista del siglo XVIII.

A mí me parece —interrumpe el narrador, que no puede evitar meterse en lo que cuenta— “que la muerte también se aburre cuando la describen con excesiva solemnidad”.

Lo cierto es que, tras aquel chasquido sin eco, el protagonista —que bien podría ser cualquiera de nosotros, o todos a la vez— descubrió que las sombras no eran ausencia de luz, sino criaturas pacientes, archivistas del tiempo, que aguardaban turno para contar su versión de los hechos. Supo también que la orquesta, lejos de haberse disuelto, continuaba tocando con obstinación litúrgica, aunque cada músico ejecutara una estación distinta: el violín ardía en pleno verano, el oboe respiraba un invierno de escarcha sonora, la trompeta proclamaba un otoño que sangraba hojas blancas como páginas arrancadas de un libro imposible.

En medio de ese desconcierto sinfónico, intentó aferrarse al volante de la vida. Pero el volante giraba solo, obedeciendo leyes que no figuraban en ningún manual de conducción existencial, como si guiara un carruaje tirado por estaciones caprichosas, o como si él mismo fuera un autómata de Tesla, animado por una corriente invisible y antigua.

Y fue entonces —solo entonces— cuando comprendió la revelación más simple y más brutal: no había muerto del todo. Había pasado al otro lado del espejo, allí donde los prontos ya no existen, donde el tiempo se alimenta de quienes lo desafían y se deja domesticar únicamente por quienes aceptan escucharlo.

Cuando por fin aceptó su condición, la orquesta dejó de desafinar.
Las estaciones regresaron, no a su sitio original, sino al único sitio posible.
Y una voz —quizá la suya, quizá la del narrador que nunca se calla, quizá la del mundo afinándose— murmuró con ternura implacable:

No estabas muerto. Estabas siendo afinado.

Y la vida, fiel a su vieja costumbre, siguió pestañeando como siempre, sin pedir permiso, sin dar explicaciones.

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