Hay algo en la noche que me obliga a pensar en las cosas que no digo.
Como si las luces lejanas de las ventanas encendidas me recordaran que, aunque nadie me ve, el mundo sigue ahí, respirando despacio.
A veces, me pregunto cuánto puede guardarse en un solo cruce de miradas.
Si lo que nos toca es fugaz, o si se queda suspendido en el aire, como ese momento en que el último tren pasa y todo vuelve al silencio.
No es fácil sostener todo lo que se siente.
Hay días en que lo intento, en que camino por calles vacías y dejo que el frío me cubra, como si el viento pudiera hablarme.
Pero también hay días en que la alegría llega sin avisar, como una chispa, pequeña pero suficiente para incendiarme por dentro.
Es curioso cómo algo tan simple como un gesto, un detalle que apenas ocupa espacio, puede volverse tan grande cuando lo llevas contigo.
Una sonrisa que no puedes evitar recordar, o la forma en que el mundo parece girar más lento cuando todo encaja por un instante.
Hoy escribiría algo sencillo, algo que podría guardar entre las páginas de un libro:
«La noche, con toda su oscuridad, siempre encuentra maneras de iluminar lo que sentimos».
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