Dicen que un año dura un poco más de trescientos días, que una semana siete días y que un día veinticuatro horas de las cuales menos de la mitad son una noche y que la navidad dura un día, pero para mí que dura como mil quinientas horas.
Mi madre se levanta casi de madrugada para limpiar y limpiar, limpiar como si viviéramos en el chiquero de los chanchos más mugrientos, porque pasa horas y horas limpiando una casa que, por cierto, se ve muy limpia antes de que comience la limpieza navideña.
Cocina y cocina, lleva cocinando ya más de tres días me parece, pero ese día sigue cocinando, mi padre comienza a hacer fuego y se sienta, y va, y viene, y camina, y mira las llamas, y frunce el ceño, y se niega y sonríe, y asiente, y se vuelve a negar, pone la carne al fin, y la mira, y va y viene y la vuelve a mirar, y vuelve a fruncir el ceño y vuelve a sonreír y otra vez se pone serio, y otra vez mira la carne, la toca con los tenedores largos esos y vuelve a poner cara de preocupado.
Almorzamos alguna porquería porque de noche es el gran banquete. Entre las seis y las ocho de la noche llega la tía Marisa, se viste como para la entrega de los premios Óscar y se burla del matrimonio, la sociedad, el patriarcado, comienza a beber y a arrastrar las palabras, mamá le aconseja que no tome más porque después no va a disfrutar la noche, no le hace caso, se ríe a carcajadas y para la hora de la cena está llorando porque nadie la ama, porque está más vieja y con suerte no vomita antes de la mañana.
Luego de Marisa llega mi abuela Martha, Marisa y mamá se ponen melancólicas hablando de cuando su padre vivía, la abuela comienza a lagrimear, me cuenta otra vez cómo conoció al abuelo Arturo, me cuenta del nacimiento de mamá, del de mi tía, del mío, y ya le reclama a Marisa que no le dio nietos y Marisa se ofende y enoja, y le dice que ella no sigue las normas sociales, y volvemos al punto de la borrachera y el llanto de la tía Marisa.
Comemos y comemos, los vecinos hacen baile, o eso parece que se escucha, en realidad ponen música y gritan en micrófonos, pero papá dice que están de baile, mi madre se queja de que no se puede ni hablar, mi padre de que su familia no le habló ni dejó ningún mensaje, mamá de acuerdo le dice que nunca están sus hermanos para nada, papá comienza a defender a sus parientes y se pelean. De la nada mamá recuerda en sus discusiones con papá que yo con catorce años ya y no ayudé en nada y está agotada, yo me hago la sorda, desde los nueve que lo viene diciendo, ya lo veo venir, igual no hago nada, si ni sé pelar una papa.
Llegan las doce, la tía Marisa está hecha un monstruo de maquillaje corrido, la abuela está deprimida comiendo y llorando por el abuelo que no festeja más, mis padres peleados, y yo les digo que llegó la hora, salen a mirar los fuegos artificiales que tiran los vecinos, se quejan todos porque eso les hace daño a niños, perros, gatos, bebés, ancianos, pintores, escritores, bomberos, médicos, extraterrestres y demás seres en el universo, pero igual los miran brillar en el cielo.
Brindamos, nos abrazamos, decimos feliz Navidad, llega el momento de los regalos y yo elegí durante semanas qué les iba a dar, pero ellos deciden darme algunos billetes para que compre lo que quiera, eso me cae mal y todos dicen que arruino la noche por quejarme otra vez de lo mismo, les digo que si ya me quejé antes por qué lo repiten, además, una noche en la que todos pelearon y lloraron sin parar, el hecho de que yo haya elegido con la plata de papá regalos para todos pero nadie piense en otra cosa que en billetes para mí, da lugar a que me ofenda, me voy a la cama con mi dinero y como cinco kilos extra.
Eso no dura una noche, no dura unos días, dura mucho, parece que fueran mil quinientos días y para colmo se prometen que la siguiente semana se van a juntar por el año nuevo, donde vendrá la tía, la abuela, mi familia paterna se olvidará de que existimos, mis padres pelearán, yo me quejaré de que en reyes seguro me dan dinero, todos dicen que no me darán nada, pero en reyes todos me traen billetes, lo bueno es que para el ocho de enero todos están endeudados, peleados, jurando falsamente que no se juntarán el próximo año y yo estoy paseando por una tienda con mi amiga Emma, eligiendo en qué gastar el dinero que me regalaron.
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