Recuerdo, anciano ya,
aquel niño inmóvil entre flores,
su cuerpo dormido en el silencio de un canal.
Por primera vez supe
que la vida llevaba el sello de la muerte,
y que cada respirar era un paso hacia ella.
Desde entonces miré el mundo
con la conciencia herida
del que sabe que todo se apaga.
Vi morir a mis abuelos, a mis tíos,
vi a mi padre cruzar la frontera invisible,
y supe —con calma y temor—
que un día también me llamará el silencio.
A veces pregunto al vacío:
¿por qué el dolor? ¿por qué nacer sin quererlo,
si el final nos espera fiel y paciente?
Quizás —me digo— la respuesta está al final,
en la muerte misma,
donde cesan las preguntas.
Y si nada hubiera,
si el universo se apagara sin propósito,
aún así bendigo haber sentido el viento,
las manos que amé,
el llanto y la risa.
Agradezco el don secreto
de haber mirado al sol
con conciencia y con tiempo.
He caminado entre días que dolieron
y noches que ardían de belleza.
Hoy sólo doy gracias
por existir,
o haber existido.
Y eso, tal vez,
es lo eterno.
OPINIONES Y COMENTARIOS