Mi cabeza es una habitación llena de ecos que contrasta con la quietud de mi rostro. Parezco ausente, aunque percibo hasta el roce invisible de tus ideas. Mi silencio incomoda: no participo en conversaciones que no aportan, no por falta de interés, sino porque el mundo a veces suena demasiado fuerte. Los olores y los ruidos me persiguen, se adhieren como brasas, y mi cuerpo reacciona como si escapara del fuego. Entonces busco refugio donde puedo ser yo sin disculparme, y encuentro la paz que afuera se me niega. No huyo del mundo; simplemente, a veces, no sabe sostenerme.
OPINIONES Y COMENTARIOS