LA MAREA QUE NO VOLVÍA

LA MAREA QUE NO VOLVÍA

Ariel A. Alanís

23/11/2025

En la Isla de Navidad, donde los cangrejos rojos avanzan sin prisa como un ejército paciente y el viento parece hablar en un dialecto antiguo, vivían tres personas que nunca, pero nunca, deberían haberse conocido:

Samuel Tolstoi, un exbiólogo marino que había dejado la ciencia tras una tragedia;

Mara Camus, una guía local que conocía cada palmo de selva y cada secreto susurrado por los monzones; 

y Dorian Wilde, un escritor de novelas de aventuras tan famoso como profundamente incapaz de vivir una.

Los tres se encontraron una mañana en el muelle viejo, cuando el mar amaneció bastante inquieto, con una especie de color verde metálico que ninguno recordaba haber visto antes.

—No me gusta ese tono —murmuró Mara, ajustándose el pañuelo verde al cuello—. La marea está… atrasada. Eso nunca pasa.

Dorian, que creía que todo, absolutamente todo, era digno de convertirse en material literario, tomó notas frenéticamente.

Samuel, en cambio, se quedó inmóvil, como si aquel color del agua le despertara un recuerdo que deseaba ‘seguir’ olvidando.

Decidieron internarse en la selva para llegar a la Laguna Espejo, el lugar donde, según las leyendas locales, “el agua teme revelar su rostro”. 

La isla estaba algo extraña también: los cangrejos no migraban, los pájaros ni siquiera cantaban y el aire tenía un temblor casi eléctrico.

—¿Qué estás buscando en realidad? —preguntó Dorian mientras esquivaban raíces enormes.

—Respuestas —dijo Samuel, sin mirarlo—. Algo que perdí aquí, algunos años atrás.

Mara los guió hasta la laguna. La superficie estaba tan quieta que daba la impresión de que no existía el viento. Ni una onda. 

Más cuando Samuel se acercó, el agua vibró, como reconociéndolo.

—No deberías estar aquí —susurró Mara, retrocediendo—. Ésta laguna… no refleja cuerpos, no… solo verdades.

Dorian soltó una risita nerviosa, creyéndolo folclore conveniente para su novela.

Pero la risa se congeló cuando la laguna empezó a mostrar imágenes que… bueno…  no correspondían al paisaje alrededor.

En el agua apareció la figura de una niña. Tendría unos ocho a diez años, el cabello oscuro, la tez morena y una gran sonrisa traviesa. Extendía una mano hacia Samuel.

—Lila… —dijo él, con la voz rota—. No puede ser…

Mara retrocedió un paso más. Luego otro.

Dorian dejó caer su cuaderno. 

La pequeña siguió acercándose desde dentro del agua, como si caminara en un sitio que no era el fondo, ni la superficie, o nada parecido.

—Murió aquí —dijo Samuel—. Hace seis años y medio. Yo… yo no pude salvarla.

—Samu —dijo Mara con voz temblorosa—. Eso que ves no es ella. De ninguna manera. Está jugando con nosotros.

La niña sonrió. Pero algo en su gesto se movió con un retraso casi imperceptible. Como si solo imitara, pero no sintiera. 

Dorian quiso salir corriendo, pero la selva detrás se oscureció repentinamente, cerrándose como un párpado ante el peligro.

La niñata finalmente habló:

—No la perdiste aquí, Samuel. Nos perdiste… a todos. Ji.

Mara entonces gritó. El cielo se apagó.  La laguna… empezó a hervir.

Samuel cayó de rodillas, negando con la cabeza.

—No… solo fue ella… solo ella…

—No —respondió la niña—. Tú, jaja, tú tampoco existes, Samuel.

Dorian y Mara lo miraron horrorizados.

—¿Qué demonios estás diciendo? —exigió Dorian, aunque la voz ya le temblaba.

La niña señaló a Samuel. Y entonces… ocurrió.

Samuel empezó a volverse translúcido, como si su cuerpo fuera tinta diluida en agua. Él miró sus manos, aterrado.

—No… no… esto no…

—Eres uno de nosotros —dijo la niña—. Un eco creado por la isla para mantener su memoria viva. Lila… jamás existió. Tú tampoco. Fuiste inventado. Creado.

Dorian y Mara retrocedieron, paralizados.

La laguna seguía mostrando imágenes: sonrisas, escenas, recuerdos… todos pertenecientes a Samuel. Pero ninguno llevaba la marca de la realidad. Eran fragmentos. Retazos. Sombras. Viles copias.

Samuel gritó y corrió hacia la laguna, como si quisiera sumergirse en sus propios recuerdos. 

Antes de tocar el agua, se desintegró… en miles de pequeñas partículas luminosas.

Cayó un silencio absoluto.

—¿Lo sabías? —preguntó Dorian con un hilo de voz.

—Sospechaba —respondió Mara—. La isla crea… éstas cosas, los acompañantes. Cuando alguien llega con un vacío muy grande, la isla actúa, responde. Pero nunca había visto que uno de esos ecos, pues creyera tener una vida propia.

Dorian miró la laguna, que ahora estaba completamente calmada.

—¿Y qué hacemos ahora?

Mara respiró hondo. Bajo su mirada.

—Nos vamos. Antes de que la isla decida que nosotros también somos reemplazables.

Pero cuando dieron el primer paso hacia la salida, la laguna volvió a vibrar. A moverse. A bailar al son de una melodía desafinada.

Y esta vez, la figura que emergió…

era Dorian.

Mara lo miró horrorizada.

Él se quedó sin aire. Inmóvil. 

—Pero… yo… yo soy real…

La figura en la laguna sonrió con una familiaridad inquietante.

—¿Seguro?

La selva volvió a cerrarse detrás.

Y la isla, silenciosa y expectante, esperaba su próxima verdad.

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