Una noche, una luciérnaga está observando las estrellas y ¡siente envidia! por el brillo inagotable que estas tienen. Porque ella solo tiene un pequeño foco, que brilla en su abdomen no más de un segundo. Luego la luciérnaga desea ser una estrella celeste para brillar más en las noches. Entonces piensa y se dispone a buscar al creador, para pedirle que le conceda su deseo, el de ser una estrella celeste. La luciérnaga alzando vuelo abandona su hogar; va volando y, sin percatarse, choca con el cocuyo. Él le pregunta: «Oye, ¿estás bien?», ella le contesta: «Sí, estoy bien». Él le pregunta: «¿Para dónde vas?», ella le contesta: «Voy en busca del creador».

Él le pregunta: “¿Pero cómo lo vas a encontrar?”, ella le contesta: todavía no sé cómo encontrar al creador. El cocuyo le comenta que la tortuga, por lo anciana y por haber ya vivido varios siglos, debía saber cómo hallar al creador. Entonces vuelan hasta donde vive la tortuga y luego le preguntan por el creador; ella les comenta: “Mi abuelo me comentó hace mucho tiempo que el creador vive en la cima de la montaña, que se ubica en el centro del bosque encantado”. La luciérnaga y el cocuyo alzando vuelo dejan a la tortuga atrás. Pasa ya un tiempo de estar volando, y empiezan a divisar el bosque encantado. Llegan y se adentran en el bosque, vuelan hasta la cima de la montaña donde estaría el creador. Al llegar, divisan una cueva; de esta sale una luz blanca brillante. La luciérnaga y el cocuyo se adentran en esta cuando ven al creador sentado, peinando su larga barba blanca, y cuando pasa el peine por su barba, de esta se desprende la luz blanca brillante.

La luciérnaga se acerca donde está el creador y este le pregunta: “¿Qué deseas, mi pequeña criatura?”, la luciérnaga le contesta: “Vengo hasta ti, mi creador, para pedirte que me concedas mi deseo. —¿Y cuál es tu deseo, mi pequeña criatura? —le pregunta el creador. La luciérnaga le responde: “Mi deseo es ser una estrella celeste”. El creador le pregunta: “¿Y por qué quieres ser una estrella?”, ella le contesta: “Porque quiero ser admirada como ellas por el brillo infinito que poseen”, el creador le comenta a la luciérnaga que le concede el deseo, pero habría unas consecuencias graves al acceder a tal deseo… pero la luciérnaga, ignorando las consecuencias que el creador le comenta, entonces ella adsede por el cambio.

La luciérnaga al instante se convierte en un rayo de luz, que se dirige al cielo a ocupar el lugar de la estrella celeste. El cocuyo observa el cielo y con voz melancólica dice: —¡Ya eres una estrella celeste! En un instante la estrella explota… El cocuyo con asombro le pregunta al creador por lo que había acontecido. El creador le contesta: «Yo le advertí de las consecuencias, pero ella las ignoró…», el creador le comenta al cocuyo; «te tengo una sorpresa, mi pequeña criatura», el cocuyo le contesta. «¿Cuál es la sorpresa, mi creador?», y este le contesta: sacando de su baúl algo muy pequeño en sus manos y dice acá tengo a tu amiga la luciérnaga. 

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