La jubilación no es únicamente el fin de una actividad laboral; es el momento en que una persona descubre cuánto de su identidad había depositado en aquello que hacía cada día. Se cree que se pierde un empleo, un salario o una rutina. En realidad, lo primero que se extravía es una forma de ser nombrado por el mundo.

Durante décadas, el tiempo estuvo organizado por relojes ajenos. Había horarios, responsabilidades, urgencias y una utilidad visible. De pronto, el calendario deja de exigir. Esa libertad, tan anhelada, puede convertirse en un territorio desconocido. No todos saben qué hacer cuando el tiempo deja de pertenecer a los demás y vuelve, silenciosamente, a su verdadero dueño.

También se pierde una geografía humana. Compañeros, conversaciones de pasillo, saludos cotidianos y pequeños rituales desaparecen sin despedirse. Uno descubre que muchas relaciones estaban sostenidas por la cercanía del trabajo y no por la permanencia del afecto.

Pero la pérdida más sutil es la del reconocimiento. En una sociedad que suele medir el valor de las personas por su productividad, el jubilado corre el riesgo de sentirse invisible. Ya no se le pregunta qué produce, cuando tal vez habría que preguntarle qué aprendió.

Sin embargo, toda pérdida encierra una posibilidad. La jubilación no solo clausura una etapa; también devuelve algo que el trabajo había ido consumiendo lentamente: el tiempo propio. Ese tiempo puede ser vacío o puede ser fértil. Dependerá de si la persona entiende que su valor nunca estuvo en el cargo que ocupó, sino en la vida que fue capaz de construir mientras lo ocupaba.

Quizás la verdadera pregunta no sea qué se pierde con la jubilación, sino qué queda cuando el trabajo deja de definirnos. La respuesta, para algunos, será el silencio. Para otros, la memoria. Y para quienes logren reconciliarse con el paso del tiempo, quedará algo mucho más difícil de obtener que un empleo: la libertad de existir sin necesidad de demostrar constantemente que se es útil.

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