La guardiana del umbral

La guardiana del umbral

LeónRots

13/05/2026

por LeónRots. 

Te despertaste con la sensación de haber dormido minutos o eternidades. El aire y el mate tenían un sabor metálico, como si aquella mañana, hubiera sido forjada en una maquinaria literaria o en un taller metalúrgico secreto. Por un instante pensaste en ella, y ese solo pensamiento, dejó un agujero. Uno real, tangible. Un agujero que se abriría más tarde o quizá más temprano. 

Ella no decía nada. Era presencia pura. Ella, era la guardiana entre tu vida poética y tu vida terrenal. Siempre lo fué. Nunca lo entendiste. Todavía no la conocías. Ella sonreía, y su sonrisa, se parecía al alma. A la tuya, a la mía. Al alma de todos. No era mirar cara a cara a la muerte en el alba. Nunca lo fue realmente. Era contemplar la metamorfosis del alma, en plena destrucción del rostro más hermoso. 

Ella te hablaba y te miraba de frente. Te hablaba sin palabras. 

Después te incorporaste. Te despertaste del sueño —o eso pensaste— por eso pasó lo que pasó. 

El lugar, donde ahora te encontrabas,  parecía un cuarto de hotel de mala muerte, olvidado por la historia. Las paredes se descascaraban, los relojes habían detenido su marcha a las 2:00 en punto. Observaste un cuadro, tal vez un segundo de más, o de menos, y se volvió esbozo. Una lámpara tembló con tu respiración. En el baño, el espejo no reflejaba nada, abriste el grifo del lavamanos, el agua corría a la inversa. Desconcertado diste un paso, después otro, hacia una ventana abierta, sin cortina, que daba a una calle demasiado silenciosa, demasiado luminosa como para pertenecer a una ciudad conocida. 

Caminaste en retrospectiva, casi sin darte cuenta, sobre la cama había algo que recordabas haber visto antes, un cuaderno de tapa azul y hojas cuadriculadas, algo dobladas, abierto por la mitad. En una hoja que parecía arrancada, leíste el fragmento de un poema sin título que parecía ser tuyo. La caligrafía no la reconociste. Lo que transmitía lo sentiste muy propio. En el dorso, había un dibujo, un mapa, un croquis, pero no uno geográfico, uno hecho de agujeros. De espacios vacíos y lugares tachados. Cada ausencia tenía una fecha y cada fecha era un día en que ella había aparecido en tu vida. El primer cruce de miradas o de almas, la primera palabra que quedó flotando en el aire. La música que intercambiaron para sentirse más de cerca. Y aquel primer silencio que, lejos de ser incómodo, les dio calidez de hogar. El hielo de la primera ausencia, el abismo de pensar que el regreso era utópico. El primer juego de despedida, que se convertiría en un adiós que fracasó, porque el vínculo, ya era demasiado fuerte. Y, la tarde del audio, cuando su voz dictó un futuro: “serás grande”, mientras tu respuesta, se ahogaba en el asombro. La misma tarde en que su risa te habitó por completo, desarmando, pieza por pieza, todo lo que creías ser y haber sido.

Cada punto era una pequeña pérdida. Cada pérdida formaba un camino. Un camino que no conducía a ningún lado. Y en el centro, rodeado con tinta roja, un círculo sin nombre, sin fecha, con tan sólo una frase: 

“Aquí comenzaré a desvanecerme”.

Sentiste un escalofrío conocido, como cuando a mitad del sueño, te das cuenta que estás soñando. La habitación empezó a respirar distinto. Su sombra no estaba en ninguna parte. La de ella, no la tuya. Y eso era extraño, porque incluso, hasta en su ausencia, ella siempre había dejado un rastro. Buscaste en los bolsillos y encontraste tu celular. La hora seguía  congelada, como si el tiempo hubiera decidido no seguir hasta que vos descifraras el mapa o encontraras una respuesta a todo eso. De repente la luz de la lámpara parpadeó. Una, dos, tres veces y la habitación entera palpó una presencia silenciosa, de algo que no sabías cómo nombrar. Revisaste de nuevo el mapa y notaste un detalle que antes se te había escapado. Los espacios vacíos no estaban distribuidos al azar, sino que éstos, formaban —unidos en conjunto—, la silueta de una mujer caminando hacia adelante, que parecía ir desapareciendo paso a paso. Y lo peor, estaba incompleta. Le faltaba el rostro. Antes de que pudieras procesarlo, el cuaderno se cerró solo y la ventana se abrió con un golpe seco. Un viento frío entró y te arrancó un suspiro, y hasta un pensamiento. Y puede que hasta una vida. En ese viento, por primera vez, escuchaste su voz, algo fragmentada, por supuesto, casi quebrada, como si viniera de un futuro demasiado lejano. 

“No me sigas todavía… no estoy dónde creés. No soy lo que recordás”. 

El cuaderno cayó al piso y las páginas se abrieron otra vez. La tinta del círculo central empezó a moverse como sangre viva, diseminada, y lentamente formó una letra, después otra, cada letra era una arteria abierta que seguía su flujo sanguíneo, formando una frase nueva en otra hoja: 

“Falta poco”. 

Antes de darte cuenta, una luz falaz, que parecía un flash del más acá, iluminó toda la habitación, pero afuera no había tormenta. No habían nubes grises. No había cielo, sólo un horizonte roto, recóndito, abismal, hecho de todos los pueblos y ciudades que amaste, pero que aún no conocías. Madrid, Galicia, Andalucía, París, Bogotá, Cusco, El Yukón, Guatemala, La Habana, Mendoza, Puerto Madryn, Villa la Angostura, San Martín de los Andes, Miramar, San Clemente del Tuyú, Purmamarca, Cianzo y hasta San Salvador. Todas superpuestas como diapositivas que se derretían en una geometría quimérica, en un destino que todavía no sabe de su propia existencia. 

Un camino hacia su próxima desaparición y también hacia su regreso, porque este es el relato o el pasaje donde la historia comienza a olvidarla. Y vos también, pero solo para que, más adelante, pueda reaparecer de un modo que rompa la frontera entre sueño y realidad, en algún posible final de cuento o posiblemente en un cuento ya escrito. 

Poco después, te perdiste dos años, por laberintos literarios y espejos rotos, guiado únicamente, por señales que todavía no entendías del todo. Mientras tanto el universo murmuraba un nombre que aún no conocías. Caminaste por líneas paralelas que coexistían en un mapa que latía como un corazón, o dos, dónde los tiempos se mezclaban. Pasado, presente, futuros posibles. Pasados en presentes continuos. Futuros que nunca caminaron pasados. Tiempos que —en tu propia fantasía—, no eran reales o eso creías, hasta que una leve intuición te dijo que alguien desde otro plano te estaba llamando. Y ahí, fue que viste la luz amarilla, por primera vez. Cómo olvidarlo. Si el mismo Borges, en un sueño te había confesado que quizá tu sueño no era tu sueño, sino el de alguien más. 

La mañana siguiente —si es que en esta realidad existen los días tal como los conocemos— sentiste una presencia poderosa detrás de una puerta que no quería ser puerta. Una sensación de agosto, un olor petricor, mezclado con café, una risa que te excitaba y tranquilizaba, al mismo tiempo. Gradualmente, te enamoraste de una posibilidad. Dudaste: ¿la estaré creando, recordando o soñando? 

La tinta roja fue una advertencia. Ella desaparece. Las ciudades, los pueblos, estallan en un big-bang silencioso y en simultáneo son absorbidos por un agujero negro. 

Quedaste deambulando entre ruinas de Chernóbil, fuerzas de carácter entrópico, símbolos elementales, jeroglíficos de sangre y el ouroboros. Después entraste en un vacío narrativo. En un paréntesis. En un capítulo sin diálogos, donde intentaste reconstruir el camino de vuelta hacia ella. Y fracasaste. Como siempre. 

Viajaste a Madrid, a París y a Bogotá. Y después volviste a Jujuy, pero en cada lugar eras una versión distorsionada de vos mismo. La buscaste por todas las realidades. Encontraste el reflejo de su cuerpo y el eco de su risa en un café de Montparnasse. Después seguiste el rastro de su sombra por La Candelaria, una tarde de lluvia, de octubre o noviembre. Por último, sentiste y oliste su aroma, cerca de un río, en un amanecer de Yala. 

Pero nunca a ella. 

Terminaste el día sentado en un banco, en el Parque del Retiro, derrotado, con la cabeza baja como Lucifer, convencido de que ella solo fue una invención de tu necesidad de amar. 

En un capítulo crepuscular, toda nebulosa, se desvanece en viceversa.

Él siente que el universo literario se confiesa cansado. Y él también. La historia parece llegar a su fin. 

Esa noche se duerme y no sueña nada. Hay una oscuridad que lo ocupa todo. 

La narración se corta. 

Y se abre con él despertando, sobresaltado, con la respiración agitada. Con la sensación de haber corrido siglos, de haberse desintegrado por el camino, y hablando en voz alta. 

“Voy a escribir todo esto muy rápido, ahora que todavía está fresco, porque es sabido, que los sueños se deshacen al abrir los ojos”.

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