Hay personas que tienen mucho y sienten que siempre les falta algo. También existen quienes atraviesan momentos difíciles y, aun así, son capaces de reconocer que todavía hay razones para agradecer. La diferencia entre unas y otras no siempre está en sus circunstancias, sino en la manera en que han aprendido a mirar la vida.
La gratitud suele confundirse con conformismo o con una especie de optimismo que pretende ignorar los problemas. Pero agradecer no significa negar lo que duele, fingir que todo está bien o renunciar al deseo de crecer. Significa reconocer que incluso en medio de aquello que todavía necesitamos resolver existen cosas valiosas que hemos dejado de mirar porque nos acostumbramos a tenerlas.
Ese quizá sea uno de nuestros mayores problemas: nos acostumbramos demasiado rápido a lo bueno. Aquello que alguna vez pedimos con ilusión termina convirtiéndose en parte de la rutina. El trabajo que celebramos conseguir comienza a parecernos insuficiente. La casa que soñábamos se vuelve simplemente el lugar donde vivimos. Las personas cuya presencia alguna vez agradecimos terminan formando parte del paisaje cotidiano. Incluso nuestra salud suele pasar inadvertida hasta el día en que algo comienza a fallar.
Tenemos una enorme capacidad para normalizar nuestras bendiciones y una extraordinaria facilidad para amplificar nuestras carencias.
Por eso la gratitud no debería depender de que todo marche perfectamente. Si esperamos tener la vida resuelta para agradecer, probablemente nunca lo haremos. Siempre existirá una meta pendiente, un problema que resolver, una preocupación nueva o algo que alguien más posee y nosotros todavía no. La gratitud comienza precisamente cuando dejamos de condicionar nuestra paz a aquello que falta.
Esto también transforma nuestra relación con el éxito. Una persona agradecida puede aspirar a crecer sin despreciar el lugar donde se encuentra. Puede querer una empresa más grande sin olvidar quién creyó en ella cuando apenas comenzaba. Puede perseguir nuevos sueños sin convertir cada logro alcanzado en algo insignificante apenas aparece la siguiente meta. La ambición y la gratitud no son enemigas; pueden convivir cuando aprendemos a avanzar sin menospreciar el camino recorrido.
La gratitud también cambia nuestras relaciones. Muchas veces somos rápidos para señalar aquello que alguien hace mal y sorprendentemente lentos para reconocer todo lo que hace bien. Esperamos que nuestros padres, hijos, parejas, amigos o compañeros sepan que los valoramos, pero olvidamos que el cariño que nunca se expresa puede sentirse exactamente igual que el cariño que no existe. Agradecer también significa aprender a decirlo mientras todavía tenemos la oportunidad.
Hay palabras que deberían pronunciarse más seguido: gracias por estar, gracias por ayudarme, gracias por creer en mí, gracias por escucharme, gracias por acompañarme cuando las cosas no fueron fáciles. No necesitamos esperar una fecha especial ni una despedida para reconocer el valor de quienes forman parte de nuestra historia.
Quizá por eso la gratitud tiene tanto poder: no necesariamente cambia lo que está sucediendo, pero sí transforma el lugar desde donde lo enfrentamos. Un problema continúa siendo un problema, pero dejamos de permitir que ese problema represente toda nuestra vida. Una pérdida continúa doliendo, pero somos capaces de reconocer aquello que permanece. Una etapa difícil sigue siendo difícil, pero ya no olvidamos todas las veces anteriores en que pensamos que no podríamos continuar y finalmente encontramos la manera de hacerlo.
Y para quienes creemos en Dios, la gratitud adquiere todavía otra dimensión. No consiste únicamente en agradecer cuando recibimos aquello que pedimos, sino en aprender a confiar incluso cuando todavía no comprendemos lo que está sucediendo. Hay respuestas que celebramos inmediatamente y otras cuyo propósito quizá entendamos mucho tiempo después. La fe también se demuestra cuando somos capaces de agradecer en medio del proceso.
Tal vez hoy no tengamos todo lo que queremos. Quizá existan sueños pendientes, problemas que resolver y capítulos que todavía necesitan una respuesta. Pero seguramente también existen personas, oportunidades, aprendizajes y pequeños milagros cotidianos que alguna vez deseamos y que hoy hemos dejado de notar.
La gratitud no necesita una vida perfecta.
Necesita una mirada despierta.
Porque cuando aprendemos a agradecer, descubrimos algo extraordinario: quizá nuestra vida no cambió de un día para otro, pero nosotros comenzamos a verla de una manera completamente diferente.
Y algunas veces, ese es el cambio que necesitábamos.
«Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús.»
— 1 Tesalonicenses 5:18 (Reina-Valera 1960)
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