Un día, Rodolfo salió de su casa y se encontró con que había una persona durmiendo en la entrada de la casa de al lado, que estaba abandonada. Lo sintió como una invasión. Entre otras cosas, le dolía porque sentía que devaluaba su propia casa. Si en el futuro la quería vender, cosa que no estaba en sus planes, al momento de mostrarla, esta situación generaría una sensación de inseguridad y marcaría un valor diferente.

Pensando en esto es que decidió tomar el asunto con sus propias manos: le gritó enojado a la persona que dormía y la echó, amenazando con llamar a la policía.

Apenas una semana después, otra persona, o la misma, volvió a aparecer en el mismo lugar que antes. Era una entrada grande, por lo que esa imagen podía pasar desapercibida para caminantes desprevenidos. Pero Rodolfo no lo toleró, se enojó y la volvió a echar.

Esto ocurrió durante un tiempo y se fue haciendo cada vez más frecuente. Rodolfo ni siquiera tenía claro si era la misma persona. Tampoco le importaba.

Hasta que un día, al salir de casa, encontró no a una persona, sino a dos. Y esta vez le costó más echarlos y mostrar su enojo, porque si una persona sola lo atacaba, tenía chances de defenderse; con dos no era lo mismo. Sin embargo, les dijo de todo y hasta llamó por primera vez a la policía.

Durante varios días no apareció nadie, pero la realidad era muy dura y Rodolfo sabía que iban a volver. La crisis se hacía interminable, los ajustes económicos, que nos habían dicho a todos que eran tan necesarios, no parecían algo pasajero, sino una política eterna.

Y, en efecto, otra vez aparecieron dos personas durmiendo en la entrada de la casa vecina. Rodolfo estaba muy enojado y ese enojo se potenciaba por sus propios problemas, así que los insultó y hasta les tiró un baldazo de agua fría y los amenazó con volver a hacerlo si volvían.

Durante semanas nadie se animó a dormir en la entrada de la casa de al lado, pero un día volvieron a aparecer dos personas.

Impotente, Rodolfo estuvo durante todo el día pensando en qué hacer y decidió que ya no era él quien se tenía que hacer cargo del asunto y volvió a llamar a la policía.

La policía llegó, los hicieron levantarse y los «invitaron a retirarse». Como las dos personas no reaccionaron mal, simplemente los dejaron irse.

Volvieron a aparecer a los pocos días. Rodolfo mantuvo su plan e hizo que otra vez la policía se ocupe.

Pasaron las semanas, mientras los sueldos, las pensiones y las jubilaciones no alcanzaban para llegar a fin de mes, incluso a mitad de mes, y Rodolfo se fue cansando de llamar a la policía.

Se encontró un día con que ya no eran solo dos personas, sino tres. Esta situación lo hizo entrar en pánico. Se acercó a ellos, ahora de una forma mucho más humana, y les dijo: muchachos, ahora son tres, siempre hice todo lo posible para que no sean ni uno solo, pero ahora son tres y tres es el límite, es lo único que les pido.

Había otra cosa que le pasaba a Rodolfo y era que, como su propio sueldo no le alcanzaba, se fue endeudando, cada vez más y más.

Un día, su mayor miedo se hizo realidad. Mientras tres personas dormían en la entrada de la casa abandonada de al lado, llegó una cuarta. Saludó y preguntó si podía dormir en el único hueco que quedaba. Como los demás dormían, empezó a tomar un lugar.

Pero entonces, uno de los que dormía, el primero, que meses atrás había encontrado ese lugar, le dijo que no podía, porque ya eran tres, y el único arreglo que tenían con el vecino loco de al lado es que no sean más que tres.

Pero, entonces, esta cuarta persona le dice: el vecino loco de al lado soy yo.

Pasá, ponete cómodo, se escuchó.

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