La generación náufraga

La generación náufraga

J Kirilov

12/03/2021

Cada nueva generación que emerge carga en sus espaldas con la inexorable responsabilidad de ser la guía y constructora de su propio destino. La constitución de sus hombres, sus principios e ideales impregnados conforman el sostén y armazón del navío que deberá soportar las tempestades de la época.

En las memorias y testimonios de los hechos humanos denominada historia puede observarse que cada siglo lleva consigo una denominación particular, cuya etiqueta tiene relación con la magnificencia o decadencia experimentada en esos tiempos. El rótulo con el que cada cierta época ha sido envuelta, responde a la herencia histórica que la misma deja tras su fin. Este legado que es el producto de vivencias y parecencias, es algo inevitable con lo que cada nueva generación deberá toparse. Son los hombres y mujeres quienes forjan su existencia dentro de las centurias en las que se encuentran inmersos. Tanto sus decisiones y aportes como las causas y consecuencias de sus actos serán el testamento de una época por la que serán recordados.

Esta sucesión de hechos de gran significancia dentro de una línea temporal, ha contado con momentos cumbres brillantez y momentos oscuros de retroceso. Pero incluso en aquellos periodos envueltos en grandes crisis e inestabilidades experimentados a lo largo de la historia, se han podido rescatar pensamientos y creaciones de gran valía, que les permitirían a generaciones posteriores encontrar un punto de partida con el cual seguir en su construcción y desarrollo.

Es en el ocaso del siglo XX e inicios del XXI (hasta la actualidad), donde este proceso de constante devenir encuentra un punto de quiebre y discontinuidad, generándose una grieta dentro de la línea evolutiva de desarrollo. El nuevo milenio abre un abismo, donde aquella consecución histórica de años de cultura y desarrollo intelectual se ve forzada a detenerse. En su lugar emerge una nueva óptica generacional, cuya tesis principal contempla el rechazo y deconstrucción de la historia humana, y a partir de este quiebre, trazar una nueva forma de concebir el mundo.

Por primera vez en la historia de la humanidad puede verse una generación que se aleja de sus orígenes y se desentiende de los legados históricos de otras épocas. La generación actual se atribuye con la potestad de vilipendiar siglos de esfuerzo, empeño y luchas, considerándolas parte de un pasado obsoleto. En su lugar erigen nuevas significaciones y prioridades. Estas nuevas directrices pretenden convertir el nuevo milenio en una tabula rasa, suprimiendo el pretérito y desechándolo, sin ser considerado como materia importante de estudio. De esta manera, quedan enterradas en la obsolescencia aquellos pilares que permitieron constituir al hombre como un ser en constante evolución, y cuya proyección iba in crescendo.

La generación actual tiene sus propios parámetros y marca sus propias prioridades. Esto desemboca en una brusca transvaloración, donde los consensos y acuerdos que fueron producto de años de elaboración terminan siendo suprimidos por los nuevos aires de falsa autosuficiencia de esta época. Esta falsa y errada ilusión de suficiencia pretende destruir aquellos valores y conceptos que han permitido establecer un orden sistemático. Este modelo de convivencia que, a pesar de no ser perfecto, permitió instaurar un equilibrio social, producto de años de ajustes.

Las primeras fragmentaciones que va sufriendo este orden —y que son ocasionadas por la actual generación— están generando no solo un escenario de gran hostilidad, sino la apertura de un discurso que pregona un libertinaje destructivo, junto con el desmoronamiento de todos aquellos contratos que han sabido sostener a la humanidad incluso en la total barbarie. Destruidos los pactos de siglos de consistencia y perfeccionamiento, y sin saber con qué suplantarlos, la actual generación padece de una grave crisis identitaria. Son forasteros dentro de su propio mundo, sin saber de dónde vienen y sobre todo hacia dónde van.

El segundo milenio carece de una identidad férrea y característica. Al rehusarse a conocer su historia y orígenes se encuentran en un constante estado de extravío, flotando a la deriva y tratando de encontrar una imagen representativa. El hecho de no poseer un arraigo histórico que le sirva de sostén y norte la convierte en un objeto errante, sin órbita y sin destino fijo.

La vacuidad de estos tiempos representa un gran peligro, ya que ese vacío experimentado es susceptible a ser llenado con contenidos para nada constructivos. Al acecho se encuentran corrosivas ideologías y credos capaces de manipular masas y utilizarlas a su antojo. De este tipo de hechos ya hemos sido testigos, pero esta generación, al sufrir de una amnesia histórica, es muy proclive a repetir consecutivamente errores del pasado.

Todo aquello que no se amolda a la óptica generacional es catalogado como opresivo y ofensivo. Este es el lema del cual se aferran hombres y mujeres desesperados por encontrar una representación que les permita encajar y mermar el agobiante sentimiento de extravío que experimentan. El consuelo que encuentran en el imaginario de que son oprimidos por un entorno, los hace adoptar la ilusoria idea de que existe un sistema que atenta contra ellos. Emerge de esta manera «la falsa revolución», donde grupos extremistas enrolan en sus filas individuos frágiles y resentidos, capaces de dar la vida por un «nuevo mundo» que sin importar las consecuencias y los medios, debe imponerse por sobre el actual.

Rezagados sociales, excluidos y gente con la moral baja, son los discípulos ideales de estos movimientos, que lejos de buscar soluciones a hechos de injusticias o irrespeto de derechos, llenan las mentes susceptibles de estos individuos distorsionando la realidad y adecuándola para sus beneficios. Se forjan de esta manera personas llenas de odio y sin tolerancia alguna, incapaces de razonar por sí mismas y convirtiéndose en simples peones que cumplen una agenda.

La «falsa revolución» pretende trazar su dominio bajo la premisa del divide y triunfarás. Sus medios y mecanismos para lograr instaurar su plan contemplan un constante ambiente de hostilidad y conflictos por medio de la guerra de sexos, el racismo y la lucha de clases sociales, buscando la fragmentación y posterior destrucción de la sociedad.

El alcance de estas peligrosas ideas ha logrado expandirse hasta lugares de preponderancia y poder de decisión. Lo que pertenecía a pequeños grupos aislados ha terminado por instalarse en estructuras con gran poder coercitivo dentro del aparato social. La política se ve cada vez más infestada por este nuevo credo, forjando líderes y nuevas articulaciones, otorgando mayor alcance a sus ideas. Con el trascurrir de los años no ha de sorprender que el radicalismo se vea fortalecido, buscando alcanzar otros estratos y permitiéndoles poco a poco revestir de normalidad sus prácticas.

Etiquetas: filosofía sociología

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