El encarcelado que encontró por Hermosa la pequeña flor Amarilla que adornaba su prisión. Pequeño vinagrillo que reposaba sobre uno de los barrotes, sobreviviendo con el diminuto cúmulo de polvo que había ocasionado el limar de su celda, encontrando en él la fuerza suficiente para desplegar tan hermosos pétalos dorados. Aquella sutil compañía le recordó un agradable sabor, algo que yacía olvidado, un tinte de comodidad y alegría, quizás un aroma primaveral que encarnaba un leve principio de amor. Cuantas noches, como se sucedieron los días que lo eterno se transformó en olvido? Era inevitable un aislado pensamiento de vivir que se transformaba pacientemente en desesperación, intentando recordar porque estaba en prisión.
No hay carceleros, no hay más prisioneros, nunca los hubo, solo una puerta sellada. Que significaba tanta ausencia?. Significaba que la celda era propia y la llave siempre se mantuvo en su bolsillo, significaba que por miedo se encerró y con motivos olvido, hasta que aquel atrevido vinagrillo germino y con él rebroto lo esperanza y los sentimientos, creció la idea de que había una pradera de flores amarillas y se extendió la ilusión de que la primavera nunca término.
Con llave en mano, un suave silbido y una sola mirada se desvanece detrás de la cortina de plata que se encuentra más allá del umbral de la puerta, soñando con el paraíso de luz que del otro lado lo espera.
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