LA EXPULSIÓN DEL PARAISO

LA EXPULSIÓN DEL PARAISO

Raulito

09/09/2023

LA EXPULSIÓN DEL PARAÍSO

Lo citaron para las ocho de la mañana. Del teléfono fluía una voz suave y amigable, una de esas voces que no gritan porque no lo necesitan. Sin embargo, el maestro —por entonces director de la escuelita del cerro—, aunque no había motivos visibles para temer, sintió desconfianza. No de la citación, sino de la dulzura con que había sido pronunciada.

Esa noche durmió poco y mal. Según la lectura de los sueños, el anuncio era nefasto. Soñó con lombrices gigantes removiendo la tierra del alto, la tierra negra y fértil donde estaba la escuela, como si alguien quisiera desarmarla desde abajo.

Al salir hacia el complejo ministerial, el librito amarillo incrustado en la visera parasol de la camioneta le pidió ser leído. «Oh Jesús sacramentado, enemigos veo venir; la sangre de tu costado de ellos me ha de cubrir…» Leyó y repitió la oración durante todo el descenso, mientras dejaba atrás el cerro, la escuela, el aire limpio y ese silencio que allá arriba enseña tanto como los libros.

En la puerta del ministerio dijo:

—Vengo porque me han citado.

La recepcionista tomó los datos, pidió que espere unos minutos y luego le indicó que la siga. Mientras avanzaba por pasillos largos y fríos, pensó también en el gato negro que se les había cruzado de izquierda a derecha, el chofer había dicho que eso traía mala suerte.

No hay motivos para sentirse así, se dijo, aunque su cuerpo pensaba lo contrario.

El chirrido de unas bisagras sin lubricar lo sacó de sus cavilaciones. La puerta se abrió y quedó frente a quienes, desde ese instante, serían sus jueces.

Una de las mujeres se levantó y lo saludó con un beso. Sintió alivio. Mucho tiempo después entendería que había sido el beso de Judas. La otra mujer, de mayor jerarquía, lo saludó desde su asiento. El director, jefe de ambas, le extendió la mano desde detrás del escritorio. El maestro la estrechó y tuvo la sensación de tocar un sapo, o un murciélago. Retiró la diestra con rapidez. No había causa para sentir aquello, pero ese hombre le provocaba náuseas con solo escucharlo.

—Háblenos de los hechos del veintitrés de marzo —dijeron.

El maestro relató todo con precisión: los horarios que aún no corrigieron los supervisores y que por eso no lo cumplen los maestros, la comida que no llegaba hasta la escuela y que había que colaborar, los niños con hambre, el proveedor que se quedaba con la mitad, las horas robadas al descanso para que en la escuela —allá arriba— nadie se quedara sin pan ni enseñanza.

El hombre se agarraba el mentón, miraba a las mujeres.

—Hay que subir —decía—. Hay que subir a ese lugar.

Cuando lo decía, de sus ojos pequeños salía un destello que no era admiración. La reunión terminó sin despedidas. Le pidieron que espere afuera. Media hora después se abrieron las puertas del ascensor y apareció la mujer de menor rango, con el libro de actas bajo el brazo, como si cargara nuevas tablas de la ley.

—Hemos decidido apartarlo del cargo y cancelar su designación.

—¿Cuáles son los motivos? —preguntó el maestro.

—Ley 26.465, violencia de género. Ley 13.168, violencia laboral —recitó, con un orgullo extraño.

—Pero eso no está probado —alcanzó a decir el maestro tímidamente.

Quien en ese momento se balanceaba como un espantapájaros azotado por el viento frío. Sintió que las piernas no lo sostenían y, antes de pedir que su Pachamama se lo trague, una voz —antigua, sin garganta— habló dentro suyo:

—¿Cuál es tu delito?

—No lo sé —respondió.

—Tu delito fue cuidar el jardín —dijo la voz—.

—Tu delito fue brindar la mejor educación a los niños —Continuó la voz . Tu delito fue hacer que todo el personal trabaje. Tu delito fue pretender que esa escuela fuera la mejor de la región. Tu delito fue lograr que a maestros, niños, porteros y alberguista no les falte comida. ¿O ya te olvidaste de que se morían de hambre porque el proveedor se quedaba con la mitad? ¿O te olvidaste de la hambruna y la exclusión de marzo? Por eso hiciste lo que hiciste: sacrificando horas de descanso. Para vos no hubo feriados. No conociste la fatiga. Abandonaste a los tuyos por pensar en los demás. —Y ahora no me vengas con que te vas a rendir ante la injusticia Levante ese ánimo. Haga honor a tu estirpe, a los cinco siglos de resistencia, y sea como el cardón y muera de pie —concluyó la voz—.

El maestro tomó la birome. Miró a la mujer que sostenía el libro de actas, a la que había subido dos veces al cerro, a la que había visto a los niños comer en silencio y en un espacio desagradable, a la que sabía todo y aun así eligió no recordar.

—Voy a firmar en disidencia —dijo.

No alzó la voz. No explicó nada. Firmó despacio, como quien deja una marca en la piedra. Cuando salió del edificio, el aire le pareció ajeno, espeso. Bajó los escalones sin apuro. No miró atrás. Sabía que ya no volvería a ese despacho, como tampoco volvería al paraíso.

Mientras se alejaba, comenzó a silbar una copla antigua, aprendida de su madre, cuando todavía no sabía leer ni escribir. Una melodía que no figuraba en ningún acta, que no necesitaba firma ni sello.

Aquí está el yoscabeñito,

cancha lo quieren hacer…

El silbido se perdió entre el ruido del tránsito. Arriba, en el cerro, la escuela seguía en pie, rodeada de alisos y pinos, esperándolo.

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