En una ocasión me encontré con un pensamiento que llevaba muchos años pensándose. Su principal reflexión, según me dijo, giraba en torno a sí mismo. Se preguntaba por su historia personal, que, a pesar de habérselo propuesto muchas veces, no conseguía que dejara de parecerse a la de muchos.
Me contó que una mañana, cuando se disponía a iniciar su reflexión habitual, se encontró ante una experiencia que había tenido con su madre cuando él tenía unos cuatro meses de gestación.
Lo interrumpí con una pregunta. La respuesta que me dio todavía me hace pensar.
Me aseguró que no estaba recordando nada. Simplemente estaba viviendo, en aquel momento, algo que hasta entonces desconocía, pero que su madre había vivido junto con él, con la certeza de que algún día llegaría a enterarse por sus propios medios.
Fue enfático al decirme que su madre no había vivido aquella experiencia para él. Ella apenas había vivido la que le correspondía. Sin embargo, allí estaban los dos, de hecho, aunque solo ella lo estuviera de derecho.
Según le había contado su madre, aquella experiencia consistió en una patada que ella recibió del padre de él.
—No puedo confirmar lo que me contó mi madre, ni nada de aquella época. Sospecho que todo aquello me encontró sumido en un profundo sueño. No me di cuenta de nada.
Ahora sospecho que algo muy grande debió de haber ocurrido entre mis padres y conmigo. Aquí estoy, sin saber el qué, el cómo ni el porqué de esta reflexión sobre una experiencia que, siendo mía, no lo fue, pero que tampoco puedo negar.
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