Carmesí
Estaba tirada en la esquina de aquel cuarto, tenía un aspecto lúgubre que solo era iluminado por una tenue luz, en el centro de la habitación había un comedor que era adornado con un sencillo mantel blanco, toda la comida que aparentemente en algún momento fue un banquete estaba al menos en la primera etapa de putrefacción, no sería capaz de describir el olor con otra palabra que no fuera nauseabundo; el resto del cuarto solo tenía unos cuadros que no eran muy visibles por la limitada iluminación del lugar y unos sofás de tela desgastada; todo se veía con colores opacos.
Solo había dos asientos en ese comedor, ambos con platos y cubiertos que estaban limpios, la más próxima a mí tenía una copa de vino tinto casi destruida, el líquido en su interior se veía color sangre vibrante por algunos pedazos del cristal que había dentro; la copa del otro asiento estaba rota también, pero sus cristales habían sido pegados con mucha delicadeza, sin embargo, aún goteaba el líquido de sus cicatrices. Me senté en la silla de la copa medio destruida, escuché un chillido frente a mí, un hombre se sentó en la silla que quedaba en el comedor.Entabló una conversación sobre los miedos: “¿Cuál es tu mayor miedo?”. Dijo mientras tomaba los cubiertos y empezaba a servirse de aquella putrefacta comida, su voz era gruesa y rasposa, me daba escalofríos, hizo que tragara en seco. Sus ojos eran de un verde casi cristalino, sentía que atravesaban mi cuerpo y tenían vista directa a mi alma, desnudándola por completo, revelando mi miedo más profundo… Caer en las redes de la locura. Tú no podías estar aquí, yo me encargué de eso, temía estarme volviendo loca. “¿Tú quién eres?”
“Yo soy su alma vagante que esperará por ti aquí, para acompañarte en tu martirio eterno, esta habitación es tu mente y estas copas… estas copas muestran lo rota que estabas por dentro, me encantaría poder rasgar tu garganta… espero que disfrutes tu estadía en el hermoso lugar que es tu mente, disfruta la copa medio destruida”. No podía estar hablando, yo me había encargado de eso, me dio la más dulce de las sonrisas, justo con la que me gustaría recordarlo, en vez de esa mueca de miedo y ojos vacíos. El ambiente se puso más tenso, mi garganta ardía por la incertidumbre y el miedo, tomé un trago de la copa medio destruida, sin destello de la delicadeza que me caracterizaba, sentí que el cristal me cortaba la garganta, tiré la copa destrozándola por completo contra el piso, caí mareada, todo se volvió rojo y doloroso.
Me costó unos minutos volver a ubicarme, me despertó el olor que invadía mis fosas nasales. Pude ver que estaba acostada en uno de los sofás de mi sala, tenía la tableta de mis antidepresivos en mi mano, o bueno, al menos la mitad, la otra mitad estaba sumergida en la copa de vino que volví a pegar ayer, justo como en mi pesadilla, la copa lloraba el líquido por sus cicatrices. Me alegra saber que aún lo puedo ver, así sea en mis pesadillas, preferiría estar en estado de esquizofrenia catatónica solo para volver a ver sus profundos ojos verdes, y tomarme la última copa, antes de que yo cortara tu garganta con la copa medio destruida. Caminé hacia el comedor, aún seguía tu cadáver ahí, con la expresión vacía con la que te había dejado, el blanco del mantel estaba manchado de color carmesí gracias a la cortada de al menos 4 centímetros de profundidad. Fue allí que entendí por qué tú no tomaste de la copa medio destruida en mi sueño. “La próxima vez que me visites en mis pensamientos, trae flores para que mi alma perturbada sea calmada por tu amabilidad en vez de un bufé en putrefacción, sería un detalle”. Dije mientras acariciaba el cabello de tu cuerpo inerte. Fui por mi copa medio enmendada, y tomé de un solo trago lo que contenía: vidrío, una cantidad mortífera de antidepresivos y vino tinto.
Mi casi inexistente estabilidad emocional se fue al caño junto con tu sonrisa, la cual yo te arrebaté en un ataque de inseguridad enfermiza, si yo no era perfecta para ti ¿serías capaz de conseguir a alguien más que sí lo fuera?, juro que no fue mi intensión romper la copa y rasgar tu garganta contra el vidrio, es que yo no podía obligarte a beber de la copa medio destruida conmigo, no podía obligarte a hundirte en la miseria conmigo, a que me dijeras con palabras que me amabas de la forma en la que yo lo hacía, pero sí podía obligarte a estar conmigo, no fue la manera más ética, pero ahora estaremos solitariamente felices; yo solo quería ser feliz, dejar atrás mi paranoia, no es mi culpa que las voces me dijeran que ya no me amabas, yo solo quería que fuéramos tú, yo, y un par de copas.
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