En Benbutton la gente no espera el futuro. Se quita de encima el pasado como quien se limpia el barro de las botas. Olvídate de relojes mágicos o destellos de luz. Aquí el tiempo se mide en la mugre. Las fachadas de las casas empiezan negras, cubiertas de un hollín grueso y grasiento, y con los años el viento las va limpiando hasta dejar la piedra desnuda y blanca.
Además, los cementerios son lugares ruidosos, la tierra se remueve con palas toscas y de las fosas sacan a tipos con cara de espanto que luego caminan encorvados, tosiendo tierra, directos a la taberna a ahogar el susto en aguardiente.
Es un sitio idóneo para los desahuciados, pero el truco es agotador.
Llegas viejo, con las rodillas molidas y los dientes picados. Cada mañana te levantas con un dolor menos, pero el precio es la memoria. Te pasas el día desandando peleas, devolviendo insultos que ya no sientes y desabrochando camisas de amantes cuyo nombre estás a punto de olvidar.
Cruzarte con alguien en la calle es incómodo, sabes que esa persona te amó con locura ayer, pero hoy te mira con la indiferencia helada de un desconocido.
Benbutton no cura las heridas. Las borra cerrándolas en falso. Te marchas de allí siendo alguien con la piel lisa y los ojos limpios, pero con la sospecha terrible de que has vendido tu historia a cambio de un par de pulmones nuevos.
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