Capítulo 4 – Movimiento en la biblioteca
—Todos los datos que tenemos del gran templo están guardados en la sección de historia de la ciudad —le informó Elara a Darrak, quien estaba sentado frente a su escritorio— ¿Tiene alguna razón en particular para solicitarlos?
—Solo quiero estudiar a fondo su diseño y las técnicas usadas en su construcción —respondió el enano—. Cualquier detalle podría ser importante, más aún cuando se trata de un edificio tan antiguo.
—Por supuesto, encontrará todo lo que tenemos al fondo del pasillo al salir de mi oficina ¿Necesita que lo guíe?
—No hace falta, con lo bien organizado que tiene este lugar, no será difícil orientarme —se levantó de su asiento para salir del despacho—. Gracias por su ayuda, jovencita.
La Maestra escribana también se levantó de su escritorio, y empezó a caminar entre las estanterías, buscando en la sección de historias de artesanías algún ejemplar que llamara su atención. Su interés por aprender sobre las obras hechas en telas había incrementado tras su paseo por el mercado hacia tan solo unos días. Aunque no fue precisamente un evento de tanto provecho como ella esperaba, pues cuando finalmente se atrevió a acercarse a preguntar se quedó completamente muda. Por suerte Catelyn estuvo ahí en todo momento y fue quien terminó por hablar en su lugar. La Maestra Mercader lo hacía ver como si fuera lo más fácil del mundo.
Al regresar con un libro con ilustraciones de obras hechas en seda, el silencio seguía tan habitual como siempre. Aunque algunos susurros podían oírse entre las repisas por parte de los lectores que se hallaban ahí. Elara, con sus orejas de punta, tenía unos oídos tan sensibles como los de un zorro, y podía escuchar las voces que murmuraban en el aire. Esa era también una de las razones del porqué gustaba tanto de los lugares silenciosos.
Dos hombres sentados en una mesa discutían sobre las noticias que les habían llegado desde el sur.
—¿Cuánto tiempo crees que pasará antes de que los lideres estallen?
—Si ese lord idiota sigue haciendo de las suyas en el puente, en menos de un año empezarán las represalias.
—Creo que no ha dejado pasar a varios de los mercaderes que provienen de los dominios de Lady Elizabeth ¿Acaso quiere que todo vuelva a ser un caos?
—Es difícil saber lo que piensa un noble mimado como ese, de seguro cree que puede hacer lo que quiera sin consecuencias.
La Maestra Escribana escuchaba con atención, sabía que esta información podía ser relevante para el consejo. Pero no se atrevía a preguntar por sí misma.
Aunque los rumores de los conflictos en esa parte del reino ya eran conocidos, el hecho de que incluso la gente común hablara al respecto le daba más verosimilitud. Así que tomó la pluma y se preparó para tomar nota de lo que estaba escuchando.
Pero su concentración se vio interrumpida abruptamente por un chirrido proveniente desde la entrada, como si arrastraran algo de gran peso.
—¡Elara, tienes que ver esto, es verdaderamente genial! —resonó una voz conocida.
Se levantó de su escritorio para acudir al llamado del visitante. No le sorprendió encontrar a Adrik esperándola, siempre que se le ocurría alguna idea acudía a la biblioteca.
El ruido repentino hizo que muchos lectores levantaran la mirada, visiblemente molestos, y los dos hombres que murmuraban se retiraron del lugar. Elara llevó un dedo a sus labios.
—No grites en la biblioteca, Adrik— le reprochó en voz baja mientras—. Ahora mismo estoy ocupada ¿Qué sucede?
El joven herrero se plantó frente a un enorme estante de más de dos metros de altura, haciendo una reverencia dramática mientras sonreía orgullosos.
—Maestra Escribana, le presento el futuro de la organización bibliotecaria, ante usted se encuentra el primer prototipo del moderno librero móvil de Adrik.
Elara parpadeó un par de veces antes de hablar.
—“librero móvil de Adrik” —repitió, con una pizca de gracia en su voz—, es otro de tus inventos ¿verdad?
—¡Sí!, y está completamente equipado, observa.
Hizo girar una manivela ubicada en el costado del estante y unos sistemas de engranajes se pusieron en movimiento, las repisas empezaron a moverse de forma vertical, todas al mismo tiempo con parsimonia. Cuando llegaban al nivel más bajo retrocedían al interior del mueble y empezaban a ascender con igual gracia, manteniendo siempre el mismo número de repisas visibles.
—Con esta preciosidad ya no necesitarás escaleras ni taburetes, alcanzar los niveles más altos nunca ha sido tan sencillo —dijo inflando el pecho con una sonrisa orgullosa.
Ella inspeccionó el artefacto, no estaba segura de qué responder.
—Es… interesante. Utilizaste transmisión mecánica ¿verdad? Imagino que debe tener un sistema de engranajes acoplados a una cremallera interna. Sincronizar los dientes del mecanismo debió ser una tarea difícil.
—¿Como lo supiste? —le preguntó asombrado.
—Había leído sobre los montacargas de la ciudad de Amartir, como está escalonada en una gran meseta, implementaron esos elevadores para facilitar el transporte entre ambas partes. Nunca creí que vería algo así en un librero.
—Y yo que pensaba que sería una sorpresa… —Comentó Adrik un tanto decepcionado— aun así, creo que es un invento increíble. Piensa en todas las utilidades que puede tener: se ahorrarán tiempo, accidentes y tendrán una mejor organización, es un ganar por ganar.
Elara continuó examinando los engranajes con creciente interés. El joven herrero, incapaz de contenerse, insistió.
—Vamos, admite que es asombroso. Solo un poco de reconocimiento. Sé que estás impresionada con lo brillante que soy… —hizo una breve pausa, suavizando su expresión — Además, la idea se me ocurrió cuando te vi con dificultades para alcanzar un libro que estaba muy alto, forcejeaste con ese taburete un buen rato —dijo soltando una carcajada.
Un rubor coloreó las mejillas de la escribana. La imagen de sí misma torpemente intentando subir al taburete cruzó su mente. Se preguntó cuántas veces los aprendices la habrían visto así.
La energía sin límites, y el ímpetu del Maestro Herrero eran abrumadoras, sobre todo para alguien que estaba acostumbrada a la tranquilidad.
—Es practico… —dijo en voz baja— Y admito que puede ser útil para los escribanos de menor estatura. —Entre ellos también estaba incluida ella misma. Seguía escrutando el artefacto de arriba abajo, viendo el complejo sistema que movía las plataformas.
Algunos de los lectores que se encontraban cerca empezaron a mirar con curiosidad, pero seguían manteniendo su distancia. Ya conocían la fama de los inventos de Adrik, y sabían que era prudente verlos desde lejos. Al menos hasta que ya se probaran a cabalidad.
—¿Pero de verdad crees que sea seguro? —preguntó Elara, quien parecía haber captado la inquietud de los presentes —no me gustaría tener problemas en la biblioteca, ya de por si mantener el orden entre miles de libros es una tarea difícil. —levantó ambas manos, intentando sonar amistosa— no digo que este mal, la idea me gusta, pero necesito que respondas con sinceridad por favor.
Adrik se dispuso a hablar, pero antes de que pudiera si quiera abrir la boca, una tercera voz le interrumpió
—¿Qué demonios es esa cosa? —tras ellos la fornida figura de Darrak se hizo presente— De manera que ese fue el ruido hizo que todos despertaran, ni creas que te voy a permitir causar desorden en este lugar.
—Es el nuevo invento de Adrik, un estante con repisas móviles —le se apresuró a informar Elara con un dejo de entusiasmo.
Darrak observó el aparato con ojos inquisitivos.
—¿Y ya explotó?
—¡No explota! no que yo sepa al menos… —Aclaró rascándose la cabeza —Le he hecho varias pruebas y hasta ahora ha funcionado bien
—Aja ¿Y de qué material está hecha? ¿Es madera de abeto lo que veo ahí? Esa madera es muy endeble ¿Ya la probaste con los grimorios más antiguos y pesados? —Se acercó al artefacto, inspeccionándolo con ligeros golpes de sus nudillos— Eso suena como latón, ¿usaste latón para el armazón del mecanismo? Ese material no soporta mucho peso y es muy proclive a dañarse con el uso ¿lubricaste los engranajes? Si no lo hiciste la corrosión los convertirá en polvo en cuestión de días.
Adrik guardó silencio un instante, su sonrisa ya no era tan prominente como antes.
—Bueno, es que al principio quería probar su funcionamiento, por eso no le di tanta importancia a la calidad del material, no iba a gastar lo más caro en un prototipo.
Darrak entrecerró los ojos.
—Claro, eso debió ser —se volvió hacia Elara—. Se lo advierto, jovencita. Si pone esa cosa en esta biblioteca, hará que se transforme en un circo de escribanos cayéndose y libros que vuelan por todas partes —devolvió su mirada hacia el Maestro Herrero—. Y tú, mejor quita esa cosa de este lugar antes de que se rompa.
El joven apretó los labios en señal de reproche, pero Elara levantó una mano con timidez.
—Maestro Darrak, la idea de Adrik es legítimamente buena, con ella podríamos ahorrar mucho tiempo y accidentes si se hace bien, ya que usted es el experto en materiales ¿por qué no le ayuda a mejorarla?
El enano bufó.
—No tengo tiempo para tratar con juguetes…
Ella dio un paso hacia él, hablando con gentileza.
—Por favor. Si usted ayuda, el invento podría quedar excelente, y con eso estaría contribuyendo a esta biblioteca. Sé que usted respeta mucho este lugar, por eso estará encantado de verlo progresar… ¿verdad?
Se quedó pensativo unos momentos, finalmente su semblante se suavizo apenas.
—Está bien, pero lo hago únicamente por tratarse de usted, joven Elara, si de verdad cree que esto es útil entonces confiaré en su palabra.
Adrik sonrió con entusiasmo.
—¡Entonces a trabajar! Esto será sin duda un nuevo paso para la optimización y la eficiencia.
Darrak sacudió la cabeza, pero no había enojo en su rostro.
—Los jóvenes y su obsesión con la eficiencia, pronto aprenderán que la paciencia siempre trae mejores resultados.
—Lo que tu digas, viejo —Le respondió, riéndose.
Elara les observó marcharse, entre ambos levantaron el estante por lo que ya no se hizo ruido cuando se lo llevaron. Recordó a los hombres que murmuraban antes de la llegada de Adrik, puede que los conflictos en el reino siguieran ahí, pero también sabía que había gente que estaba dispuesta a hacer la lucha por ayudar. Por hacer que las cosas mejorasen, aunque sea en aspectos pequeños como un problema con un taburete.
Capítulo 5 – Construyendo acuerdos
El Distrito Comercial jamás descansaba en actividad. Los mercaderes pregonaban sus productos, mientras los niños, con los pies descalzos y el cabello desordenado, jugaban de forma frenética y sin preocupaciones. Lo que incrementaba aún más la sensación de caos y vida.
Catelyn saludaba a quien se cruzase, moviéndose entre los diferentes puestos con su característico andar elegante. La Maestra Mercader se manejaba con altivez, cerrando acuerdos con la ligereza de quien pasea por simple entretenimiento. Nada parecía sorprenderla, nada, excepto lo que vio acercarse a la distancia, una figura poco usual en esos lugares que rompía por completo con la visión rutinaria que esperaba para ese día.
Darrak caminaba entre la multitud sin perder el ritmo. A pesar de su baja estatura el enano destacaba notablemente, su mandil de cuero y sus herramientas colgando de su cinturón le daban una apariencia vistosa. El mal olor que impregnaba el lugar, producto de la suciedad de las tiendas del mercado y de la gente aglomerada, avivaba su disgusto por estar ahí.
—Vaya, vaya —dijo Catelyn— ¿Qué tenemos aquí? El gran Maestro Constructor se mueve con aire señorial entre los plebeyos.
Darrak llegó a su encuentro con gesto adusto, evitando su mirada al hablar.
—Catelyn… necesito el mármol.
—Perdón ¿Cómo dices? —Le respondió poniendo una mano sobre una oreja e inclinándose con fingida confusión— Voy a necesitar que lo digas de nuevo.
—Ese mármol que me ofreciste hace unos días, lo voy a necesitar —aclaró mientras alzaba la mirada con ojos molestos.
La mercader se irguió con una sonrisa juguetona.
—Esa oferta te la había ofrecido con todo mi cariño, pero ¿Cuál había sido tu respuesta? “No necesito esas cosas, son caras e inútiles”—Dijo imitando su voz grave, para luego llevarse una mano al pecho con exagerado dramatismo— Rompiste mi corazón, querido.
—Deja jugar y dime de una vez si puedes conseguirlas, no quiero perder más tiempo en este lugar —gruñó mientras arrugaba la nariz.
Catelyn jugueteó con una moneda entre sus dedos, comenzaban las negociaciones.
—No te impacientes, querido. Sabes que las ofertas siempre tienen fecha de caducidad. Si no, no serían ofertas en primer lugar. Me temo que las cosas ya no son tan sencillas en esta ocasión.
—¿Puedes conseguirlas sí o no? —Darrak ya empezaba a perder la paciencia.
—Claro que puedo —respondió con naturalidad— pero el precio ya no será el mismo. Las mercancías están más lejos esta vez, tendré que ponerme en contacto con mis socios más allá del mar del sur. Pasando por los dominios de Lady Elizabeth y luego por el paso del Tarnavel, no será una tarea sencilla.
—¿Qué tan más caras?
—El doble.
Abrió mucho los ojos al escuchar la respuesta, como si lo que acababa de oír fuera una herejía.
—Para eso mejor me decías que no podías conseguirlas. No voy a pagar tanto por esas dichosas piedras. Solo las quería porque son bonitas y duraderas, pero puedo trabajar perfectamente con la piedra común. Además, todavía tengo que lidiar con el cabeza dura de Adrik.
—Déjame adivinar, otro invento que te exaspera ¿verdad?
—Sí, pero ya acabaré pronto con eso—miró hacia el centro de la plaza —tengo un proyecto mucho más grande en mente.
Catelyn inclinó la cabeza con curiosidad
—¿En qué estás trabajando ahora?
—El gran templo ya se ve deteriorado por el paso del tiempo. Pensé que sería bueno darle una remodelación, y qué mejor para ese lugar que el bonito mármol blanco. Pero si no se puede, trabajaré con las baldosas de siempre —Se volteó para marcharse, pero la voz de la Maestra Mercader le hizo detenerse. Aquel santuario había sido testigo de los momentos más importantes del reino: coronaciones, tratados de paz, funerales reales. Incluso ahora, con el linaje monárquico extinto, sus vitrales y columnas erosionadas seguían inspirando respeto. Para muchos, era un símbolo de lo que aún podía salvarse.
—Espera, querido. Aún no he terminado contigo —guardó la moneda nuevamente en su bolso—Ver ese monumento arquitectónico nuevamente en su esplendor será beneficioso para todos, seguramente más gente vendrá de otros lugares para verlo, y donde hay gente, hay negocios. Por supuesto que te ayudare a conseguir ese mármol.
Él la miró con suspicacia, siempre había algo más cuando se trataba de ella.
—¿Y qué quieres a cambio? —preguntó con tono serio.
—Nada importante, algo sencillo, un pequeño favor que no supone ningún problema para un constructor habilidoso como tú. Si quieres ese mármol, simplemente tendrás que reconstruir el antiguo almacén ubicado al este de los muelles.
—¿Te refieres a esa ruina deteriorada que está más llena de ratas que de anaqueles?
—Un desafío ligero para alguien que planea remodelar un templo ¿no crees?, además si ese almacén vuelve a estar en funcionamiento, el flujo de productos desde nuestras rutas marítimas del oeste aumentará. Estoy segura que incluso a ti te gustaría ver más prosperidad en esta ciudad. ¿Qué dices, Maestro Constructor? ¿cerramos el trato? —Extendió su mano adornada con anillos de oro.
El enano permaneció pensativo por unos momentos, ese condenado almacén sería una molestia, pero la idea de contar con un recurso tan valioso era demasiada buena como para dejarla pasar.
Un grupo de niños vestidos con harapos pasó corriendo a su lado, les siguió con la mirada unos instantes, antes de que desaparecieran entre la multitud. Su deseo de ayudar a las personas de esa ciudad era fuerte, incluso más que su propio orgullo. Recordó cuando, años atrás, él mismo había trabajado en los adoquines para ampliar esa plaza. Entonces, la ciudad parecía tener un destino claro, una corona, una unidad. Ahora todo parecía incierto. Pero quizás, pensó, era justo esa incertidumbre lo que ofrecía una oportunidad para construir algo mejor.
—Lo haré si me los dejas al precio original.
Catelyn seguía con su misma postura y simplemente asintió. Un gesto sin adornos era sospechoso tratándose de ella, pero ya no había marcha atrás.
Así que finalmente extendió su mano callosa para estrecharla. Los gruesos dedos del Maestro Constructor contrastaban notablemente con los finos y delicados dedos de la Maestra Mercader, quien sonreía con picardía. Las negociaciones aún no habían terminado.
—Pero para sellar nuestro nuevo acuerdo hay una última cláusula que debes cumplir—Dijo con aire triunfante.
—¿De qué se trata? —masculló Darrak con fastidio.
—Tienes que decir en voz alta “Catelyn, linda, hermosa. Tú tenías razón y yo estaba equivocado”
—Ni en un millón de años—resopló, negando con la cabeza y cruzando los brazos.
—Bueno, supongo que podrías conseguir el mármol en otro lugar, pagando mucho más y obteniendo menos, pero lo vale con tal de no admitir un error ¿verdad? —mofó, moviendo la cabeza con fingido pesar.
Darrak bufó una vez más, pero esta vez sus hombros bajaron con resignación.
—Tú tenías razón y yo me equivoque… ¿Contenta?
—Con eso basta, querido —respondió asintiendo para sí—. Con eso basta.
Capítulo 6 – Una propuesta inesperada
Enormes carretas entraban a la ciudad, tiradas por grandes uros de pelaje negro, bestias cornudas y de extraordinaria fuerza. Sus pezuñas golpeaban el suelo como martillos de guerra, y sus bufidos se escuchaban a la distancia mientras avanzaban por la calle principal. Eran más grandes que un toro y el doble de temperamentales. Los conductores les guiaban con calma extrema, no querían alterarlos. La mercancía que transportaban era de muy alto valor: pesados bloques de mármol que reflejaban la luz del sol del medio día como si fueran faroles encendidos.
Avanzaban con paso lento pero constante hacia la plaza central de la ciudad, donde el gran templo aguardaba. Darrak ya se encontraba en el lugar, dando indicaciones a sus hombres. Las carretas se aparcaron cerca de unas grúas que habían sido armadas para descargar la pesada mercancía.
—Con cuidado, no las levanten tan rápido, aseguren el contrapeso de la grúa antes de mover las poleas. Utilicen cuerdas de sisal no de lino. ¿Se fijaron si los engranajes estaban lubricados? No deben estar oxidados o cederán ante el peso —instruía, alzando la voz con precisión— Ahora bájenlo sobre las plataformas, muy ligero, que no golpee al caer.
Los trabajadores le obedecían sin cuestionar. Su palabra traía el peso de la experiencia , propia de alguien que ha empeñado toda su vida a su trabajo.
Catelyn se acercó a la plaza, observando con curiosidad a los obreros mientras hacían su labor. Caminó hasta donde estaba Darrak, quien inspeccionaba los bloques de más de tres metros de altura que ya habían sido descargados. Los tocaba con ambas manos, casi como acariciándolos.
—Son perfectos…—murmuró con una voz calmada y reverente.
—Yo siempre cumplo, querido. Pero… ¿era necesario pedirlos de ese tamaño? ¿no habría sido más fácil en bloques más pequeños?
—¿Estás bromeando, mujer? Por supuesto que es necesario. Solo así puedo trabajar libremente con ellos, ya tengo en mente un sinfín de usos, y puedo moldearlos a mi voluntad. Si necesito bloques más pequeños yo mismo los haré.
Ella sonrió de un lado mientras llevaba una mano a su cintura.
—Es raro verte tan entusiasmado, viejo gruñón. Ahora pareces un niño con un juguete nuevo.
El Maestro Constructor se volteó, y bajo su barba parecía asomarse el esbozo de una sonrisa, aunque no llegó a concretarse.
—Cuando veas los resultados sabrás lo que este “niño” puede hacer. Tú solo ten paciencia, este templo relucirá tan esplendoroso como en sus antiguos días de gloria.
Posó su mirada en el edificio, enorme e imponente. Pero apagado, con grietas y desgaste, las reconocibles marcas dejadas por el implacable paso del tiempo. Aquel monumento arquitectónico había sido parte de su inspiración, antes de volverse maestro del gremio. Lo veía como un ejemplo de lo que los artesanos y constructores eran capaces de hacer. Su cimborrio se alzaba majestuoso, coronado con una cúpula dorada. Y su rosetón resaltaba con colores de tonalidades violetas y verdes. Esa obra le llamaba, esperando a que sus manos la renovaran.
—Y estoy ansioso por empezar —Dijo con el rostro iluminado, algo que rara vez se veía en él— ¿Vas a estar aquí?
Catelyn negó con la cabeza.
—Me temo que tengo mis propias aventuras de las que encargarme. Sabía que reconstruir ese almacén no te supondría ningún problema, terminaste el trabajo incluso antes de que llegara el mármol.
—Pasé más tiempo espantando a las ratas que reconstruyendo. Habían creado toda una colonia en ese lugar —Sacudió la cabeza para reprimir los recuerdos de esos enormes roedores de muelle—. Ahora me siento como todo un cazador de monstruos.
—Y gracias a eso podemos abrir nuevos tratos comerciales en nuestras rutas marítimas, y es eso precisamente lo que debo atender.
—¿Te vas de viaje? —le preguntó con curiosidad.
—Exactamente, querido. Debo contactarme con unos conocidos más allá del mar… —hizo una pausa, mirando hacia abajo— Y esta vez no viajaré sola, tengo en mente una invitada especial que sé que disfrutará del paseo.
Darrak ensombreció el rostro, no le gustaba lo que acababa de oír.
—¿Estás segura de que es buena idea? No es precisamente alguien que guste de viajar… —le aclaró, pero luego encogió los hombros fingiendo que no le importaba— bueno supongo que no habrá problemas, pero cuídala mucho, no le quites los ojos de encima.
—Descuida, estará perfectamente bien.
Hizo una reverencia en señal de despedida y se retiró del lugar. Darrak habló por última vez.
—Te deseo mucha suerte, Maestra Mercader, no olvides traerme algún recuerdo.
—Lo haré, querido. Siempre lo hago.
Los tacones de Catekyn resonaban en el pasillo con el ritmo sus pasos. Sobre su brazo colgaba un vestido de tonalidades verde esmeralda, una pieza de gran finura y belleza. Siguió avanzando hasta llegar a las puertas del despacho de los escribanos. Dentro, Elara estudiaba un antiguo grimorio escrito en una lengua olvidada. La dramática entrada de la mercader le hizo detener su lectura.
—Maestra Catelyn, ¿Q-qué la trae por aquí? —preguntó mientras intentaba sonar formal.
—Elara, linda. Estoy aquí para hacerte una propuesta que estoy segura que te va a encantar —Dejó el vestido verde sobre su escritorio— He venido a invitarte formalmente a que me acompañes a uno de mis viajes en barco, a tierras extranjeras.
La escribana abrió mucho los ojos, alternando la vista entre el vestido y ella.
—¿En barco? Pero yo nunca he salido de la ciudad…
Catelyn seguía sonriendo, si había algo que era conocido por todos es que ella jamás aceptaba un no por respuesta.
—Es un viaje de negocios, claro, pero también una oportunidad, la oportunidad de ver el mundo más allá de estas estanterías. Culturas y mercados exóticos llenos de rarezas nos esperan ¿No suena emocionante?
—No sabría cómo comportarme ante gente tan… desconocida, ¿Y si algo sale mal? —dudó jugueteando con la yema de sus dedos.
Los escribanos que se encontraban a su alrededor prefirieron no entrometerse. Conocían demasiado bien a la Maestra Mercader, y no querían arriesgarse a gastar su dinero en algún producto vistoso que les ofreciera. De alguna manera siempre podía convencerlos de aceptar su oferta.
Catelyn apoyó una mano sobre el escritorio, sin prestarle atención a nadie más.
—Querida, no hay respuestas equivocadas aquí. Pero sé que siempre has sentido curiosidad por ver qué hay más allá de estos muros. Los libros son cosas bonitas, es cierto, pero hay un mundo lleno de maravillas allá afuera, y te está esperando.
Elara había leído sobre comercio extranjero, sobre islas y puertos bulliciosos llenos de dialectos variados y desconocidos. En su mente los paisajes se extendían hasta el infinito, con bosques frondosos y montañas nevadas. Recordó los mapas que había copiado tantas veces, los lugares que solo conocía por ilustraciones. Siempre había pensado que viajar era para otros: para los valientes, para los carismáticos. Para aquellos que no estaban cimentados en un solo lugar.
Con gesto dubitativo acarició el vestido verde, sintiendo la suave tela bajo su mano.
—¿De verdad cree que sea buena idea? —preguntó con la ansiedad enroscando su pecho.
—Absolutamente, querida. No solo una buena idea, una necesaria me atrevo a decir —se incorporó y posó una mano sobre el hombro de ella con delicadeza— No tienes que decidir ahora. Si al final prefieres quedarte entre tus estantes, lo entenderé. Pero si decides venir conmigo, querida… te prometo que será una experiencia agradable.
Le dio una suave palmada antes de encaminarse hacia la salida, dejándola con el vestido y la invitación abierta.
Un escribano se le acercó poco tiempo después de que Catelyn se marchase.
—Maestra Elara, tenemos mucho trabajo pendiente, pero si lo desea nosotros podemos hacernos cargo por unos días.
—No lo dudo—le respondió pensativa—, no es el trabajo lo que me intriga…
—Y es por eso que voy a necesitar ese modelo de engranaje específico —le comentó Adrik, que ya llevaba un buen rato en la biblioteca— ¿Crees que ya existe algo así o tendré que inventarlo yo? Francamente prefiero lo primero, aun tengo que terminar las mejoras del aserradero en las afueras de la ciudad.
Pero ella estaba tan sumergida en sus pensamientos que no le respondió, tenía la vista perdida en el vestido que aun estaba sobre su escritorio. El joven herrero ladeo la cabeza al notarlo.
—¡¿Me escuchas desde el fondo del acantilado?! ¿O tendré arrojar una cuerda para sacarte de ese abismo al que llamas mente?
Elara volvió al presente como si la hubieran despertado de un largo sueño.
—Perdona, me distraje por unos momentos. —pero su vista seguía pegada en la prenda, como si una especie de encantamiento le obligara a quedarse inmersa —¿Qué debería hacer? —preguntó más para si misma que para él, como si no hubiera nadie más en la biblioteca.
Adrik por fin reparó en el vestido, y notó que se trataba de una pieza diferente a la que ella solía usar: elegante, pero menos formal que las túnicas de escribana que acostumbraba a vestir.
—¿Y eso? No lo había visto antes. ¿Es nuevo? ¿Ya te lo probaste? Se ve muy bonito.
—Es un regalo… un regalo de la maestra Catelyn. Quiere que lo use para acompañarla en un viaje al que me ha invitado.
—¿Un viaje? ¿Tú?, vaya eso sí es nuevo —exclamó asintiendo— tienes que aceptar, definitivamente. Más si se trata de la Maestra Mercader, dicen que ha recorrido el mundo entero, imagina los lugares que podrías visitar. Además —Bajó levemente su tono de voz—, te verías linda con él.
Un rubor se formó en el rostro de ella.
—¿De verdad lo crees?
—Por supuesto, el verde es tu color, hasta combina con tus ojos —vio que su rostro se volvía cada vez más colorado, así que optó por volver al tema de la decisión—. Recuerda que el avance nunca llega si no se da el primer paso, por eso siempre intento cosas nuevas, aunque a veces terminan explotando —se rascó la cabeza con una risa sarcástica— pero vale la pena intentarlo, además no tienes nada que perder.
—¿Me acompañarías en el viaje? —le preguntó con la frente más en alto esta vez
—Lo siento, pero tengo mucho trabajo ahora y no puedo dejar mis proyectos a medio terminar, pero descuida, sé que te las arreglaras. Y con la maestra Catelyn a tu lado es imposible saber qué tipo de aventuras te esperan.
Elara acercó el vestido hacia sí para verlo mejor, ahora con una sonrisa verdadera, aunque los nervios seguían ahí, era evidente cual había sido su decisión. Y no estaba dispuesta a dar marcha atrás esta vez, no después de saber que había gente que creía que podía lograrlo.
—¿Habías preguntado sobre unos engranajes? —su voz sonaba mucho más calmada ahora.
Adrik se dio una palmada en la frente, que sonó como un aplauso repentino.
—¡Es cierto! Ya hasta se me había olvidado, si pudieras ayudarme con eso te lo agradecería mucho.
—Revisemos la sección de avances mecánicos, quizás encontremos algo que te interese
Se levantó de su asiento y le hizo una seña con la cabeza para que le siguiera.
Caminaron juntos por la biblioteca. El joven herrero no paraba de hacerle preguntas, y ella le respondía con paciencia. Gustaba de hablar de temas de estudio, y él siempre la escuchaba con atención. Dando uno que otro comentario absurdo que la hacía reír. Le hubiera encantado que le acompañara en su viaje.
Con las manos en la espalda y una postura orgullosa, el maestro Arwyl se movía entre las diferentes máquinas del gremio de herreros. Adrik se hallaba moviéndose de un lado a otro de forma relajada. Llevaba una tablilla con anotaciones que iba tachando con su pluma, a medida que inspeccionaba las diferentes partes del edificio. Pedidos de carbón para las fraguas, lingotes de hierro para trabajar, lubricación y mantenimiento de las maquinas. Tarareaba mientras lo hacía, y los demás trabajadores sonreían cuando lo veían pasar. En ese lugar todos respetaban su trabajo, incluso los más viejos que en un principio eran reacios aceptar a alguien tan joven como maestro. No se había percatado de la presencia del Maestro de Moneda hasta cuando habló con autoridad.
—Joven Adrik, ¿Por casualidad sabe dónde se encuentra la Maestra Escribana? No estaba en su despacho y no he podido dar con ella.
—Se fue de viaje hace no mucho— respondió con aire despreocupado.
La incredulidad se hizo notable en el semblante de Arwyl al escuchar esa respuesta
—Un viaje… ¿Hablamos de la misma Elara que nunca sale de su biblioteca?
—Si, de la misma.
—Pero cómo, qué motivo podría tener para marcharse sin más, quién podría convencerla de algo así… —Se masajeó las sienes con frustración hasta que de pronto supo la respuesta—Catelyn ¿Verdad?
—Lo adivinó a la primera, maestro— le respondió con una carcajada que sonó más irreverente de lo que pretendía— Pero volverá pronto, o eso me dijeron.
—Esta vez, la Maestra Mercader tendrá que responder por esto, se la llevó cuando teníamos mucho trabajo por hacer, tengo un montón de documentos de contaduría que deben ser archivados. Esa mujer a veces me saca de quicio…
—¿Y no puede pedir la ayuda de otro escribano del gremio? —Le preguntó sin darle tanta importancia.
—Nadie más que ella hace este trabajo tan bien, si estuviera aquí terminaríamos en cuestión de horas, pero sin ella podríamos tardar días.
Adrik llevó una mano a su mentón
—Quizás yo pueda ayudar, se me ocurren varias ideas que podrían interesarle, ¿Qué le parece una máquina que archive documentos? ¿o un contador de monedas automático? Creo que podrían servirle.
El Maestro de Moneda lo miró con ojos fulminantes.
—Mantenga sus artilugios lejos de mi oficina, joven Adrik, ya tengo suficientes problemas ahora.
—Vamos, no se ofusque tanto, maestro. Verá que todo se soluciona cuando estén de regreso.
El anciano se mantuvo serio. No quería admitir que la partida de Elara le preocupaba, y no solamente por el desorden en el trabajo. Pero no iba a discutir eso en ese momento.
—Será mejor que me retire, mañana tendré mucho hacer. Y joven Adrik, le voy a pedir que para la próxima vez que esto ocurra, al menos tengan la decencia de avisarme. Buenas noches.
El amanecer llegó iluminando el sempiterno mar que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Era una mañana despejada con aguas tranquilas, surcadas por la imponente Estrella de Oro. Un barco de tres mástiles pintado con tonalidades doradas, e impecables velas blancas que parecían emitir luz propia. La nave se asemejaba a una mansión flotante con madera finamente trabajada, inspirando confianza a quienes la veían. Los marineros se movían con gracia y coordinación mientras realizaban las tareas necesarias para navegar, algunos tocaban instrumentos y cantaban canciones de viajes y reencuentros. Sobre la cubierta, y apoyando una mano en la barandilla, estaba Elara. Paralizada con los ojos muy abiertos al contemplar el alba sobre el océano, su vestido ondeaba sutilmente y la estola verde de su madre le abrigaba de la brisa marina.
Catelyn se acercó con dos tazas de té en sus manos.
—Es una vista maravillosa ¿verdad? —le dijo al tiempo en que le ofrecía una de las tazas. Elara no apartó la mirada mientras recibía el té, asintió lentamente con la cabeza sin decir nada. Las olas continuaban su danza, en un océano que se asemejaba a un pergamino azul desplegado y sin final, esperando a recibir la escritura de su viaje— Pues entonces toma asiento, querida. Esto solo es el principio.
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